Algoritmos de promesas incumplidas
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
Twitter: @yak3001

Algoritmos de promesas incumplidas
Foto: Pixabay

A inicios de septiembre, cuando El Salvador se convirtió en el primer país en adoptar el bitcoin como una moneda de curso legal, hubo una campaña de relaciones públicas alrededor de su presidente, Nayib Bukele, para darle ante el mundo la imagen de un mandatario “geek”, un millennial disruptivo e innovador que apuesta por las nuevas tecnologías.

Días después, miles de personas se volcaron sobre las calles en protesta no solo por la implementación del bitcoin, sino por el giro autoritario que estaba tomando la gestión de Bukele, con la exclusión del matrimonio igualitario, el aborto y la muerte digna dentro de su reforma constitucional; con la destitución de jueces mayores de 60 años de edad y la sustitución de magistrados de la sala Constitucional para que le abrieran la puerta a su reelección.

En respuesta a las críticas y el clamor popular, el presidente salvadoreño, quien se ha caracterizado por gobernar a través de tuitazos, se autodescribió en su biografía en Twitter como “Dictador de El Salvador” y luego como “Dictador más cool del mundo mundial” (sic). La realidad es que ni el bitcoin, ni las redes sociales hacen de Bukele un demócrata íntegro, progresista e innovador; al contrario, esto es una muestra más de que la tecnología, por sí misma, no nos hace mejores personas, mejores sociedades ni genera democracias más avanzadas. 

Durante varios años, los solucionistas han impulsado la implementación de tecnologías para “resolver” los problemas de la sociedad, pero esta visión obvia la necesidad de solucionar los problemas de raíz; es como querer curar el acné con maquillaje, en lugar de analizar si el origen es hormonal, ambiental o de alimentación.

Así, nos han vendido ideas como de que las redes sociales occidentales (Facebook, Twitter, YouTube) serán cruciales en la liberación de los regímenes autoritarios. Más de una vez se ha querido poner a la Primavera Árabe como un caso de éxito de las redes sociales por su papel “democratizador” y como factor crucial para el derrocamiento de los regímenes autoritarios árabes. ¿Cuál fue la realidad? Solo Túnez logró instaurar un sistema democrático mientras que en el resto de los países árabes, las revueltas llevaron al fortalecimiento de organizaciones terroristas relacionadas con el Estado Islámico. No, las redes sociales no llevan democracias al mundo.

También nos dicen que las redes sociales, controladas por grandes corporativos privados, son la nueva forma de ejercer ciudadanía, de formar colectividades, de informarnos y de expresarnos. Nos dicen que la mercantilización de nuestros datos son el trueque perfecto para ofrecernos información y productos de valor de forma personalizada. La realidad es que estas plataformas se han convertido en monstruos de polarización social, de desinformación e intolerancia. No, las redes sociales no son las liberadoras de la sociedad.

Y hablando de democracias, cada vez hay más voces que piden la implementación del voto electrónico para reducir los costos y mejorar la calidad de la democracia. Entre las propuestas está la integración de la tecnología blockchain (la misma con la que funcionan las criptomonedas como bitcoin) con miras a preservar la integridad de los sufragios y reducir las vulnerabilidades. Si bien la implementación de tecnologías parece una evolución lógica de los sistemas de votación, hay algo que no podemos perder de vista: para tener democracias de calidad, necesitamos una clase política de calidad, necesitamos una ciudadanía participativa que realmente se involucre en los asuntos públicos y necesitamos autoridades incorruptibles. No, el voto electrónico ni el blockchain resolverán los problemas de nuestras democracias.

Otro mito es el del uso de las tecnologías de vigilancia masiva e inteligencia artificial en el área de la seguridad pública. Nos dijeron que el espionaje, que el reconocimiento facial o que los algoritmos de perfilamiento criminal y predicción de conductas delictivas ayudarían a tener ciudades más seguras. La realidad es otra: hemos visto son abusos de autoridad, violaciones a los derechos humanos por parte del poder, el despilfarro de recursos públicos y discriminación racial en el perfilamiento criminal.

¿Y qué decir del teletrabajo? Antes de la pandemia que nos llevó al confinamiento, ya permeaban estas ideas de que el trabajo a distancia, utilizando nuestros propios dispositivos (Bring Your Own Device, le decían a la tendencia de usar equipos personales para trabajar) generarían condiciones laborales de bienestar, comodidad y equilibrio entre la vida personal y laboral de la fuerza laboral. Pero una vez que el Covid-19 nos forzó a trabajar desde casa, lo que vimos fue una emergencia de jornadas laborales interminables, la invasión del mundo laboral en nuestra esfera personal, dinámicas que no respetan el derecho a la desconexión y una epidemia de ansiedad y burnout. No, la tecnología no trajo lugares de trabajo justos, equilibrados, y sanos.

Aquí planteo solo algunos ejemplos que rompen con el mito de que las tecnologías son la panacea a las grandes dolencias y los problemas de las sociedades modernas, muchas veces impulsado por evangelizadores de las mismas empresas tecnológicas. 

Pero antes de tener gobiernos totalmente digitalizados, debemos tener gobernantes impolutos y con calidad moral y ética; debemos tener un funcionariado con verdadera vocación y compromiso para trabajar sin corromperse; debemos tener una sociedad vigilante y empática, que sea capaz de reconciliar pero también defender lo que ha ganado a lo largo de la historia, que esté abierta a la pluralidad, que sea promotora de las libertades y la maximización de los derechos; debemos tener empresas que respeten los derechos de sus trabajadoras y trabajadores y no los encadenen a distancia, frente a una pantalla. 

Como personas, como sociedades, como democracias debemos resolver nuestros problemas desde el origen y no pensar que todo será resuelto con una app, de lo contrario, solo amplificaremos nuestros defectos y dolencias, llevándonos al desencanto, la desidia y el conformismo colectivo al ver cómo las tecnologías se convierten en los algoritmos de las promesas incumplidas.