Destruir el planeta y esconder el dinero no es una perversión del capitalismo, es el capitalismo

Es columnista de The Guardian.

Destruir el planeta y esconder el dinero no es una perversión del capitalismo, es el capitalismo
Ilustración: Eva Bee

Cada vez que aparece una filtración de documentos de las islas remotas y jurisdicciones oscuras en las que los ricos esconden su dinero, como la publicación de los Pandora papers, nos preguntamos cómo pudieron ocurrir estas cosas. ¿Cómo hemos llegado a un sistema global que permite la transferencia de grandes riquezas a paraísos fiscales, sin pagar impuestos y ocultos a la vista del público? Los políticos lo condenan como “el rostro inaceptable del capitalismo”. Pero no lo es. Es el rostro del capitalismo.

Podría decirse que el capitalismo nació en una isla remota. Pocas décadas después de que los portugueses colonizaron Madeira en 1420, desarrollaron un sistema que difería en algunos aspectos de todo lo anterior. Al talar los bosques que daban nombre a la isla (madeira significa madera en portugués), crearon en esta esfera deshabitada un espacio en blanco, una terra nullius, en la que se podría construir una nueva economía. Financiados por banqueros de Génova y Flandes, trasladaron a personas esclavizadas desde África para plantar y procesar el azúcar. Desarrollaron una economía en la que la tierra, el trabajo y el dinero perdían su anterior significado social y se convertían en productos comercializables.

Como señala el geógrafo Jason Moore en la revista Review, se podía utilizar una pequeña cantidad de capital, en estas circunstancias, para apoderarse de una enorme cantidad de riqueza natural. En el suelo fértil de Madeira, utilizando la abundante madera como combustible, el trabajo de los esclavos alcanzó una productividad inimaginable hasta entonces. En la década de 1470, esta pequeña isla se convirtió en el mayor productor mundial de azúcar.

La economía de Madeira también tenía otra característica que la distinguía de las anteriores: la asombrosa velocidad a la que explotaba la riqueza natural de la isla. La producción de azúcar alcanzó su punto máximo en 1506. En 1525 disminuyó casi un 80%. La razón principal, según Moore, fue el agotamiento de los suministros accesibles de madera: Madeira se quedó sin madeira.

Se necesitaban 60 kg de madera para refinar 1 kg de azúcar. Al tener que cortar la madera en zonas cada vez más empinadas y remotas de la isla, se necesitaba más mano de obra esclava para producir la misma cantidad de azúcar. En otras palabras, la productividad de la mano de obra se desplomó y se cuadruplicó casi en 20 años. Al mismo tiempo, la tala forestal llevó a varias especies endémicas a la extinción.

En lo que se convertiría en el clásico ciclo de auge, caída y abandono del capitalismo, los portugueses trasladaron su capital a nuevas fronteras, estableciendo plantaciones de azúcar primero en Santo Tomé, después en Brasil y más tarde en el Caribe, agotando en cada caso los recursos antes de seguir adelante. Como comenta Moore, la toma, el agotamiento y el abandono parcial de nuevas fronteras geográficas es fundamental en el modelo de acumulación que llamamos capitalismo. Las crisis ecológicas y de productividad como la de Madeira no son resultados perversos del sistema. Son el sistema.

Madeira pronto cambió a otros productos básicos, principalmente el vino. No es de extrañar que ahora se acuse a la isla de actuar como un paraíso fiscal, y que fuera mencionada en el reportaje de los Pandora papers. ¿Qué otra cosa puede hacer una isla ecológicamente agotada, cuya economía dependía del saqueo?

En Jane Eyre, publicado en 1847, Charlotte Brontë intenta limpiar la inesperada fortuna de Jane. Ella heredó el dinero de su tío, “el Sr. Eyre de Madeira”; pero, según le informa St. John Rivers, ahora se encuentra en “fondos ingleses”. Esto también tiene el efecto de distanciar su capital del de Edward Rochester, manchado por su asociación con otra isla azucarera agotada, Jamaica.

