Irse
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Irse
EFE/Christof Schuerpf

En la vida, todo es ir

Joan Manuel Serrat

A menudo uno debe marcharse enamorado. Es curioso, la primera frase que vino a mi mente tras la muerte del gran Jean-Luc Godard no fue una de las muchas que le legó tanto al cine como al arte en general, sino el verso de un poema de Nick Cave, gran músico, escritor y cineasta australiano, que resume la forma en la que partió el último de los padres de la Nueva ola del cine francés.

Uno debe partir enamorado lo suficiente de la vida para pedir, sin drama, que los más cercanos terminen con ella cuando ya no es un placer vivirla, sino una constancia del dolor propio y ajeno, cuando ya se trata de un rosario de dolores sin reposo.

Godard dejó de hacer cine en 2018, pero durante más de cinco décadas dejó una producción maravillosa que habla de la forma en la que cualquier persona nace en un lugar, es identificado por su entorno y luego abre los ojos para soñar el mundo de una forma diferente, sin igual.

Para mí, que llevo menos tiempo que Cave y Godard en este mundo, una de las grandes cartas de amor al cine que existen se llama Vivir su vida. Se da la casualidad que se estrenó hace 60 años, que la protagonizó la primera musa y gran amor de Godard, Anna Karina, quien también murió unos meses atrás.

En ella, una joven llamada Nana ve cómo su vida se convierte en un tobogán descendente luego de que una compañera no le regresa el dinero que le prestó, lo cual le lleva a perder su casa, lo cual le lleva a un montón de decisiones que terminan con resultados fatales. Pero en su vida, en ese camino de ida, hay instantes de gozo pleno: la forma en que baila en el pequeño bar, el encuentro con el filósofo…

Porque, como dice justamente ese filósofo, el amor, si es sincero, puede salvar al mundo. Pero para que funcione, para que permanezca con nosotros y en nosotros y en los que dejamos en el camino, hay que saber partir sin sentir la pena del desamor o del odio.

Yo vi esa película enamorado -aún lo estoy-, y encontré en el amor del primer Godard el reflejo del amor personal. Luego, ese cineasta caminó por otras sendas, con otros intereses, pero mi camino ya no fue el mismo que el de él, más politico, panfletario y maoísta, pero al que movía sin duda una vocación gloriosa: la de amar a quienes han sido explotados, la de amar las causas.

Porque, a diferencia de la gran feminista Agnes Varda, del enorme antibelicista Alain Resnais, del enamorado Claude Chabrol o del melancólico Truffaut, Godard dejó, en un momento, las artes filosóficas y amatorias para convertirse en un pequeño soldado. Y eso tampoco está mal, porque en la vida todo es ir.


Cuando me enteré de la muerte de Godard, una voz como ninguna otra me susurró a menudo debemos partir enamorados. Y desde entonces, en el corazón de este crítico de cine hay un par de zapatos, una muda de ropa y dos boletos para el cine, para cuando el amor a la vida me llame, como al cineasta, a la eternidad.