La mesa de la libertad 
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

La mesa de la libertad 
Betsabeé Romero lleva su reflexión sobre la migración a San Antonio. Foto: Secretaría de Cultura

A Sol, Pamela, Elsa, Karla, Erica, Patricia.

Permítanme contar una historia. Éramos, unas veces seis y otras siete, mujeres expatriadas, metidas cada semana en una cocina distinta. No habíamos sido confinadas a ese espacio al que tantas veces en la historia fuimos relegadas como estrategia de separación, exclusión y prohibición, porque no podremos negar que a las mujeres nos han sido aplicadas todas las estrategias de control foucaultianas, incluso en los reductos más íntimos de la vida privada, empezando por la cocina y terminando por las alcobas y, en el trayecto, arrasando con cualquier espacio de libertad individual que tuviéramos o pretendiéramos crear.

Las carnes quemadas no avisaban nuestra ineptitud como en la Lección de cocina de Rosario Castellanos, sino que la reunión de canela, piloncillo pasado por aire, pimienta cayena molida muy fina, chiles remojados y frijoles serenados en agua salada nos decía todo aquello de lo que éramos capaces con nuestra entera autonomía y autoridad: autogestión social en su estado más puro y elemental. Tampoco sosteníamos en cuenco de leche en posición hierática durante semanas, meses o años, esperando estoicamente a una familia que nunca llega, hasta desvanecer en la lucha por demostrar nuestro compromiso con el linaje y haber aprendido efectivamente el deber ser de nuestra feminidad, como en aquella brutal pieza de Marina Abramović.

En cambio, entibiamos leche para hacer chocolates batidos o la dimos desde nuestro seno para ser matria, cultura vuelta civilización con la defensa de nuestra creencia en el amor. Habíamos, pese a toda suposición y prejuicio, elegido estar ahí por el calor: para reír y acompañarnos, para deleitarnos y alimentar el espíritu hambriento de hermandad. Pero, sobre todo, escogimos estar ahí por todo lo que sabíamos arrastran los olores y sabores dejados atrás pero que, en un acto alquimia, magia pura, podíamos hacer surgir entre lagos congelados, pastos quemados en tundra helada y estalactitas pendiendo de los tejados. Fuimos curanderas, sabias amorosas, mujeres que llevan el origen dentro como caldo de piedra ardiendo. Con agua, jitomates y chiles secos, logramos avivar salsas palpitantes en cazuelas que olían a la casa de alguna abuela; con carnes y tuétanos montamos cocidos con todo el poder de la sangre y la musculatura que confirmaba el ritmo de nuestra sístole y diástole; con una que supo manear tortillas, aprendimos todas, mojándonos las manos para moldear maíz y harina, y así confeccionar aquellos discos solares, complementos perfectos, parejas ideales, cubiertos y trapeadores de plato incomparables. Tortillas marcadas por el sello invisible de las memorias ancestrales y por una que otra orilla quemada, superficies en las que incluso dibujamos con moles llevados de contrabando, como contagiadas por la misma fiebre con la que Betsabeé Romero convirtió a esas joyas de maizales en piedras vivas labradas por glifos prehispánicos: nuestros propios códices que iban directo a alimentar las entrañas. Las carcajadas no cesaban más que cuando la cebolla nos hacía llorar un tanto y, de paso, recordarnos lo que extrañábamos y lo que en las noches recordábamos haber padecido para llegar hasta ahí, tan orondas, tan hechas, tan cómplices y hermanadas por la sal echada y la leche derramada. Conversamos en cocinas y mesas sin incomodidades, con piedad y compasión por la lucha de cada una, construyendo familias y nuevas sociedades: siendo madres de nuestro ser, confeccionado por nosotras mismas: la mesa de Judy Chicago vuelta realidad con platones hondos como orígenes profundos del derecho femenino a ser y decidir nuestro devenir.

Entendimos, pues, que ser mexicanas estaba en nosotras y que con la magia de producir nuestro alimento como aprendimos o como nunca nos enseñaron, pero mil veces probamos, lográbamos llevar la patria con nosotros. Recapitulamos nuestras genealogías para notar que esta era una más de las migraciones que han hecho posibles a todas las civilizaciones y que, por ende, éramos el inicio de una nueva rama en la historia: nuestra historia, la escrita por el propio puño para acuñar el amor. Entonces el país no fue más un territorio tomado, unas leyes ininteligibles o una cultura en abstracto, sino que el país éramos nosotras: la civilización de un pueblo que va más allá de su suelo, llevada en el tórax y en el poder de levantarla en nuestras mentes alquimistas, hermanadas como una sola.