El privilegio de ser un (mal) estudiante a distancia
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
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El privilegio de ser un (mal) estudiante a distancia
Foto: Pixabay

Con el regreso a las clases presenciales, pienso si hace 15 años, cuando recién empezaba mis estudios de licenciatura, una pandemia nos hubiera obligado a migrar a los modelos de educación autogestiva y a distancia. ¿Cómo lo habría vivido? No tardé mucho en llegar a una conclusión: seguramente habría engrosado las filas de la deserción.

Me pongo en el escenario más optimista: que los ingresos familiares no se hubieran mermado –aunque tampoco sobraban en ese entonces– y que hubiera tenido el acceso a una computadora con internet en el hogar; es decir, con las herramientas tecnológicas necesarias para realizar mi formación a distancia. Me habría enfrentado a dos problemas grandes: carecer de madurez emocional y mental, y lidiar con plataformas que en ese entonces eran, por decirlo amablemente, poco amigables y estimulantes.

Y como prueba de ello me remito a mi primer contacto con las plataformas de educación a distancia hace 10 años, cuando intenté estudiar una segunda carrera en el Sistema Abierto y a Distancia de la UNAM. En ese entonces recién había concluido mi primera carrera y pensé en cursar otra tomando algunas clases los sábados y otras en línea. No lo logré.

La plataforma virtual se me hacía simplemente aberrante: un sitio con ligas a documentos, copias de libros y asignaciones; una escasa y distante interacción en los foros entre compañeros, y el contacto más frío con los profesores. La calidez interpersonal y la camaradería que hay en los centros de estudio era inexistente en el mundo virtual.

Hace una década era difícil pensar en videoconferencias que pudieran dar la sensación de cercanía. Ya existían pero requerían un ancho de banda considerable cuando Telmex, el principal proveedor de internet en el país, solo ofrecía 5 megas de velocidad en su plan más costoso (yo tenía contratado el más barato). Ahora, el mínimo que ofrece es de 20 megas, un salto casi cuántico.

Mi segunda experiencia fue un diplomado de periodismo en el Tec de Monterrey, también hace como 10 años. Si bien la falta de contacto interpersonal me desanimaba un poco, sí me daba ilusión hablar con colegas de toda América Latina, algo que quizás sea muy común ahora con las redes sociales pero entonces para mí era una novedad. Aún así, me costó muchísimo esfuerzo sacarlo adelante, no tanto por el contenido sino por lo difícil que era para mí el dejar varias horas de mis fines de semana en la computadora.

Después opté por plataformas gratuitas como Coursera, donde había clases en video y documentación para descargar. Debo reconocer que me inscribí e inicié por lo menos unos cinco cursos antes de terminar exitosamente el primero. Pero hay algo que les falta: ese sentido de comunidad que genera el aula.

Y ahora me encuentro en lo que llamaría mi cuarto acercamiento con la educación a distancia. Al ver el boom que tuvo este modelo durante el encierro, decidí darle una oportunidad y me inscribí en cursos de desarrollo web y mercadotecnia digital en Coderhouse, una plataforma de origen argentino. 

La experiencia ha sido distinta: hay clases en vivo a través de Zoom –y te pasan lista–, cada estudiante tiene un tutor asignado quien te responde las dudas en menos de 24 horas, y ofrecen estímulos que van desde descuentos hasta ofertas laborales en proyectos relacionados a lo que estás estudiando. Además, creo, tuve la suerte de estar en un grupo donde conformamos una comunidad alterna en WhatsApp donde bromeamos, nos ayudamos en las madrugadas y lloramos también cuando los deadlines están a punto de vencer.

No pretendo hacer un comercial de esta plataforma, sino extraer lo que, para mí, es esencial en cualquier modelo educativo: el factor humano, el acercamiento, la conformación de comunidades y complicidades, y de sentir que no estamos solos en tiempos donde el aislamiento, que si bien es menor que al inicio de la pandemia, aún es necesario para sobrevivir.

Yo tuve el privilegio de contar con todas las herramientas para estudiar sin preocuparme si un día me quedaría sin comer o si tenía que pasar una cuarta parte de mi día en el transporte público para ir a la escuela. También tuve el privilegio de utilizar las plataformas de educación a distancia de hace más de una década y fracasar sin truncar mi desarrollo profesional. Hay quienes no gozan de estos privilegios y no podemos perderles de vista.

Según los resultados de la Encuesta para la Medición del Impacto Covid-19 en la Educación 2020, publicados en marzo por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), 32.9 millones de personas entre tres y 29 años (60.6% de esa población) se inscribieron al ciclo escolar 2020-2021, mientras que 5.2 millones (9.6%) no lo hicieron por motivos asociados al Covid-19 o por falta de recursos.

De quienes no se inscribieron para el ciclo escolar anterior, el 26.6% consideró que las clases a distancia son poco funcionales para el aprendizaje; el 25.3% indicó que alguno de sus padres o tutores se quedaron sin trabajo, mientras que el 21.9% manifestó la carencia de dispositivos o de conexión a internet.

Quizás sea más fácil colocarse en una posición de rechazo frente al regreso a las aulas, pero hay tres cosas que me hacen repensar las críticas: uno, que en los modelos de educación formal siempre debe existir el factor humano; dos, que la educación a distancia no siempre es la adecuada para todas las personas sin importar la disponibilidad tecnológica que se tenga; y tres, que no siempre estamos en una etapa de nuestra vida en la que nos motive un modelo remoto y en pleno aislamiento social.

Espero que, quienes han optado por regresar al aula, puedan adaptarse exitosamente a la nueva normalidad, que tomen las medidas necesarias para que la educación no suponga riesgos para su salud y valoren los aprendizajes de cada día. Se los desea alguien que fracasó en varios intentos por educarse en línea. ¡Feliz regreso a clases!