Pero, ¿qué eran y qué son los fondos ingleses? Inglaterra, en 1847, se encontraba en el centro de un imperio cuyos emprendimientos capitalistas habían eclipsado durante mucho tiempo los de los portugueses. Durante tres siglos, había saqueado sistemáticamente a otras naciones: arrebatando a la gente de África y obligándola a trabajar en el Caribe y América del Norte, drenando la asombrosa riqueza de India y extrayendo los materiales que necesitaba para impulsar su Revolución Industrial a través de un sistema de trabajo por contrato que con frecuencia apenas se distinguía de la esclavitud absoluta. Cuando se publicó Jane Eyre, Gran Bretaña acababa de concluir su primera guerra del opio contra China.

La financiación de este sistema de robo mundial requería nuevas redes bancarias. Estas sentaron las bases del sistema financiero offshore, cuyas horripilantes realidades nuevamente quedaron expuestas esta semana. Los “fondos ingleses” eran simplemente un destino para el dinero obtenido por la economía colonial consumidora del mundo llamada capitalismo.

En el desvío del dinero de Jane, observamos el abismo entre la realidad del sistema y la forma en que se presenta.

Casi desde el comienzo del capitalismo, se intentó limpiarlo. Los primeros colonos de Madeira crearon un mito sobre su origen, que afirmaba que la isla fue consumida por un incendio forestal que duró siete años y que arrasó con gran parte del bosque. Pero no existió tal desastre natural. Los incendios fueron provocados por las personas. El frente de fuego que llamamos capitalismo ardió en Madeira antes de que las chispas saltaran e incendiaran otras partes del mundo.

En 1689, John Locke formalizó la falsa historia del capitalismo en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil. “En el principio todo el mundo era América”, nos dice, un espacio en blanco sin gente cuya riqueza simplemente estaba ahí, lista para ser tomada. Pero a diferencia de Madeira, América estaba habitada, y era necesario matar o esclavizar a los indígenas para crear su terra nullius. El derecho al mundo, afirmó, se estableció a través del trabajo duro: cuando un hombre ha “mezclado su trabajo” con la riqueza natural, “de este modo la convierte en su propiedad”.

Pero aquellos que reclamaron grandes cantidades de riqueza natural no mezclaron su propio trabajo con ella, sino el de sus esclavos. El cuento de hadas que el capitalismo cuenta sobre sí mismo para justificarse, uno se hace rico mediante el trabajo duro y el emprendimiento, añadiendo valor a la riqueza natural, es la mayor maniobra de propaganda de la historia de la humanidad.

Como explica Laleh Khalili en London Review of Books, la economía colonial extractiva nunca terminó. Continúa a través de los comerciantes de materias primas que trabajan con cleptócratas y oligarcas, apoderándose de los recursos de las naciones pobres sin remuneración con la ayuda de instrumentos inteligentes como el “precio de transferencia”. Persiste mediante el uso de paraísos fiscales y regímenes secretos por parte de las élites corruptas, que drenan la riqueza de su nación y después la canalizan hacia “fondos ingleses”, cuyo verdadero propietario se oculta mediante empresas fantasma.

El frente de fuego sigue arrasando con todo el mundo, incendiando personas y ecologías. Aunque el dinero que lo prende esté oculto, lo podemos ver incinerando todos los territorios que aún poseen riquezas naturales sin explotar: el Amazonas, África occidental, Papúa occidental. A medida que el capital se queda sin un planeta que quemar, dirige su atención a los suelos oceánicos profundos y comienza a especular con la posibilidad de trasladarse al espacio.

Las catástrofes ecológicas regionales que comenzaron en Madeira se están convirtiendo en una catástrofe mundial. Somos reclutados como consumidores y a la vez consumidos, ardiendo a través de nuestros sistemas de apoyo vital en nombre de los oligarcas que mantienen su dinero y su moralidad en paraísos fiscales.

Cuando vemos que las mismas situaciones ocurren en lugares separados por miles de kilómetros, deberíamos dejar de tratarlas como fenómenos aislados y reconocer el patrón. Todo lo que se dice sobre “domesticar” el capitalismo y “reformar” el capitalismo se basa en una idea errónea sobre lo que es. El capitalismo es lo que vemos en los Pandora papers.