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Sinergias en Energía

De la ley a la ley, dentro de la ley

Claudio Rodríguez-Galán

La transformación democrática que sufrió España en el siglo pasado es un referente de la transformación que no está ocurriendo en México.

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Rey emérito Juan Carlos I de España (EFE)

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Hace unos días veía un documental sobre el rey emérito Juan Carlos I de España y me impactó el rol que tuvo en la transición y verdadera transformación de España, de la dictadura franquista (1936 a 1975) a la democracia alcanzada, aún con un fracasado coup de Etát militar en 1981. 

Me quedé con la impresión de que ¡eso es una verdadera transformación!

De un país ensimismado en manos de un dictador anacrónico, pasaron a ser una potencia europea. Pasaron de estar en manos de militares, quienes coordinaban casi todos los aspectos económicos de la nación, a aceptar y legalizar los partidos de oposición (comunistas) que fueron expulsados o autoexiliados al haber sido vencidos en la Guerra Civil Española. 

A la postre, esos partidos empezaron a gobernar a España. 

Pasaron de un país pobre y atrasado, a una referencia mundial en servicios financieros, energía, infraestructura, automotriz, aeroespacial, hotelería y telecomunicaciones, entre otras industrias.

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Exportan su tecnología y servicios a nivel global, lo que le reporta billones de euros anuales a la economía española. 

No culpan a los siete siglos de califato del franquismo, como tampoco culpan a la pérdida de sus colonias americanas, ni a sus derrotas económicas del pasado. Eso se llamaría populismo bananero y, con los defectos que pueda tener España, me queda claro que no les interesa ridiculizarse cuando solo les interesa impulsar su futuro.

En todo ese proceso existieron tres personas clave, la primera fue el propio rey, el segundo fue el jefe de gobierno civil (Alfonso Suárez) y el tercero, el presidente de las Cortes (Torcuato Fernández-Miranda). 

De los tres, el que instrumentó la transición democrática terminando con (nada más) 40 años de dictadura fue el tercero, Torcuato Fernández-Miranda, quien acuñó la frase con la que titulo el presente artículo: “De la ley a la ley, dentro de la ley”, así logó la transición. Lo hizo como señala y se infiere de su fórmula, migrando de un sistema jurídico a otro, pero siempre dentro de la legalidad, de ahí la frase.

En México, la autoproclamada transformación ha hecho y sigue haciendo exactamente lo contrario. 

Cuando ahora impulsan reformas legislativas a leyes que están fundadas en la Constitución, y dicha reforma está basada en un memorándum, pero no en una modificación constitucional, lo único que está ocurriendo es que las Cortes declaren a esas modificaciones como inconstitucionales; repito, porque la Constitución sigue siendo la misma… ¿por qué es tan difícil de entender esto? Ah sí, se me olvidaba: porque aquí existe el populismo bananero.

Transformar un país que necesitaba sin duda una reforma profunda nunca podrá ser sustentada en ideologías setenteras, ni mucho menos en la violación flagrante, patética y contínua de la Constitución. 

Si el gobierno plantea una transformación, debió asesorarse adecuadamente y no dejar que las ideologías personales, revanchas políticas y profundas deficiencias en la técnica jurídica, fuesen los lineamientos a seguir. 

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Si el gobierno quería una transformación, no era minando, ridiculizando, atacando, demoliendo, secuestrando, coartando y amenazando a la Constitución y a las instituciones que surgen a raíz de la primera. 

Un gran libro titulado Porqué fracasan los países, escrito por dos Premios Nobel –uno de ellos turco–, concluye que precisamente el fracaso de las naciones empieza y continúa en la medida en que las instituciones, tanto los organismos autónomos como la institución denominada Constitución, no son respetadas. 

Se vale la transformación de las leyes con motivo de una transformación política intentada por un gobierno democrática y legítimamente electo, como es el caso de México, pero nunca tendrá sustento cuando la transformación es contraria a la propia Constitución. 

En junio no se estará votando por volver al pasado, no se estará votando por apoyar a la corrupción del pasado (como tampoco se apoya a la corrupción del presente). Votar en junio próximo tiene como única finalidad el salvaguardar la Constitución. 

Toda vez que quien juró respetarla no lo haga, el voto democrático lo hará.

Modificar las leyes es válido, siempre y cuando dichas reformas estén basadas precisamente en la legalidad. 

Repito: En México, la autoproclamada transformación ha hecho y sigue haciendo exactamente lo contrario. 

Ese es y será su gran fracaso.

*El autor es abogado experto con más de 20 años en el sector eléctrico y energético en México. Licenciado, Maestro y Doctorando en Derecho. Reconocido como uno de los 100 Líderes del Sector Energético en México.

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