¿Racismo o xenofobia?
El elefante en la sala

Emprendedor social, estudió economía en el ITAM y un MBA en la Universidad de Essex. También tiene estudios en Racismo y Xenofobia en la UNAM, El Colegio de México y la Universidad de Guadalajara. En 2018 fundó Racismo MX, organización que tiene como objetivo principal combatir al racismo mediante investigación, educación e impacto en medios. En 2021 obtuvo el prestigioso fellowship de la organización Echoing Green, reconocido por ser líder global por la igualdad racial.

Twitter: @Racismo_MX

¿Racismo o xenofobia?
Foto: Pixabay

El año pasado un tráiler se volcó en el estado de Chiapas con 160 personas migrantes de distintas nacionalidades centroamericanas y mexicanas, ocasionando la muerte de 55 de ellas y más de 100 heridas. Este capítulo se sumó a los muchos otros de maltrato a las personas migrantes y volvió a generar que la sociedad hablara de xenofobia, pero ¿en realidad es xenofobia o podemos hablar también de racismo?

Mucho tiempo se ha creído que México es un país que recibe “con los brazos abiertos” a las personas extranjeras. Pero capítulos como el de la semana pasada, y muchos otros sucesos a lo largo de la historia de nuestro país, nos hacen dudar de este mito. Recordemos que México tiene una larga historia de rechazo al “otro” y que, de acuerdo con varias personas académicas, este rechazo se ha hecho en pos de la protección de una supuesta “raza mestiza” (en donde, como ya sabemos, solo se incluye a personas indígenas y europeas, sin considerar a la gran mayoría afrodescendiente). Un ejemplo de ello es la matanza de casi 400 personas chinas (casi todos hombres) en Torreón en 1911, así como las subsecuentes acciones de hostigamiento hacia esta comunidad –y sus esposas e hijas/os mexicanas–, terminando en una deportación masiva durante la década de los 30 del siglo pasado (sí, se deportó a mujeres mexicanas hacia China). Otro ejemplo es el del rechazo sistemático de personas judías que buscaban refugio durante la Segunda Guerra Mundial –también en la década de los 30– con la creencia de que esta comunidad no podía “asimilarse” a nuestra mezcla racial.

Tengamos en cuenta que las personas migrantes que pasan por México para ir a Estados Unidos son en su mayoría personas de países de Centroamérica como El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala o del Caribe –Haití principalmente–, de las cuales la gran mayoría son personas racializadas (morenas, indígenas o afrodescendientes) y además en situación de pobreza. Estas personas migrantes al entrar a México se encuentran con una sociedad que les rechaza, calificándoles de ser personas ladronas o flojas (muy al estilo Trump). También se encuentran con el crimen organizado que busca cooptarles o sacar ventaja de ellxs y, finalmente, se encuentran con un gobierno que les persigue y les criminaliza. Un claro ejemplo de lo anterior es el caso de Victoria Salazar, una mujer de nacionalidad salvadoreña refugiada en México que fue asesinada por la policía de Tulum, Quintana Roo, en marzo de 2021. Este fenómeno muestra que los cuerpos morenos y negros son aquellos a los que las autoridades pueden reprender y asesinar sin miedo a consecuencias. Y, a pesar de lo evidente, aún hay personas que piensan que esto podría ser xenofobia, pero no racismo.

En este sentido vale la pena ver la otra cara de la moneda. En México viven y viajan miles de personas europeas, estadounidenses o canadienses que muchas veces se quedan en el país por largos periodos de tiempo. De acuerdo con el Departamento de Estado de Estados Unidos, hay casi 1.5 millones de estadounidenses viviendo en México y la gran mayoría de manera irregular (solo con visa de turista). Estas personas no son molestadas ni perseguidas creyendo que son criminales, y mucho menos se ha escuchado que hayan sido violentadas por circular en territorio nacional. Además, estas personas al venir de países del norte global son principalmente personas blancas y muchas de ellas con recursos económicos. Es por ello que se ha reportado incluso que, al momento de habitar ciertas zonas, estas personas blancas generan un proceso de “gentrificación”; ejemplos de esto son ciudades como San Miguel de Allende, Guanajuato, Tepoztlán, Morelos, o la ciudad de Oaxaca, Oaxaca. La experiencia de estas personas, a pesar de que puedan vivir la inseguridad y delincuencia al igual que todas y todos los mexicanos, es en general positiva, encontrando trabajos, oportunidades y, sobre todo, un bono y credibilidad social que muchas veces las y los mexicanos no tenemos. Además es poco probable que veamos imágenes de violencia hacia ellas/os como lo hemos visto con frecuencia hacia personas migrantes en la frontera sur.

Sin embargo, también han existido casos en los que las personas blancas extranjeras han vivido cierto tipo de rechazo. Un ejemplo de esto es llamarle “gachupines” a las personas españolas de forma despectiva. No obstante esta actitud de rechazo o discriminación, además de ser mínima, no ha afectado los privilegios históricos de dichas personas, y tampoco está incrustado en las políticas estatales de manera sistémica. Por el contrario, por mucho tiempo el Estado promovió la inmigración española a México y en la década de los 30, mientras se deportaba a personas chinas y se rechazaba a personas judías, el gobierno mexicano envió barcos para traer a personas refugiadas españolas a México, quienes actualmente son parte de la élite intelectual, empresarial y artística de nuestro país. Aquí sí se aplicó lo de “brazos abiertos”. Y que no se malentienda: yo festejo este acto humanitario, pero uso este ejemplo para recalcar la selectividad estatal y social sobre qué corporalidades deseamos que formen parte de una sociedad y cuáles no.

Hoy, nuestro racismo ha evolucionado y, aunque ya hemos aceptado a comunidades, entre ellas, la judía o la libanesa como parte de la nación mexicana (y cómo no, esta última nos ha dado a personalidades como Carlos Slim o Salma Hayek), aún hay otras poblaciones que nos resistimos a aceptar solo por su tono de piel, origen étnico, rasgos físicos y nivel socioeconómico. Muchas personas lo clasifican como “xenofobia”, pero yo insisto en que el sentimiento subyacente a la xenofobia mexicana es el racismo o, puesto de otra manera, nuestra xenofobia está racializada, y peor aún, esa xenofobia también tiene tintes de aporofobia, es decir, rechazo a las personas pobres. En otras palabras, puede que exista una actitud de rechazo ante ciertas personas migrantes o extranjeras, pero la intensidad y consecuencias van a depender de la corporalidad, origen y nivel socioeconómico de la persona; no es lo mismo ser una mujer migrante negra haitiana que un hombre migrante blanco alemán, por ejemplo. Esto es una clara muestra de que en nuestro país no se puede hablar de xenofobia sin hablar de racismo y de clasismo.