Los hermanos de los desaparecidos
La presencia de su ausencia

Coordina la Red Eslabones por los Derechos Humanos, que atiende asuntos de justicia, principalmente personas desaparecidas. Es consejera ciudadana de búsqueda en la Ciudad de México, Estado de México y a nivel federal. Con estudios de periodismo, derechos humanos, derecho y otros. Facebook: Red Eslabones por los Derechos Humanos Nacional.

Los hermanos de los desaparecidos
Foto: Alexa Herrera / La-Lista

Estoy sola. Cuando mi hermano desapareció, mi papá y mi mamá se fueron a buscarlo, se fueron tras él… finalmente se fueron con él. 

Esas personas que ahora tú conoces y andan en las búsquedas, ellos no son mis padres, son otras personas, son en las que se han convertido, lo que va quedando de ellos. 

Mi hermano se llevó a mis papás con él, mis verdaderos padres no han regresado. Con mi hermano se fue mi casa, las fiestas de cumpleaños, las reuniones de Navidad y de Año Nuevo, se fueron las risas, las bromas, las vacaciones, los planes. Me fui yo, ya no existo, soy un fantasma en mi casa. 

Han pasado dos meses, extraño a mi hermano, no sabemos dónde está. Lo hemos buscado en todos lados donde hemos podido y no aparece, yo no quiero ir al Semefo, tengo miedo de ir, de encontrarlo muerto… no queremos ir.

Estoy sola, nuestros amigos con quienes íbamos a las fiestas y andábamos juntos ya no me llaman, nadie me invita a ningún lado porque dicen que sienten feo que mi hermano ya no está, que hasta que él regrese. 

Mi mamá no llora delante de mí, pero la oigo todo el día y siempre tiene los ojos hinchados. Yo tampoco lloro delante de ellos, no los quiero preocupar más, pero casi no puedo dormir desde que mi hermano no está, duermo a ratos, lloro a ratos, pienso y pienso quién se lo pudo llevar, para qué. Mi papá se encierra en el baño, bajo la regadera cree que no se oye.

Tengo un año sin tocar la guitarra porque me duele el pecho de ver su batería ahí arrumbada, llena de polvo… entre los platillos hay telarañas. Cierro los ojos y me imagino que en cualquier momento va a entrar a mi cuarto y me dirá: ¿ensayamos, flaca? 

Y no está y no sé donde está… mi hermano no está, desde hace un año que no lo veo, que no oigo su voz, que nadie usa su bici, ayer me la llevé a la tienda y cuando regresé, mi mamá con qué ojos me miraba y sus gritos: “¡por qué agarraste la bicicleta de tu hermano, ya sabes que odia que le agarren sus cosas, cuando regrese se va a enojar!” Me la arrebató y la dejó en el lugar de siempre, pero le puso cadena y candado… ahí sigue, con las llantas ponchadas, el candado puesto y oxidado.

Todos los demás siguen su vida como si mi hermano nunca hubiera existido, como si no importara, como si a nadie le hiciera falta.

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Intenté continuar en la escuela, pero no pude, dejé de entender, solamente escuchaba a los maestros pero no aprendía nada, todo lo veía como si estuviera dentro de una pecera, como si soñara, me di de baja por un semestre, en lo que me componía y ya no me reinscribí, mi generación ya salió. Mis papás nunca me han preguntado por la escuela, me diluí de sus vidas, a veces creo que hubiera sido mejor que desapareciera yo, seguramente no estarían así, a mi hermano lo querían más, yo no les hago falta. 

Mis papás no se han dado cuenta que yo también existo, mi casa es de fantasmas, todas las noches hay ruidos, a veces uno de los tres nos metemos a escondidas a su cuarto… sigue su pantalón tirado en el piso, como quedó desde el día en que se fue, abro su clóset y toco su ropa colgada como si tocara el arpa, de ida y vuelta, siguen en el piso sus tenis de basquet, sus chanclas de hule. 

Los primeros años metía la cara entre sus playeras para buscarlo en su olor, para llamarle con la voz ahogada entre su ropa y me limpiaba los ojos con la camiseta verde que le regalé en su último cumpleaños cuando fue mayor de edad… hoy ya no lo encuentro. 

Su cuarto es un santuario, nadie debe entrar, está prohibido tocar sus cosas, prohibido limpiar… casi ya no hablamos de él entre nosotros. No sé qué ni cuánto tiempo tenga que pasar para que todo vuelva a ser normal.  

Nadie imagina que cuando se llevaron a mi hermano nos arrastraron a los demás a un sitio que nos alejó de nuestras vidas, que nos convirtió en otros, que nos sacaron de los que éramos y que ahora, después de estos años, entiendo que nunca podremos regresar.