Carmen Salinas o la mujer en el cine mexicano
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Carmen Salinas o la mujer en el cine mexicano
La actriz Carmen Salinas. Foto: Instagram

Es un hecho: a lo largo de la historia del cine mexicano, la figura femenina siempre ha jugado un rol secundario en la pantalla de plata. Encasilladas en los roles de damiselas en apuros, de femmes fatales a las que las suele salvar el sometimiento a lo masculino o, definitivamente, cuerpos sensuales merecedores de todas las tragedias, las actrices nacionales no han destacado históricamente en la industria.

O casi. A lo largo de los más de 120 años de historia que tiene el cine mexicano, han existido dos actrices que han sabido superar el techo de cristal de la industria y, sin recurrir a desnudos o a su exuberante belleza, son leyenda: María Elena Velasco, la “India” María, y Carmen Salinas, reconocida por “La Corcholata”, uno de sus más famosos personajes.

Pertenecientes a dos ámbitos distintos –la “India” María representaba a la indígena que buscaba fortuna en la Gran Ciudad, mientras que la “Corcholata” era la mujer urbana capaz de alburear de tú a tú con machos y proxenetas-, ambas mujeres lograron imponer su marca en el cine nacional con ingenio e inteligencia ante los burdos personajes masculinos con los que se enfrentaban.

Durante su época de esplendor, la “India” María llegó a ganar más dinero que los cómicos masculinos mexicanos, era productora de sus propias cintas y, con material original –aunque muchas veces repetitivo-, cautivó a una audiencia de todas las edades. Empleando una visión moderna de su personaje, siempre retador a la autoridad y con una asombrosa naturalidad para la crítica social, podríamos pensar que caricaturizaba innecesariamente a lo indígena, pero eso es motivo de otra discusión.

El caso de Carmen Salinas es diametralmente distinto. Nacida en Torreón en 1933, el debut de esta actriz en el cine se dio de la mano de Roberto Gavaldón, quizá el más talentoso cineasta mexicano, en la cinta La Vida Inútil de Pito Pérez (1970), donde coincidió con Ignacio López Tarso.

Su andadura en el entonces llamado Nuevo Cine Mexicano la complementó con cintas como El Rincón de las Vírgenes (Isaac, 1972), película basada en un cuento de Juan Rulfo; Doña Macabra (Gavaldón, 1972) y Las Cenizas del Diputado (Gavaldón, 1977), ambas escritas por Hugo Argüelles, y El Lugar Sin Límites (Ripstein, 1978), inspirada en una historia de José Donoso. A ellas hay que sumar la desternillante Calzonzin Inspector (Arau, 1974), la cual llevó a la pantalla el famoso cómic de Rius.

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Sin embargo, su personaje icónico nació en una de las épocas más atroces del cine nacional, el de la sexycomedia o cine de ficheras. De hecho, Salinas formó parte del elenco de Tivolí (Isaac, 1975), cinta fundacional del subgénero, y estuvo en producciones como Bellas de Noche (Delgado, 1975); Albures Mexicanos (Crevenna, 1975) o La Pulquería (Castro, 1981), consideradas pilares de dicha categoría.

En ellas, Carmen Salinas ofreció la imagen de una mujer alegre y dicharachera, pero también lo suficientemente fuerte como para retar a los machos en sus propios términos: los albures… duelos que habitualmente ganaba a base de ingenio y agilidad mental.

El legado de estas mujeres ha calado hondo en la cultura popular y, si bien no se trata de una Ida Lupino, que transformó la industria de Hollywood, o de una Agnes Varda, quien inició uno de los movimientos cinematográficos más importantes de la historia, sí es importante reconocer que lograron romper con la hegemonía masculina en la gran pantalla a su manera.