Este podría ser el último aniversario del Salón Los Ángeles
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Reportero egresado de la UNAM, formó parte de los equipos de Forbes México y La-Lista. Con experiencia en cobertura de derechos humanos, cultura y perspectiva de género. Actualmente está al frente de la Revista Danzoneros. Twitter: @arturoordaz_

Este podría ser el último aniversario del Salón Los Ángeles
Foto: Arturo Ordaz

“Este podría ser el último aniversario del Salón Los Ángeles”, me confesó Alejandra Romero hace un par de martes afuera del lugar. Mientras caía una lluvia torrencial y la danzonera de Felipe Urbán tocaba en el escenario, la encargada de la comunicación externa de este centro me contó la complicada situación por la que atraviesan.

El próximo 2 de agosto se cumplirán 85 años de que Miguel Nieto Alcántara convirtió una bodega de carbón y de camiones en un salón de baile. Este sitio es de los pocos sobrevivientes de la vieja guardia, como el Colonia, el Riviera, el México, entre otros. El lugar vio nacer a la Sonora Santanera, al mambo de Dámaso Pérez Prado y a la primera danzonera de América: Acerina.

Incluso, cuenta la leyenda que “El bárbaro del ritmo”, Benny Moré, escribió su éxito Bonito y sabroso en una servilleta de las mesas del salón. “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas”, dice la canción.

En este lugar se han grabado películas del cine de oro mexicano y actuales; grupos como Fobia y artistas Belinda lo han usado como locación. También fue visitado por Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Diego Rivera, Frida Kahlo y muchos otros intelectuales.

El salón es un ser vivo octogenario, “es como un viejito y hay tratarlo así”, dijo Romero. Su mantenimiento es complicado: cuando le arreglas algo, sale otra falla. Las deudas también siguen corriendo, la pandemia de Covid-19 no ayudó. Ojalá no llegue el escenario donde se tenga que vender el sitio para liquidar lo pendiente, me contó la responsable de la comunicación externa.

Actualmente Miguel Nieto Applebaum, nieto del fundador, dirige el lugar junto con su hermana Armida. También estaba al frente la madre de ambos, Armida Applebaum, pero desgraciadamente murió en noviembre pasado. Hasta hace unos tres de años, era muy común verla en la entrada saludando amablemente a todos los bailadores.

En febrero de 2021 tuve la oportunidad de entrevistar a Miguel Nieto Applebaum. En medio de un salón vació por la emergencia sanitaria, me relató algunos de sus planes para sortear la pandemia. Me dijo que pensaron en convertir una parte del anexo del salón en un museo, donde proyectos jóvenes tuvieran la oportunidad de exhibir su trabajo, y al final organizar un baile para celebrar. Añadió que la vocación del lugar también está en emprender estrategias culturales, como el proyecto La rumba es cultura que lideró con su compadre Froylán López Narváez.

Este pedacito de la colonia Guerrero, en la Ciudad de México, también es una máquina del tiempo. Desde la entrada imponen los candelabros que cuelgan del techo, las luces led de la dulcería, así como las mesas y sillas rojas de estilo vintage. Un altar a Dámaso Pérez Prado vigila desde el fondo que todo marche bien. Las columnas están repletas de pequeños espejos que multiplican la luz. Todo ello es custodiado por decenas de cuadros, fotografías y anuncios antiguos en las paredes.

Los martes de danzón son muestra de que el tiempo no ha pasado. Todo mundo se conoce, cada grupo toma su mesa de siempre y los atiende el mismo mesero, por ejemplo, Jesús “El caracol”. No parece que sea un día entre semana: los vestidos largos, zapatillas, trajes a la raya y zapatos relucientes desfilan como si fuera un cóctel. Si no fuera por David Shalom, un asiduo bailador de más de 90 años que transmite en vivo por Facebook toda la tanda de la danzonera, pareciera que es la década de los años 50.

Esta comunidad también es amigable con los forasteros: desde su primer paso se nota quienes visitan el salón por primera vez. No saben dónde sentarse, repasan el lugar con la mirada y toman fotografías al por mayor. Cuando por fin se animan a bailar, no falta el danzonero que corre a su auxilio y trata de enseñarles, tal como un predicador.

La primera vez que fui al salón, yo rozaba los 18 años, el lugar celebrara su 77 aniversario. Me cautivó su tamaño y el ambiente: Felipe Urbán y su danzonera tocaba Joaquín Capilla. Son de esos recuerdos que quedaron increíblemente intactos en mi memoria. Ojalá y ese sentimiento, como de un niño descubriendo algo, lo puedan experimentar más personas. Ese día conocí mi país, porque “quien no conoce Los Ángeles, no conoce México”. Espero de todo corazón que esa magia que sentí la puedan experimentar miles de personas otros 85 años más.