El triste caso del racismo internalizado
El elefante en la sala

Emprendedor social, estudió economía en el ITAM y un MBA en la Universidad de Essex. También tiene estudios en Racismo y Xenofobia en la UNAM, El Colegio de México y la Universidad de Guadalajara. En 2018 fundó Racismo MX, organización que tiene como objetivo principal combatir al racismo mediante investigación, educación e impacto en medios. En 2021 obtuvo el prestigioso fellowship de la organización Echoing Green, reconocido por ser líder global por la igualdad racial.

Twitter: @Racismo_MX

El triste caso del racismo internalizado
Callo de Hacha. Foto: Facebook

Me ha tocado más de una vez escuchar a personas racializadas (morenas, indígenas o afrodescendientes) hacer comentarios o bromas claramente racistas sin chistar (por ejemplo, Callo de Hacha), o que tienen posturas racistas (estéticas o políticas) hacia otra persona o grupos que también son racializados con ellas, como si no se vieran a sí mismas como parte de las personas afectadas por el racismo. Como si no se vieran en un espejo todas las mañanas. Este es el triste caso del racismo internalizado.

En cualquier sistema de opresión social, incluyendo al racismo, es común encontrar que dentro de la población en desventaja (en México, las personas morenas, indígenas o afrodescendientes), existan personas que “interiorizan” la opresión, es decir, que acaben creyendo y defendiendo las ideas y principios de la opresión, aunque estas mismas les afecten. De manera inconsciente, las personas que internalizan el racismo tienden a pensar que replicar discursos racistas o adoptar ideas de blanquitud y modernidad les hará dejar de ser parte de la población oprimida y ser finalmente aceptadas por las personas blancas. Casos como estos se pueden atestiguar en otros sistemas de opresión también; por ejemplo, personas LGBTIQ+ que replican discursos homofóbicos o transfóbicos; o bien, mujeres que defienden posturas misóginas detrás del discurso de “la familia”.

El racismo internalizado se ha documentado también en otros países. En Estados Unidos, existe la figura del Tío Tom, personaje de ficción, protagonista de la novela La Cabaña del Tío Tom de Harriet Beecher Stowe. En esta novela, Tom es un esclavo afroamericano muy bondadoso con sus amos blancos, a pesar de los malos tratos que recibe de parte de ellos. Tom es el equivalente al “buen salvaje”, esta figura de la persona definida como el aborigen, el natural, o el primitivo que se porta bien con los colonizadores.

Esta figura también existió en México en medio de la relación entre los colonizadores españoles y los pueblos originarios. Muchas veces estos “buenos salvajes” intercedieron en favor de los colonizadores, a fin de obtener algún beneficio de dichos invasores o evitar ser atacados. Estas personas terminaron siendo los capataces o los caciques regionales. Además, el racismo internalizado se ha hecho más fuerte por la ideología del mestizaje, promovida históricamente por el Estado, en donde la aspiración a blanquearse y a dejar atrás cualquier marcador que indique que somos indígenas –como la piel morena– se convirtió en sinónimo de movilidad social.

Un efecto de este racismo internalizado es el perfilamiento racial, que es la práctica que los cuerpos policiales realizan para seleccionar qué cuerpos “parecen” de delincuentes y merecen ser vigilados en las tiendas, revisados en la calle, o de plano, detenidos. Ya sabemos que en México, estos cuerpos normalmente son de personas morenas y prietas. Incluso el perfilamiento racial puede aplicarse más allá del orden público y privar de derechos a la salud o la educación.

Este perfilamiento racial también está presente en la terrible persecución de personas migrantes, y que afecta incluso a personas que también son mexicanas. Tal es el caso de personas afromexicanas que son detenidas por “parecer extranjeras”. Esto parecería una contradicción porque los cuerpos policiales en nuestro país normalmente están formados también por personas racializadas. ¿Por qué los cuerpos policiales replicarían prejuicios que les afectan? Mi hipótesis es que el racismo internalizado les lleva a pensar que estar un paso más cerca de la autoridad y el poder les “blanquea” y les aleja del pueblo raso.

Otro efecto del racismo internalizado es que erradicar el racismo se vuelva aún más difícil, ya que las dinámicas discriminatorias se siguen perpetuando por las mismas personas que lo sufren. Por ejemplo, aún me ha tocado escuchar personas morenas que están convencidas que la belleza es exclusivamente blanca; que hay que erradicar a los pueblos indígenas para alcanzar el progreso económico (ya sé, parece una mala broma, pero es anécdota); o bien, como en el caso de Callo de Hacha cuando defiende todos los chistes racistas que ha hecho porque “los prietxs no podemos ser racistas por el solo hecho de ser prietxs”.

Ahora bien, la pregunta es: ¿se puede culpar a la persona racializada de esa internalización del racismo? Mi respuesta sería en dos sentidos: la primera es entender que la persona racializada quizás ha desarrollado este mecanismo de supervivencia para tener movilidad social y al final ser aceptada por la blanquitud (“sé como tu opresor para dejar de ser oprimido”); pero en segundo lugar, debemos estar conscientes que aceptar que somos parte de una población en desventaja (la mayoría morena de México) puede ser doloroso y que es un proceso muy personal que toma tiempo, especialmente en nuestra sociedad que se cree mestiza y que invisibiliza las diferencias “raciales”, como el tono de piel.

Según la Enadis 2017, la mayor parte de la población de México es racializada, es decir, morenas, afrodescendientes e indígenas, y aún así, en la Ciudad de México, las personas de tonos de piel oscura y las personas indígenas son las más discriminadas (Edis, 2021). Si todas las personas que somos discriminadas por nuestra racialidad dejáramos replicar el racismo y de sostener ideas de blanquitud, al ser una abrumadora mayoría, terminaríamos con muchas de las prácticas discriminatorias presentes en nuestra sociedad, así como desestabilizaríamos a las estructuras desiguales de poder, políticas y económicas.

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