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Un cuarto público

La representación importa… y las agendas también

Tatiana Revilla

Cuestionar la cuota de género por la capacidad de las mujeres frente a la de los hombres en el fondo encierra una visión masculina del poder.

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Foto: Facebook / Evelyn Salgado Pineda

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No tenemos por qué asegurar que somos la esencia de la paz ni la esencia de nada; tenemos un derecho, legítimo per se, a la parcela de poder que nos corresponde como genérico y eso ya es de por sí suficientemente revulsivo y revolucionario, y es una reivindicación ética por su carácter universal. 

Cèlia Amorós

Hace unos días, una amiga cuestionó mi apoyo a la paridad de mujeres en cargos políticos, con el argumento que más mujeres no aseguraba mejores gobiernos ni una política de Estado feminista; que había mujeres igual de incompetentes que muchos hombres para ciertos cargos y que no todas las que llegaban impulsaban agendas para la igualdad de género e incluso peor, algunas tenían agendas mucho más conservadoras. Y esto es cierto. Contar con más mujeres en puestos de toma de decisión no garantiza una agenda feminista; Además, ¿Es válido exigirlo? ¿no sería esto, de nuevo, reforzar el esencialismo de género? 

Al reflexionar la respuesta me acordé de Cèlia Amorós. Ella escribió: “La opción socialista no estaba hecha porque las personas trabajadoras eran buenas, sino porque no tenían por qué ser explotadas; pero en el caso de las mujeres, por una extraña razón, parecía que teníamos que legitimar nuestra lucha con base en que somos más buenas. El grupo oprimido ya tenía bastante con ser oprimido y no tenía la obligación de ser estupendo. Sería muy raro que la opresión exigiera toda clase de exigencias éticas, a lo mejor produce algunas, pero produce de todo”.

Bajo ese argumento pensé que, aun cuando el objetivo de las reformas de paridad de género es posicionar las agendas feministas y la deconstrucción de las dinámicas de poder, también lo es la representación política que no hemos tenido durante siglos y, que, así como los derechos laborales y de igualdad no se tienen que justificar con base en el merecimiento, tampoco la representación democrática de más de la mitad de la población.

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En México, por primera vez en la historia después de las elecciones del 6 de junio, tendremos a siete mujeres gobernadoras incluida la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Siete mujeres, cuando en toda la historia de México no habíamos tenido más de nueve. 

¿Habrá hombres más competentes que algunas de ellas para gobernar? ¿Tendrán agendas más incluyentes y progresistas? ¿Habrá hombres que hacen política desde otras dinámicas de poder más igualitarias? Sí, seguramente sí. Así como ha habido incontables mujeres más capacitadas y con agendas más incluyentes que muchos de los hombres que han gobernado durante años. 

La representación importa

Como escribió Mary Beard: “En lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica” y, aunque no podemos cantar victoria y decir que el poder ya no lo conservan los hombres en prácticamente todos los ámbitos, la voz que las mujeres han logrado obtener a través de la paridad es un gran logro. Importa que las niñas y niños vean normal que una mujer asuma el poder y que, a pesar de no hacerlo perfecto, el que esté ahí es un logro feminista y un derecho. En este sentido, no dejemos de recordar los castigos públicos a las mujeres que han cometido un acto de negligencia o corrupción, los cuales han sido más severos social y legalmente. En el imaginario social, una mujer que ocupa esos cargos no tiene derecho a fallar ni a no ser extraordinaria. 

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Impulsar las agendas feministas también importa

Exigir que las demandas feministas estén en la agenda y se traduzcan en política pública debe ser una prioridad. Quizás, en este camino tan largo, el primer paso era lograr una mayor representación política y romper las barreras simbólicas y legales que lo impedían. Ahora que eso está un poco más resuelto, lo ideal sería demandar a toda la clase política -hombres y mujeres- que rompan las dinámicas de poder y de privilegio que siguen tan vigentes en las estructuras de los partidos políticos y de las instituciones de gobierno que durante años negaron a las mujeres, y a otras poblaciones en exclusión, el acceso a esos cargos.

Estamos en un momento histórico en el que tanto la representación como las agendas importan. Sin embargo, estoy convencida que, desde el feminismo, no podemos requerir a las mujeres ser mejores ni demostrar siempre que se han ganado el espacio que ocupan. Seguramente habrá muchas que sí lo son, y tenemos ejemplos de países gobernados por mujeres con resultados e indicadores sobresalientes durante la pandemia. Pero si ese es nuestro punto de partida, continuamos pensando a los espacios políticos simbólicamente masculinos. 

Regresando al cuestionamiento de mi amiga, así terminó:

–Entonces no es porque gobiernen mejor; sino por el simple principio democrático de representación como lo han tenido los hombres; si lo hacen mal, supongo que tienen derecho a equivocarse. 

Yo creo que sí –contesté. 

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