La música viva
La terca memoria

Politólogo de formación y periodista por vocación. Ha trabajado como reportero y editor en Reforma, Soccermanía, Televisa Deportes, AS México y La Opinión (LA). Fanático de la novela negra, AC/DC y la bicicleta, asesina gerundios y continúa en la búsqueda de la milanesa perfecta. Twitter: @RS_Vargas

La música viva
Foto: Especial

Mayo será para mí el regreso a las salas de conciertos. Hay pocas cosas en la vida que disfrute más que estar ahí, en medio de una multitud, coreando las canciones –o fragmentos de estas– de mis bandas o cantantes favoritos.

El próximo jueves estaré en el Auditorio Nacional para despedir de los escenarios mexicanos al gran cantautor catalán Joan Manuel Serrat, del que no me he perdido un concierto por lo menos en los últimos 20 años, en diversos escenarios y con compañías tan diferentes como lo pueden ser el propio escenario de Paseo de la Reforma y el Palacio de Bellas Artes. El reencuentro será especial porque al último concierto al que asistí antes de la pandemia fue al de la gira No hay dos sin tres, la tercera que hicieron juntos Serrat y Joaquín Sabina, en el ya lejanísimo mes de diciembre de 2019.

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Desde aquellas primeras tocadas en la Arena López Mateos, de Tlalnepantla (Devastation, Recipients of Death, Sepultura, Rigor Mortis, Carcass) y el de Carlos Santana, el 26 de junio de 1991, he asistido a muchos, muchos conciertos. Algunos festivales grandes como el Hell & Heaven, Domination, Maquinaria Fest, un Vive Latino y un Corona; algunos más pequeños como el Eyescream del 2010, con Sacred Reich, Cynic y Municipal Waste; el Night of the Living Dead de 2011, con Cannibal Corpse, Suicide Silence y The Black Dahlia Murder, o aquel Headbangers Fest con Iron Maiden, Queensrÿche y Halford, del 2001, que fue anunciado como un festival que se repetiría año con año en México y solo tuvo esa versión.

También vi tres veces a los Rolling Stones, cinco veces a Andrés Calamaro; la gira de El Gusto es Nuestro y su repetición 25 años después; dos veces a Diego el Cigala; no me perdí ninguno de Peter Hook; Adriana me llevó a ver a Chambao y Alonso Ruiz Belmont generosamente me invitó a ver a UB40, Soda Stereo, los Pet Shop Boys y una cosa que se llamaba In the Nursery.

Este 2022 promete ser un año de grandes conciertos. Y no es quiera ir a todos, pero muchos queremos ver a las bandas o cantantes que la pandemia, el “sistema”, el precio del dólar o nuestras malas calificaciones nos privaron de ver en los últimos. ¿Por qué las malas calificaciones?

Mis monstruos del rock

A principios de 1988, en su espacio de Rock 101, los jueves a la media noche, Gueorgui Lazarov soltó el rumor: Metallica integraría el cartel del Monsters of Rock Tour de aquel año, que comenzaría el 23 de mayo, en Los Ángeles, y finalizaría el 30 de julio en Denver, Colorado.

El editor de la revista Heavy Metal Subterráneo confirmó semanas más tarde el cartel que llevaría como acto principal a Van Halen. Scorpions, Dokken, Metallica y Kingdom Come completaban la gira. Pero lo verdaderamente relevante para mí es que el Monsters of Rock se acercaría a México: el 2 de julio se presentaría en el Rice Stadium, de Houston, Texas.

La cabeza me comenzó a dar vueltas con la noticia. Hacía dos años que había descubierto a Metallica y mi sueño era verlos tocar en vivo. Con tres LP’s en el mercado (“Kill’em all”, “Ride the lightning” y “Master of puppets”) y con el “Garage Days” (un EP que tenía menos de un año en la calle), Metallica se convirtió en mi banda favorita.

Pósters, revistas, parches, calcomanías, el logo del grupo en cuadernos, chamarras, paredes, camisetas y casetes grabados comprados en Pericoapa… ¡Todo era Metallica por aquellos días!

En algún momento comenté en casa que el Monsters of Rock se iba a presentar en Houston en el verano y mi papá fue muy claro: “Si quieres ir, quiero ver la boleta de calificaciones antes”.

Pero ya era demasiado tarde. En septiembre de 1987 había decidido, de manera irresponsable y unilateral, que iba a reprobar año. Lo sabía desde que entré al salón la primera semana de clases: con 16 años quería ser un “chico malo” de la desaparecida UVM-Xochimilco.

En marzo, la tendencia era irreversible: no aprobaría el año. Al final del curso solo pasé cuatro materias de 12: Anatomía, Inglés, Historia de México y… ¡Biología!

Cuando le dije al viejo el desastre que había hecho amenazó con no pagarme la reinscripción, me quitó la televisión y la grabadora de mi cuarto, y culpó a Metallica de mi irresponsabilidad. Como era de esperarse no fui al Monsters of Rock.

Metallica lanzó el 25 de agosto de aquel año el multiafamado “… And Justice for All” y mi primer encuentro con la banda californiana se postergó cinco años más, hasta el 23 de febrero de 1993. En ese lapso Metallica grabó otro LP conocido como el “álbum negro” (1991), estuve dos años más sin estudiar, pero finalmente terminé la prepa e ingresé al ITAM.

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Mi viejo dejó de culpar a Metallica de los “dolores de cabeza” que yo le provocaba y los boletos para el concierto de 1993 los compró él: fue su regalo de la Navidad de 1992.

El jueves 19 regreso a los conciertos con Serrat y 12 días después voy a Cannibal Corpse; para Iron Maiden, por supuesto, ya tengo mi boleto. Quisiera decir que no importa el género (algunos de ustedes conocen mis fobias), pero como dijera el viejo sindicalista Venus Rey: “La música viva siempre es mejor”.