El juego a prueba de pobres
HÍBRIDO

Como crítico de cine y música tiene más de 25 años en medios. Ha colaborado en Cine Premiere, Rolling Stone, Rock 101, Chilango, Time Out, Quién, Dónde Ir, El Heraldo de México, Reforma y Televisa. Titular del programa Lo Más por Imagen Radio. Twitter: @carloscelis_

El juego a prueba de pobres
Foto: Netflix

Ya en la recta final de este año, cuando empiezan a aparecer los resúmenes y las listas de lo mejor de 2021, un título que resurge inevitablemente es El juego del calamar, la serie surcoreana producida por Netflix que se convirtió en un fenómeno de la cultura pop y en el programa más visto hasta hoy en la historia de esta plataforma.

Pero antes de que suenen las 12 campanadas, como si fuera otro de los crueles juegos de esta serie, aún nos queda un momento para reflexionar sobre las muchas lecciones que El juego del calamar nos dejó; una producción que ya está considerada entre lo mejor del año y que podría repetir la historia de éxito de Parásitos, pues se prevé que gane varios premios en Estados Unidos a pesar de ser una serie extranjera hablada en coreano.

El cómo este programa fue creciendo en popularidad es comparable con la infodemia alrededor de las variantes de Covid-19. La información aparecía primero a cuentagotas, luego se esparcía con tremenda virulencia por las redes sociales y terminaba explotando en los medios de comunicación con un sensacionalismo que provocaba pánico y confusión. Fue el acompañamiento perfecto para la paranoia en la que vivimos actualmente.

En 2021, la desinformación fue una gran aliada de El juego del calamar, pues hasta la fecha hay gente que no se atreve a ver esta serie pensando que es algo horrible que los dejará marcados para siempre, cuando no es así. Incluso, hay personas que aún piensan que es un programa de concursos verdadero, un reality show o algo parecido a un video snuff.

El morbo que la serie lograba despertar en un país se contagiaba al país vecino y luego al vecino, y así sucesivamente, hasta acabar convertida en algo parecido a una leyenda urbana, muy similar a lo que fue The Blair Witch Project para su época. Netflix supo aprovechar muy bien el producto que tenía entre las manos y dejó que las audiencias se apropiaran de él, pero no sin antes meter la cuchara.

Y es que lo más interesante del fenómeno en que se convirtió El juego del calamar está, precisamente, en las diversas lecturas que la gente le dio. Personalmente, encuentro fascinante el hecho de que, dependiendo con quien lo hablaras, esta serie no trata sobre los pobres, sino que es “universal” y habla “de todos”.

¿Hay una buena manera de explicar por qué la clase media no se dio cuenta de que El juego del calamar trata sobre la desigualdad social? De hecho, sí. Hay muchas piezas regadas por internet que ayudan a entender qué fue lo que pasó, empezando por una “mala” traducción que, según los fans, cambió totalmente el sentido de varias escenas.

Yo me pregunto si todo esto no fue intencional. Piénsenlo. Una historia donde los personajes visten el mismo uniforme, un coordinado deportivo verde con tenis blancos, que ayuda a borrar cualquier diferencia que pudiera existir entre ellos. Algunos amigos me dicen que en la historia no solamente hay personajes pobres, pero yo insisto en que los concursantes provienen de orígenes humildes y que este es el factor que los define.

Una traductora de coreano explicó en varios videos de TikTok que, al recurrir a una traducción bastante genérica, Netflix desapareció sutilezas que servían para informarnos sobre el trasfondo de estos personajes. Una escena que sirve como buen ejemplo es aquella donde la tramposa Han Mi-nyeo dice “no terminé la escuela, pero no soy tonta“. En la traducción de algunos países, la parte relacionada con su escolaridad desapareció.

Sin duda, homogeneizar a los personajes ayudó a que más público se identificara con ellos. ¿La serie sería tan exitosa si desde el inicio entendiéramos que se trata de un grupo de gente miserable revolcándose en la miseria? En Parásitos, ese otro éxito surcoreano, la división entre ricos y pobres era clara, pero en El juego del calamar solo se vuelve más explícita hacia los últimos capítulos, cuando aparecen los VIPs.

Esto me recuerda otra polémica de 2021, cuando el trabajo del fotógrafo mexicano Santiago Arau volvió a ser criticado por exotizar la pobreza. Aunque Arau no reconoce tal exotización y varios artistas y académicos lo apoyan, la exotización no deja de estar ahí. La suya es una paradoja interesante, porque él se reconoce como un privilegiado pero no ve tal exotización. Y el caso es que la pobreza está ahí. Está en El juego del calamar, está en aquellas fotos de Santiago Arau y está en nuestro país, aunque no la queramos ver.

Ya lo explicaba la muy controvertida periodista Viri Ríos en su columna de opinión para The New York Times titulada No, no eres clase media, que levantó ámpula en la sociedad mexicana: “Es imperativo que el mexicano promedio deje de engañarse a sí mismo sobre su nivel de vida (…) existen al menos 43 millones de mexicanos que viven en condición de pobreza moderada pero que creen que son clase media”.

El juego del calamar está inspirada en la crisis económica que se vive en Corea del Sur, donde el 20% de los asalariados en el tope de la pirámide tienen un valor neto 166 veces mayor al 20% de aquellos en la base de la pirámide, una desigualdad social que se duplicó en tan solo cuatro años. La presión por las deudas es uno de los mayores problemas en aquel país, y también es la principal causa de suicidios.

México no es el único lugar que entiende El juego del calamar como mejor le conviene, pero quizá la forma en que Corea del Norte la explica podría ayudar a los confundidos a comprender de lo que realmente trata. En octubre, el sitio de propaganda Arirang Meari publicó una crítica diciendo que la serie de Netflix es “un horror parecido al infierno” que “exhibe la realidad de la cultura capitalista de Corea del Sur” donde “la gente es juzgada solamente por el dinero”. Y es que para el gobierno de Kim Jong-un, la historia de El juego del calamar ya es prueba del fracaso del modelo económico de Corea del Sur.

BREVES

La temporada navideña ocasionará una breve sequía de opciones, por lo que abundarán estrenos para toda la familia. Películas animadas como Ron da error (15 de diciembre) y Encanto (24 de diciembre) llegan a la plataforma de Disney Plus, además del estreno de la serie Star Wars: The Book of Boba Fett (29 de diciembre)

Ya instalados en plan de desconectar el cerebro, la segunda temporada de Emily in Paris estrenó el 22 de diciembre en Netflix.

También hubo cambios en la cartelera, por lo que el estreno de películas como Memoria y Bergman Island se aplazaron, aunque Don’t Look Up ya se puede ver en salas selectas antes de su estreno en Netflix el 24 de diciembre. La Cineteca exhibe Padrenostro, aunque permanecerá cerrada los días 24, 25 y 31.