Son de aquí
La invertebral

Cantautor y escritor nacido en Culiacán, Sinaloa en 1983. Cuenta con 5 álbumes de estudio editados y un libro de aforismos. Premio de composición Maria Grever 2010, Mejor Artista Revelación de las Lunas del Auditorio 2018 y 6 nominaciones al Latin Grammy. Instagram @eldavidaguilar

Son de aquí
Foto: Twitter @MetroCDMX

Siendo de provincia, y más aún de Sinaloa, que es un estado caracterizado por un alto sentido regional, no me salvé de alardear de mi lugar de procedencia al mudarme a Ciudad de México. Me juntaba con gente de Culiacán que también había llegado recientemente, y nos hacíamos casita para socializar y digerir las fiestas, acá tan lejos de “nuestra tierra”. Muy poco me duró esa conducta, pues los alardes sobre cosas que no son un triunfo propio sino mera circunstancia, como lo es el lugar de nacimiento, nunca se sostienen en el tiempo.

Mi identidad provinciana, sinaloense, norteña y ¿por qué no?: ¡narcocultural! (increíble a lo que puede llegar a recurrir la mente con tal de echarse flores), se fue haciendo polvo para pasar a constituirse como identidad citadina, metropolitana, gente de mundo, en el centro de la vida; incluso internacional, hegemónica, protagónica, ni modo el centralismo existe. De hecho ahora podría decir que dentro mío habita –porque no se cura del todo la sed identitaria nunca– el alarde de ser ya, después de 20 años, chilango, cdmxquense(antes defeño), o como hace poco inventé a partir de la etimología de la palabra México –ombligo de la luna–, y siendo el nombre oficial el de Ciudad de México: UmbiliSeleniCitadino.

Pero ya no es algo que permito manifestarse en mí, y menos en público. Es como si el hecho de cada vez más convivir con gente de todas partes de la república y del mundo, le fuera quitando a uno poco a poco cualquier aspaviento al respecto del origen. Aún así, cada tanto me encuentro en fiestas, reuniones o eventos en los que en algún punto medio álgido o etílico salen a flote distintos honores de la procedencia: entre que arriba el norte y no mames la comida de allá del sur, la vida binacional de las fronteras, cierto rasgo medio yankee de Monterrey, el humor jarocho o la legitimidad maya del sureste. Y casi siempre, cuando esa conversación está encendida, irrumpe alguien preguntándole a otro alguien “¿Y tú de dónde eres?”, y esa persona divaga con la mirada un segundo y con la fuerza de quien dice algo con le deseo de querer cambiar el tema, expresa “¿Yo?… Yo soy de aquí”.

No es fácil que el azar haya decidido que tú no padecieras ese traumita legendario de trasladar tu vida completa al sitio en el que pasan las cosas, pues naciste en el sitio en el que pasan las cosas. Y convives con las personas observando con mucha frecuencia ese proceso que luce a veces como cicatriz en la conversación; en el recuerdo, en el gusto, en el acento. No es tan sencillo “ser de aquí”, quizás te dices.

Creo que a la persona chilanga de nacimiento no le sobra un apapacho, oye. No es justo que viva cabizbaja de gentilicio habiendo nacido en una de las ciudades más alucinantes del mundo. O si esto sonó a exageración va: una de las ciudades más alucinantes de América Latina. Es muy fuerte la cada vez más grande pena ajena que me dan los dichos provincianos aquellos de “haz patria y mata un chilango” o “de –inserte aquí cualquier punto del norte– para abajo todos son wachos” y no sé qué otras confesiones involuntarias de ignorancia.

Los chilangos, antes que nada, son las personas más listas de México. Hace poco estaba pensando en esto que se dice mucho de “los mexicanos” –que en realidad se refieren a una conducta muy chilanga–, esto de dar largas, no saber decir que no (aparentemente), relativizar la puntualidad, hacer como que si pero siempre no y bailar sin fin con la personalidad. Las personas que vienen de otros países o de estados muy alejados de Ciudad de México, habitualmente interpretan esta forma de ser, como una debilidad, y no puede estar más equivocadas. Un chilango es verdad que te dice luego vemos, o dice que sí pero no termina de estar claro, o no te dice exactamente cuándo, o te dice que está de acuerdo cuando no lo está, sonríe cuando algo le hiere y echa reversa cuando el acuerdo era hacia delante; ¿pura confusión? Sí pero para ti, no para él. El chilango, hablando en bruto, es cierto que se maneja todas estas actitudes confusas y de indefinición, pero lo hace única y exclusivamente con el objetivo de hacer tiempo en lo que te da la vuelta, por no decir que en lo que te chinga. Fabrica tiempo con esta actitud. Un tiempo que dura quién sabe cuánto, para ver cuál es la mejor posición general que pueda llegar a obtener en todo el intercambio social. Alguien podría saltar aquí a decir que entonces eso es vil, y que si no es debilidad es vileza, pero tal juicio sería impreciso porque esta gente no tiene la culpa de que su ciudad se haya constituido con esta furia, con esta neurosis, con esta competencia, con esta masividad; viviendo desde nacimiento en el corazón de un país históricamente tenso por su mestizaje para empezar, luego por su saqueo, el peso de Norteamérica literalmente en sus hombros geográficos, la cultura clasista y racista tan arraigada y la enorme desigualdad y la pobreza con la que no deja aún de cargar.

La personalidad de quien se crió en la Ciudad de México es resultado de la historia tan compleja que ha vivido este país, y posee grandes virtudes: suelen ser personas ágiles, metafóricas, adoloridas tal vez, pero hacen callo siempre; son abiertas, aventureras filosóficamente; saben que no decirlo todo es crucial. Son muy inteligentes porque absorben mucho, y aunque igual son felices cuando no se necesitan, son conscientes de la fuerza que logran si se unen, y son siempre de gran ayuda porque saben muy bien cómo resolver cosas. No pueden dejar de ser interesantes, siendo oriundas de la más activa ciudad sobreviviente dentro de una civilización con al menos dos milenios de pasado. Son de aquí.