Algoritmo, el irremediable ‘roommate’
Gran Angular

Periodista interesado en medios, contenidos, periodismo y cultura. Colaborador, reportero y editor con experiencia en medios impresos, electrónicos y digitales. Maestro en Periodismo sobre Políticas Públicas por el CIDE. Beca Gabo en Periodismo Cultural y Cine 2014 y 2020. También habla mucho de cine. 

Algoritmo, el irremediable ‘roommate’
Foto: cottonbro/Pexels

Escapar de la influencia y alcances del omnipresente y todo poderoso algoritmo es una misión imposible para cualquier habitante de la aldea digital. Por supuesto no se habla literalmente de un solo algoritmo que controla todo, sino del concepto que refiere a estos sofisticados y complejos programas con reglas e instrucciones convertidas en código, una serie de pasos organizados que describen el proceso que se debe seguir para dar solución a un problema específico: ¿qué recomendarte o hacerte ver, escuchar, leer, consumir, hacer clic, seguir? ¿qué priorizar? ¿cómo lograr recomendaciones personalizadas a partir de tu información o interacción? ¿cómo mantenerte más minutos u horas en X plataforma o red social? 

En el hogar compartido de la vida en internet, redes sociales y plataformas de streaming, Algoritmo es un irremediable habitante más, un roommate imposible de sacar de la casa. Alguien con quien tenemos que aprender a vivir. De quien nos conviene entender y conocer mejor sus muchos humores e intenciones y sus múltiples evoluciones y cambios. Sus ventajas como herramienta de lo más creativo, positivo o propositivo de nuestra especie pero también de sus peligros como instigador y catalizador de nuestros lados más oscuros o vulnerables como individuos y como sociedad. 

En su versión más superficial e insustancial, hace unos años yo mismo me quejé y escribí de la tiránica influencia y deseo de control de la atención de los algoritmos en plataformas de streaming en los últimos años en diatribas contra su uso cada vez más descaradamente comercial y a favor de lo masivo y alejado de un previo servicio a favor del espectador individualizado que ahora solo parece importar en virtud de si es parte de una audiencia masiva, de un club de fans de millones que aclama o aplaude X serie o película que se estrena. Y que es lo único que Algoritmo quisiera que viéramos en la casa. 

Pero hay cuestiones infinitamente más serias a las que vale la pena ponerle atención y reflexionar cuando hablamos de Algoritmo y sus modos de mantenernos atentos a algo. Hace unos días, The Wall Street Journal publicó una investigación titulada How TikTok’s algorithm figures out your deepest desires. En un video de 13 minutos se exponen los resultados de una operación cibernética en la que la creación de docenas de cuentas automatizadas (bots) con instrucciones y perfiles específicos para buscar cierto tipo de contenido o relacionado con temas de lo más variado, exhibe la fragilidad y vulnerabilidad para llevarnos hacia los rincones más oscuros de la red y de nuestros fantasmas, miedos u obsesiones.

Estas cuentas consumieron cientos de miles de horas de video en TikTok y permitieron revelar cómo el algoritmo de esta red social logra, a partir principalmente de una sola variable (el tiempo dedicado a cada clip), mantener a la gente con niveles de consumo, crecimiento y engagment que son la envidia actual de cualquier red social. 

La discusión de estas situaciones e historias invita a una necesaria reflexión (desde lo personal y colectivo) sobre la existente y cambiante dinámica entre el usuario y las plataformas con sus algoritmos. Plataformas que afirman “solo” le ofrecen al usuario más de lo que quiere. Sin mucha consideración de las responsabilidades de satisfacer cualquier curiosidad, impulso o sentimiento sin preocupación sobre si esa ruta, en no pocos casos, puede llevar a la gente, de nuevo, tanto individual como socialmente, a escenarios de serio peligro. Algoritmo resulta también una suerte de tardío roommate adolescente que te quiere haciendo cosas estúpidas sin importarle que en una de esas te lastimes, si en el proceso lograste más minutos de visionado, clics, likes, views y porras. 

Otras investigaciones realizadas por académicos de la Universidad de Northwestern prueban que los videos más reproducidos en TikTok son los que llaman a la acción, y son particularmente exitosos y eficientes aquellos en que los mensajes son extremistas o radicales en lo social y político.  

Los documentales Coded Bias y The Great Hack, en Netflix, en 2020 y 2019 respectivamente, ya ponían en la mesa para la discusión colectiva lo que hay detrás de muchas de nuestras dinámicas con redes sociales y empresas de tecnología como Facebook, Amazon, Google y muchas más y la necesidad de una mayor atención tanto ciudadana como gubernamental al respecto. 

El fenómeno es tan transversal y profundo a nivel social que también pasa por cuestiones de salud mental como lo señala el reportaje de The Wall Street Journal. Afortunadamente, un tema del que cada vez se habla un poco más abierta y públicamente y que se ha convertido en parte recurrente de la conversación social y digital. Esta arista, la de la salud mental, también se puede observar, un tanto tangencialmente, en momentos y reflexiones del documental Fake Famous, de HBO. Con una mirada a la obsesión por la validación y atención externa, y su costo mental y emocional. 

No es la intención hacer de Algoritmo el automático villano de esta nueva casa de Big Brother que compartimos cada vez que estamos en línea o en una red social. Sino estar conscientes de su capacidad, de su presencia e intereses, de su bipolaridad, y de la forma en la que llega a tener una injerencia e influencia en nuestras vidas y decisiones, patrones y hábitos, en nuestra salud mental. Cómo la interacción con Algoritmo en las distintas habitaciones de la casa es cada vez más una parte considerable de nuestra vida cotidiana en las más diversas formas. Algoritmo puede ser un gran amigo, compañero, herramienta y distractor que pueden traer cosas positivas, pero también, incluso no intencionalmente, pueden hacer mucho daño. 

La postmodernidad es tan compleja que también las formas en que estudiamos y entendemos nuestros propios comportamientos, cómo satisfacemos deseos o curiosidades, están siendo reentendidas gracias a otro campo que ha cautivado y atrapado mi curiosidad personal y profesional en los últimos años y de la que escribiré próximamente (pero que también conecta de manera directa con el algoritmo, nuestra vida personal, nuestros consumos informativos o de entretenimiento, nuestros deseos y satisfacciones, nuestros fantasmas y demonios): las neurociencias. El campo que, como nunca, está cuestionando nuestra racionalidad y lo que creemos sabemos de nosotros mismos y de lo que impulsa nuestras decisiones, pensamientos, emociones y acciones.