Ojos que da pánico mirar
La terca memoria

Politólogo de formación y periodista por vocación. Ha trabajado como reportero y editor en Reforma, