De cubrebocas y viajes tras la pandemia
Gran Angular

Periodista interesado en medios, contenidos, periodismo y cultura. Colaborador, reportero y editor con experiencia en medios impresos, electrónicos y digitales. Maestro en Periodismo sobre Políticas Públicas por el CIDE. Beca Gabo en Periodismo Cultural y Cine 2014 y 2020. También habla mucho de cine. 

De cubrebocas y viajes tras la pandemia
Foto: Mika Baumeister / Unsplash.

El verano europeo estuvo caracterizado por dos importantes noticias: récords históricos de altas temperaturas y un intenso caos en bastantes aeropuertos. Lo primero era parte de los efectos de una masiva ola de calor que se extendió de mayo hasta los primeros días de septiembre y lo segundo se debía a la suma del regreso de una alta demanda en la temporada vacacional tras dos años de pandemia y muy variadas restricciones, además de huelgas en aerolíneas y serios problemas de poco personal disponible (por diversas razones) para trabajar en los aeropuertos.

Durante las pasadas semanas tuve la posibilidad de tomar vacaciones y de viajar a Europa y comprobar en primera persona ambas situaciones. El calor sigue siendo intenso y, salvo un retraso de apenas una hora en el despegue de un vuelo entre Atenas y Roma (de entre otros seis vuelos que tomé en el transcurso de 20 días), las cosas parecen fluir mejor en aeropuertos que hasta hace poco eran referencia noticiosa por las complicaciones y larguísimas filas en procesos de check-in, aduanas, controles de pasaporte o de seguridad. En ningún caso, en los aeropuertos de Madrid, Londres, Dublín y Roma, fueron más de 10 a 15 minutos de fila para pasar por la acostumbrada revisión de seguridad. A veces menos (en Atenas no fueron ni cinco minutos). 

Pero esta primera experiencia viajera postpandemia me permitió observar otra cuestión y dinámica que podríamos considerar parte de nuestra nueva realidad y cotidianeidad postpandémica: el uso de cubrebocas. como ejercicio preventivo ante lo visto y enfrentado en los pasados dos años. Principalmente en espacios cerrados como aeropuertos, aviones y museos, o en el transporte público. 

Tristemente, a pesar de los anuncios y letreros de usar obligatoriamente cubrebocas (en Italia o Grecia), es normal ver en cada aeropuerto viajeros que optan por ignorar las indicaciones. En algunos casos, como Inglaterra, España o Irlanda, se trataba de meras invitaciones. En general hay un sentido y sentimiento de que ya no hay obligatoriedad o acciones estrictas para cumplir su uso, sino de dejar en nosotros las acciones y elecciones. 

Sí, es un hecho que en una buena cantidad de países, incluido México, los últimos meses han sido de significativos descensos en las estadísticas de contagio y muertes por Covid-19, y de un porcentaje cada vez más significativo de poblaciones vacunadas (recordemos, la vacuna no nos hace inmunes, sino evita que muchos de los contagios sean mortales o potencialmente mortales). 

Pero la experiencia no dejó de moverse en mi cabeza en forma de preguntas. ¿Qué aprendimos de los últimos dos años y medio? ¿Acaso necesitamos ser tratados como niños que solo ante la autoridad estricta o restrictiva obedecen? ¿Dónde queda la acción individual que considere el beneficio o la corresponsabilidad colectiva?

Nos hemos cansado de escuchar a los expertos hablar de que el virus no se ha ido y que la pandemia no ha terminado. La enorme fortuna del desarrollo de vacunas y de las campañas de vacunación convirtieron el riesgo de muerte en una lotería de síntomas y enfermos con diversos grados de intensidad o de pasarla mal. Como ya no es de vida o muerte, pareciera que ya no nos preocupa tanto contagiarnos o enfermarnos. O contagiar.

Da un poco igual que en el camino hayamos visto las mutaciones y adaptaciones del virus, que leamos de su mayor contagio aunque menor letalidad, que la vacuna no evita contagiarse sino ponerse grave. Que el virus evolucione y parezca que ya no hay un periodo de inmunidad tras el contagio, y que muchos hayan recaído de nuevo a las semanas de un diagnóstico positivo. Que cientos de miles y millones de personas hablen de los efectos secundarios tras haberse contagiado. De lo difícil o lo diverso o lo arbitrario y aún sorprendente y casi desconocido de estos efectos ahora bautizados como covid largo. 

La prioridad personal se ha puesto de manifiesto y una considerable cantidad ha priorizado la comodidad a la conciencia o la corresponsabilidad colectiva. Ya sea obligatorio o una invitación el usar el cubrebocas, nunca faltan el puñado (o, en otros casos, una mayoría) de personas que deciden no usarlo en el transporte público, en aviones o aeropuertos. Siempre hay alguien o muchos que deciden ignorar esto. 

Mientras me subo a otro avión me cuestiono por la oportunidad, al parecer perdida, de haber desarrollado una cultura de conciencia colectiva, de prevención de lo grupal a partir de lo individual y no por la respuesta a la acción coercitiva o impuesta de una autoridad. De pensar en seguir usando un cubrebocas, algo tan sencillo y a la vez tan eficaz en reducir considerablemente el riesgo de contagiarse o contagiar, cuando nos encontramos en ciertos espacios. 

Por otra parte, es interesante ver que dependiendo del lugar, la acción de la mayoría puede o no ser un elemento de presión social de cierto comportamiento. Las miradas inquisidoras de quienes sin cubrebocas ven a otros usarlo en un metro que no los exige. O viceversa, la de enmascarados que miran con recelo, desconfianza y juicio a los valemadristas que deciden ignorar instrucciones explícitas en museos o aeropuertos. 

O, claro, cómo entender a dos años y medio que aún haya quienes no son capaces de ponerse correctamente un cubrebocas y sigan usándolo solo sobre la boca o como accesorio a suerte de bufanda o collar. Parece que no aprendimos nada.