Tríptico: Amor
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Tríptico: Amor

Cuando termines de leer esto, cierra los ojos y piensa en una película. No importa cuál sea, si es reciente o es de tu infancia, tampoco importa que no la hayas visto: las narraciones ajenas a veces son mejores que las propias, porque nos cuentan las cosas con la emoción de quien nos comparte algo querido.  

El cine es un acto de amor, dice Wim Wenders. Las imágenes saltan de la pantalla a nuestros ojos y se integran a ellos como un beso apasionado; de repente nos emocionamos por los premios que convalidan nuestros gustos, nos angustiamos por la vida y la obra de los actores que recordamos de aquí y de allá, disfrutamos la espera de nuestra próxima película favorita.

Regresar a ellas es también un acto de amor, una forma de aferrarse a la vida que tuvimos antes de la pandemia… ¡y a la que volveremos cuando esto acabe! Porque si, como todos sabemos, el cine es una estampa de la realidad, hay miles de razones para ser optimistas y pensar que estamos pasando por la etapa crítica de nuestro largometraje como humanidad y que, más pronto que tarde, seremos felices.

Pensando en ello pienso en mi esposa. No pasa un día sin una cita cinematográfica, una frase o una escena; de hecho, estoy seguro que ella recuerda más películas que yo, aunque esta es mi profesión. Escucharla hablar de las cintas de su infancia, de cómo se integraron en la vida diaria de su familia, es una forma radicalmente bella de constatar la importancia del arte, necesario como el pan de cada día, como dijera el poeta vasco Gabriel Celaya.

Y es que las películas no solo se viven en la pantalla: se componen de todo lo que hay a su alrededor. Si tu día fue malo y viste ¡Qué Bello es Vivir! (Capra, 1946); o si fue muy bueno y lo remataste con Cinema Paradiso (Tornatore, 1988), puedo apostar que la manera en que viste el mundo cambió, aunque sea de forma momentánea.

Aunque es muy bonita Casablanca (Curtiz, 1942), el amor de celuloide tiene mil caras, no todas ellas románticas. Desde las épicas clásicas como Ben-Hur (Wyler, 1959), hasta las idealistas como Metrópolis (Lang, 1929), sin pasar por alto las incluyentes –¿quién podría olvidar la revelación amorosa que reviste el desenlace de Una Eva y Dos Adanes (Wilder, 1959), adelantadísima a su época?–, el séptimo arte tiene un amor para cada gusto.

“No puedes amar la vida y no amar al cine”, me dijo hace algún tiempo el gran compositor Ennio Morricone, fallecido para nuestra desgracia hace más de un año. Él sabía de lo que hablaba: no conozco a nadie que no disfrute alguna película, no importa si es una comedia física de Jack Black, una profunda reflexión de Ingmar Bergman o incluso los grandes entretenimientos que son los westerns o las películas de superhéroes. 

El amor es inherente al cine porque el cine es inherente a la vida; por eso, cuando quieras escapar un poquito de lo cotidiano, cierra los ojos y piensa en una película: el cine te estará esperando para darte un beso lleno de memoria.