III. El mundo de las fosas
La presencia de su ausencia

Coordina la Red Eslabones por los Derechos Humanos, que atiende asuntos de justicia, principalmente personas desaparecidas. Es consejera ciudadana de búsqueda en la Ciudad de México, Estado de México y a nivel federal. Con estudios de periodismo, derechos humanos, derecho y otros. Facebook: Red Eslabones por los Derechos Humanos Nacional.

III. El mundo de las fosas
Foto: Valentina Peralta Puga

Los términos forenses se han vuelto coloquiales en México, se difunde mucha información que incluye palabras técnico-científicas que eran solamente manejadas por expertos: fosa clandestina, restos humanos, cadáver, fragmentos óseos, tejido putrefacto, huellas dactilares, ADN, perfil genético…

Sin embargo, son palabras huecas cuando no tienen correlación con la experiencia personal, ya que pocas personas han tenido la vivencia de permanecer semanas completas dentro de una fosa y participar en el rescate de cientos de personas sin vida ni identidad que fueron abandonadas bajo tierra.

Seres náufragos ahogados en el olvido, desamparados, esperanzados solo en algún dato que pudiera identificarlos y hacerlos volver a casa. Algunos no traían nada, ni etiqueta o referencia, solo su cuerpo macerado y su silencio, entonces únicamente contaban con nosotros para que les buscáramos tatuajes, cicatrices, dientes singulares, lunares, prótesis, cualquier indicio que nos dijera algo acerca de su identidad; nos tenían a nosotros los locos, los creyentes en las quimeras, en el sueño de la verdad, de la justicia, de la paz; a los delirantes por lograr que México sea nuevamente nuestro país, en el que podamos recuperar el derecho a vivir y morir como personas, con la dignidad de seres humanos.

Recibimos a seres transformados en Quijotes de papel maché, húmedo, oloroso; sus manos crispadas con dedos aferrados; los pliegues de sus pieles deshidratadas; el desfile de jugos putrefactos que anegan sus huecos, fluyen y resbalan; sus requesones de larvas, las tapas del cráneo que al abrirse dejaron escapar nubes de seres pequeños que buscaron el cielo después de incubarse y alimentarse por meses de ese guiso caliente, hecho de decenas de seres humanos, de personas pudriéndose, hirviendo juntas y solas bajo la tierra helada.

Las etapas en las exhumaciones son apresuradas imágenes en carrusel que giran y se suceden interminables, se fijan por peritos con cámaras de video y fotografía, observamos la consecución de acciones en serie: sumergir la pala mecánica en la profundidad de la fosa, extraer cada envoltorio a la superficie, colocarlo en la mesa de metal, abrir el plástico, revisar si tiene datos, si su cuerpo está completo, desarticulado, segmentado; si tiene necropsia, levantar la tapa del cráneo; explorar la piel, examinar cabeza, brazos, piernas, tronco, dedos, retirarle pertenencias; hurgar en sus cavidades, palpar a ciegas entre los tejidos espumados para detectar algún objeto sumergido entre la desintegración, limpiar tatuajes, abrir la boca, cepillar los dientes y extraer algunos; desligar el fémur y segmentarlo, repartir las muestras biológicas con cadena de custodia entre los grupos de científicos; pasar a la mesa de embalaje, meterlo en una bolsa para cadáver con cierre, acomodarlo dentro con todo y su plástico que contiene sus masillas, jirones de tejidos, sus caldos, sus larvas, se le fija una pulsera numerada y se cierra; se le pega encima una etiqueta con datos y se les lleva para depositarlos en alguna gaveta individual de las que exigimos que fueran previamente construidas para recibir a los muertos liberados.

Conservamos el recuerdo indeleble de sus cuerpos envueltos en múltiples cáscaras, en una suerte de muñecas matrioska que, en cada capa de sus desenvolturas dejaron escapar a cientos de seres considerados fauna cadavérica, que corren, se deslizan o vuelan sorprendidos por la luz del sol, después de años de oscuridad.

Polvos y tejidos pulverizados que resucitaron con el aire, los insectos se dispersaron con sus patitas y alas impregnadas de tejido putrefacto como las mariposas amarillas de García Márquez, supuse el cielo de todo México cubierto por estos diminutos seres que transportan y polinizan en los caminos de su vida, la evidencia de la muerte en nuestro país.

La próxima columna será la última parte de esta experiencia oscura y luminosa que significa estar dentro de una fosa que había sido abandonada y ayudar a cientos de seres humanos a ser arrancados del olvido, para que puedan nacer a la verdad y a la justicia, pero sobre todo para que puedan reencontrarse con sus familias que los buscan.