La vida entre tragos y botanas
Archipiélago Reportera cultural egresada de la ENEP Aragón. Colaboradora en Canal Once desde 2001, así como de Horizonte 107.9, revista Mujeres/Publimetro, México.com, Ibero 90.9 y Cinegarage, entre otros. Durante este tiempo se ha dedicado a contar esas historias que encuentra a su andar. Twitter: @campechita
La vida entre tragos y botanas
La Ópera Bar. Foto: Facebook La Ópera Bar

El problema con el mundo es que siempre anda como tres tragos atrás.

Humphrey Bogart

De niña recuerdo que había viernes que mi mamá salía tarde del trabajo y mi papá me decía: pues me vas a acompañar a acariciar a las pecosas… no se alteren, quería decir que íbamos a ir a alguna cantina con sus cuates para jugar dominó. Me conocí varias de la colonia Doctores, más adelante algunas de la Roma y el Centro Histórico de la Ciudad de México, me fascinaba estar ahí escuchando las historias y aventuras que contaban entre juego y juego.

Al entrar a la universidad me volví asidua parroquiana del Salón Corona, la Puerta del Sol, La Villa de Madrid, el Bar Latino o El Nivel, que, por cierto, fue la cantina con la primera licencia en la Ciudad de México, abrió en 1857 y tristemente cerró en 2008. De hecho, de las antes mencionadas solo sobrevive el Salón Corona. Lugares cargados de historia, como La Faena, que se convirtió en el museo de los toreros, el Bar La Ópera con sus gabinetes y ese famoso agujero que, dicen, fue un balazo que disparó Pancho Villa.

Espacios que, entre tragos, resguardan una sabiduría para el mal de amores, dolencias varias y elixires de la felicidad. Si se toman un tiempo para charlar con el encargado de la barra, descubrirán que empezaron de la mano de sus papás, que a ojo de buen cubero crearon sus propios cócteles y en qué época se pusieron de moda el tequila y el mezcal, así como dejaron de figurar el Viejo Vergel o el Don Pedro.

Sobre la cocina, permítanme explayarme, partimos desde la botana del día que bien puede incluir carnitas, sopa de haba, tlacoyos, cerdo en salsa verde con verdolagas o unos hígados encebollados. También destacan las tortas de milanesa o pierna con quesillo, su embarrada de frijoles, mayonesa, aguacate y sus chiles en vinagre, también la de pulpo o chile relleno. Para los fines de semana no puede faltar la paella, chamorros, guacamole, unos camarones a la diabla, carrillada de ternera, croquetas, bacalao a la vizcaína o una buena mojarra al mojo de ajo. Si esas viandas no fueran suficientes o bien, igual nada más va uno a echar trago, los cacahuates con ajo, esos chicharrones medio tiesos o jícamas con chile, no hay pierde.

Con el paso de los años, algunas cantinas “evolucionaron”, dieron el giro a bares y bueno, cada quien sus gustos, pero el espíritu bohemio definitivamente se desdibujó. ¿Cuál es el sentido de ir a una cantina? Destacaría la camaradería, el darse la oportunidad de conversar, apreciar a los otros, descubrir que quizá en La Jaliscience se iba a inspirar el escritor Renato Leduc; que en El Salón París de la Santa María la Ribera, José Alfredo Jiménez escribió alguna de sus canciones; asomarse al Covadonga y descubrir que sigue siendo un punto de reunión de todo tipo de personajes, desde periodistas, artistas plásticos, escritores, músicos o cineastas.

Les confieso que en ese ánimo de seguir los pasos de don Felipe Campech, yo también me llevaba a mi hija de cantinas y ella, muy curiosa, solía pedir a “Mingo” en el Corona, un sidral Mundet en tarrito para poder brindar con los colegas. Y sí, muchas y muchos de mis grandes amiguetes se forjaron en esas conversaciones de largas mesas.

Me disculparan la nostalgia, pero ahora que retomamos esas escapadas, me entristece redescubrir el mapa de la ciudad con muchos de esos sitios cerrados, templos que no resistieron las restricciones de la pandemia y que ahora retoman el paso a un ritmo distinto, ya que muchos no son lugares de moda. Así que, querides lectores, si en el camino se les cruza una cantina, por favor, hagan un alto y asómense, verán que ahí la vida si vale y mucho…