Contaba mi papá que en aquella época “todo era monte”: la avenida Central estaba sin pavimentar, había muy pocas casas al rededor y el terreno era perfecto para las retas de futbol. Como parte de la generación fundadora, él vio nacer a lo que en ese entonces era la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) Aragón, la cual este viernes 16 de enero cumplió 50 años de haberse inaugurado.
En 1974 la UNAM comenzó un plan para atender el aumento de la demanda de sus alumnos, sobre todo en las zonas periféricas. La creación de las ENEP le permitía descentralizar la asistencia a Ciudad Universitaria, conforme al desarrollo de la mancha urbana.
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En enero del 76, la ENEP Aragón comenzó con 10 licenciaturas encaminadas a las ciencias sociales y las ingenierías. Esto fue una opción muy atractiva para democratizar el alcance de la vida universitaria para las familias de medianos y bajos ingresos, y mi padre fue un ejemplo de ello.
Hijo de padres comerciantes y el único de 11 hermanos que estudió, se formó como economista para entrar a la vida de profesionista. En la década de los 70, tener un hijo universitario era un logo para salir del barrio y alcanzar un mejor nivel vida. Basicamente, tener una carrera significaba tener la posibilidad de aumentar los ingresos.
Ese sueño universitario se fue haciendo más complicado conforme avanzó el tiempo, la matrícula aumentó considerablemente. De acuerdo con el Anuario Estadístico de la UNAM de 1975, en aquella época había más de 220 mil alumnos, de los cuales más de la mitad eran de estudios superiores. Para 2001, la matrícula aumentó a 244 mil estudiantes, mientras que el último reporte de la máxima casa de estudios dice que hay más de 380 mil inscritos.
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Hoy en día ese sueño universitario, como el que le tocó a mi papá, ya no es del todo cierto. Terminar una licenciatura no es símbolo de un buen nivel de vida, las competencias laborales han aumentado y la especialización en temas tecnológicos marcan la agenda. Así lo sentenció el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) en su Compara Carreras 2025:
“El mercado laboral avanza más rápido que el sistema educativo. Aunque no es una novedad, se ha agudizado en los últimos años debido a la proliferación tecnológica. Mientras las aulas se siguen llenando de futuros abogados y administradores, el mundo laboral demanda científicos de datos, programadores e ingenieros especializados”.
A pesar de ello, las ENEP (hoy convertidas en Facultades) son de gran relevancia para el acceso al derecho de la educación universitaria. Son una pieza angular para el desarrollo de las periferias, sobre todo donde los límites de la Ciudad de México y el Estado pareciera que no existen.
Casi 40 años después de que mi padre entró a la ENEP Aragón, yo lo hice, pero bajo el nombre de FES Aragón. A pesar de su reconocimiento como Facultad desde marzo del 2005, entre la comunidad universitaria era desdeñada en comparación con CU, de tal suerte que llegué a creer ese pensamiento. La mala fama se reforzó por su ubicación, en las orillas de Nezahualcóyotl y rodeada de bares.
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Tras haber egresado de la FES entendí su importancia y extiendo mi agradecimiento, entré con un juicio tan equivocado sobre lo que pensé que sería mi carrera. Entendí cómo es que esa Facultad le brinda la oportunidad universitaria principalmente a la población de Ecatepec, Chalco, Iztapalapa, Nezahualcóyotl, Iztacalco y otras alcaldías/municipios de la periferia.
En el campo laboral me he encontrado con mucho talento aragonés, incluso más que CU, y eso ha dejado notar la pieza tan importante que ha sido esta facultad para la UNAM.
Han pasado 50 años de que se abrió una escuela universitaria en la zona nororiente de la ciudad, eso significa medio siglo de historias de personas y familias que han tenido la oportunidad de vivir el sueño universitario en una de las periferias más golpeadas, aún cuando el mercado laboral sea cada vez más difícil. ¡Larga vida -y resistencia- a la FES Aragón!