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The Guardian

Si queremos luchar contra la crisis climática, debemos abrazar la energía nuclear

Bhaskar Sunkara

Ya existe una poderosa forma de energía limpia, y es mucho más confiable que la eólica y la solar.

Un artículo reciente reveló que las últimas dos décadas de cierres nucleares por fases detonaron un aumento en las emisiones de Co2 de 36.3 megatoneladas al año. Foto: Seth Wening/AP

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El 30 de abril se cerró la planta de energía nuclear de Indian Point, 48.2 kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York. Durante décadas, la instalación proporcionó la inmensa mayoría de la electricidad libre de carbono de la ciudad, así como buenos trabajos sindicales para casi mil personas. Los reguladores federales habían catalogado a la planta como perfectamente segura.

El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, una figura clave detrás de la medida, dijo que el cierre de Indian Point nos acercó “un gran paso más hacia el logro de nuestras agresivas metas de energía limpia“. Es difícil conciliar ese optimismo con datos publicados recientemente. En el primer mes completo sin la planta, se ha experimentado un aumento del 46% en la intensidad de carbono promedio de la generación eléctrica en todo el estado en comparación con el tiempo en que Indian Point estaba en pleno funcionamiento. Nueva York reemplazó la energía limpia de Indian Point con fuentes de combustibles fósiles como el gas natural.

Es una pesadilla que deberíamos haber visto venir. En Alemania, la energía nuclear formó alrededor de un tercio de la generación de energía del país en 2000, cuando una campaña encabezada por el Partido Verde logró asegurar el cierre gradual de plantas, argumentando preocupaciones de salud y seguridad. El año pasado, esa participación cayó al 11%, y todas las estaciones restantes están programadas para cerrar el próximo año. Un artículo reciente reveló que las últimas dos décadas de cierres nucleares por fases condujeron a un aumento en las emisiones de CO2 de 36.3 megatoneladas al año, y el aumento de la contaminación del aire podría matar a 1,100 personas al año.

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Al igual que Nueva York, Alemania combinó su transición de la energía nuclear con el compromiso de gastar de manera más agresiva en energías renovables. Sin embargo, los primeros cierres de plantas del país significaron un aumento de las emisiones de carbono, ya que la brecha de producción se llenó de inmediato mediante la construcción de nuevas plantas de carbón. Asimismo, en Nueva York, el vacío se cubrirá en parte con la construcción de tres nuevas plantas de gas. Para los alemanes, la inversión en energías renovables finalmente pagó dividendos, pero reemplazó en gran medida la producción de las antiguas plantas nucleares en lugar de reducir el consumo de combustibles fósiles existente. La intensidad de carbono de la electricidad alemana es superior a la media de la Unión Europea.

Sin embargo, incluso una inversión más agresiva en energía renovable no habría resuelto el problema de Alemania. Hay sólo un puñado de grandes economías que ya han descarbonizado en su mayoría sus tendidos eléctricos. Todas tienen una base de energía nuclear o hidroeléctrica (o ambas), y luego, en mayor o menor grado, agregan energías renovables como la eólica y la solar para completar. Esto se debe a que la energía nuclear y la hidroeléctrica pueden proporcionar electricidad siempre que la necesitemos. Estas fuentes “firmes” de electricidad limpia no necesitan esperar a que brille el sol o sople el viento para alimentar los ventiladores de nuestros hospitales. Las baterías y otras formas de almacenamiento de energía son excelentes, y necesitamos mucha más financiación para la investigación y el desarrollo para mejorarlas aún más, pero hasta que se produzcan grandes avances tecnológicos, la sostenibilidad se ve obstaculizada por la necesidad de un clima que colabore con nosotros.

En otras partes del mundo, incluso donde hemos estado invirtiendo en tecnología renovable, sin energía nuclear o sin la geografía adecuada que permita la hidroelectricidad, no hemos tenido más remedio que depender de los combustibles fósiles para llenar el vacío.

Así que, ¿por qué, dados los riesgos del calentamiento global, sigue habiendo tanta hostilidad hacia la energía nuclear?

Sin duda, parte de la paranoia tiene sus raíces en la asociación de ideas en la era de la Guerra Fría entre la energía nuclear pacífica y el armamento nuclear peligroso. Podemos y debemos separar estas dos nociones, al igual que podemos separar las bombas nucleares de la medicina nuclear. Y también deberíamos rechazar las narrativas populares sobre Chernóbil y otros desastres que simplemente no se pueden reproducir con la tecnología moderna. Los reactores avanzados y muchos de los existentes, están diseñados con sistemas de seguridad pasivos; no necesitan la intervención activa de humanos o una computadora para desactivarse en caso de emergencia. En cambio, estas plantas usan fuerzas naturales como la gravedad para desactivarse, mientras mantienen un monitoreo activo como respaldo. Como dice la periodista científica Leigh Phillips: “No es físicamente más posible para los reactores derretirse de lo que es que las bolas rueden espontáneamente cuesta arriba”.

Hay algunas preocupaciones legítimas sobre los desechos nucleares, pero la percepción pública se basa en información desactualizada. La cantidad de residuos producidos por las plantas se ha reducido drásticamente y la mayor parte de lo que queda se puede reciclar para generar más electricidad. Estas preocupaciones tampoco son exclusivas de la energía nuclear. La energía renovable produce sus propios desechos: la energía solar, por ejemplo, requiere metales pesados ​​como el cadmio, el plomo y el arsénico, que a diferencia de los desechos nucleares no pierden su toxicidad con el tiempo. Como un artículo en Science señala: “Las baterías de vehículos eléctricos actuales no fueron realmente diseñadas para ser recicladas” y podrían plantear problemas de salud pública cuando las celdas de las baterías se descomponen en los rellenos sanitarios.

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Otras objeciones a la energía nuclear, como su dependencia de la minería, tampoco son exclusivas de la energía nuclear. Las energías renovables requieren una extracción destructiva para desenterrar litio y otros minerales críticos. La respuesta a esas preocupaciones es simple: debemos exigir al estado regulaciones ambientales y laborales y defender las buenas condiciones de trabajo como nuestra prioridad. Pero oponerse a la extracción por principio social, simplemente no es compatible con el deseo de vivir en un mundo que pueda satisfacer las necesidades humanas básicas.

No soy el único que expresa estos sentimientos. Más allá de solo preservar las instalaciones nucleares existentes, el apoyo de los estadounidenses para la construcción de nuevas plantas es ahora del 50% , notablemente más alto que en años pasados. En la izquierda política, en particular, donde la oposición a la energía nuclear se generó por primera vez hace décadas, parece haber un cambio en marcha. Después de una duda inicial, Alexander Ocasio-Cortez ha dicho que su Green New Deal deja la puerta abierta a la energía nuclear. Más directo fue el respaldo del Partido Laborista de Jeremy Corbyn, del expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, y del expresidente ecosocialista de Bolivia, Evo Morales.

Nuclear es una noción cuyo momento llegó y al parecer ya pasó, pero que de hecho puede tener un futuro. Para aquellos de nosotros que buscamos una solución al cambio climático, lo mínimo que podemos pedir es que ninguna planta como Indian Power cierre hasta que tengamos una alternativa limpia, confiable y escalable.

*Bhaskar Sunkara es el editor fundador de la revista Jacobin y columnista de Guardian US. Es el autor de El Manifiesto Socialista: El caso de la política radical en una era de desigualdad extrema.

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