Matrix o el destino ya nos alcanzó
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Matrix o el destino ya nos alcanzó
El actor Keanu Reeves ha protagonizado la franquicia de Matrix. Foto: Captura

Al contrario de las utopías, las distopías se presentan como pesadillas de lo humano, de aquello que no queremos –o debemos– llegar a ser. En la historia del cine hay cientos de ellas, cada una tan aterradoramente plausible que deja una sensación inquietante en quienes las ven.

Muchas de ellas nos hablan del futuro. Si 1984 (Radford, 1984) nos hablaba de un estado todopoderoso y una realidad ultravigilada –como lo son actualmente las redes sociales–, Metrópolis (Lang, 1927) ya hablaba de una terrible separación de la sociedad incluso física, que ahora nos podría recordar los cotos vedados de los archimillonarios. Tanto La Amenaza de Andrómeda (Wise, 1971) y Contagio (Soderberg, 2011) hablan de pandemias y la responsabilidad de gobiernos y medios de información, y creo que todos rezamos que la sobrepoblación del planeta no nos lleve a una solución a lo Cuando el destino nos alcance (Fleischer, 1973), con galletas hechas de personas.

Matrix (Wachowski, 1999) es, desde luego, una de las distopías más famosas del cine. Se basa, además, en una de las preguntas que han preocupado a la humanidad desde tiempos inmemoriales: ¿somos libres? No es una pregunta de fácil solución; desde los clásicos filósofos griegos hasta los escritores de la Biblia, pasando por Thomas Hobbes, han tratado de abordar el problema de la libertad y sus riesgos a lo largo del tiempo, sin resultados concluyentes.

Hagamos memoria. En la primera entrega de esta cinta, estrenada en el ya lejano 1999 y con la sociedad envuelta en el miedo del cambio de milenio y la paranoia computacional del Y2K, el buenazo de Thomas Anderson lleva una doble vida: de día es un honesto programador y de noche un hacker. Sin embargo, un día se despierta con la sensación de que algo no checa en lo que él conoce como la realidad y allí empieza su aventura.

Basada muy libremente en el mito de la caverna, de Platón, según el cual una persona que se encuentra en una prisión, encadenada y vuelta hacia la pared puede generar visiones imaginarias que para ella son reales, Matrix aborda de forma ágil y entretenida varios temas filosóficos, como lo son el concepto de la realidad, el destino y, sobre todo, la posibilidad de elegir.

En el mundo “real” de Anderson existe la posibilidad de tomar decisiones: puede seguir o no a la chica que trae tatuado el famoso conejo blanco, puede o no hacerle caso a Morfeo y tomar o no las cápsulas, pero todas y cada una de las decisiones que toma el personaje central van cayendo como una sucesión de eventos inevitables para dar origen a un cambio a gran escala.

El problema es emocionante: en la realidad, Anderson –luego llamado Neo– no es sino una batería humana que vive en un tipo de animación suspendida alimentada por máquinas malignas, quienes ofrecen una especie de sueño global para someter a la humanidad. No es dueño de su destino, pues este no existe: la realidad es gobernada por la ilusión de la libertad.

Del otro lado tampoco es que sea muy libre, puede decidir, pero todas sus opciones ya están marcadas por un oráculo para conseguir un objetivo que ni siquiera es elegido por el protagonista: simplemente es una pieza más de un rompecabezas que se armará, sí o sí, y si no en esta película, en la otra, para mayor gloria del colectivo.

Numerosos pensadores contemporáneos, como el filósofo esloveno Slavoj Žižek, han recurrido a Matrix como un vehículo simple para explicar elecciones complejas. De hecho, en un interesante texto sobre la era posterior al final de la pandemia, Žižek reflexiona sobre la propuesta de un futuro con un menor contacto físico entre las personas, las cuales estarán conectadas permanentemente a través de internet.

“Al final del Screen New Deal, si llevamos este proyecto a su conclusión hiperbólica, está la idea del cerebro conectado, de nuestros cerebros compartiendo experiencias directamente en una singularidad, una especie de divino colectivo.

“Elon Musk, otro genio tecnológico de nuestra era, dijo recientemente que cree que el lenguaje humano será obsoleto en unos 10 años, y si algunas personas todavía lo usan, será solo por razones sentimentales”, apunta en la publicación realizada por RT.

Como dijera John Ford, es triste darle la razón a los filósofos: la realidad hiperconectada nos aísla frecuentemente de la otra realidad, en donde hay repartidores que entregan paquetes sin protección adecuada frente a la pandemia, donde existen colonias que se inundan o personas que padecen hambre por no poder reanudar sus actividades cotidianas. Quizá no somos esclavos de máquinas perversas, pero es cierto que la pantalla siempre engaña un poco.

Volviendo al cine, y aunque la nueva entrega no prometa ser precisamente una obra que marque un antes y un después en el pensamiento de la humanidad, es cierto que cada vez que Matrix vuelve a la plática, dan ganas de reflexionar y pensar que el cine es un oráculo moderno: nos muestra todo lo que podemos ser para bien o para mal. La decisión está en nosotros: ¿tomarás la cápsula roja o la azul?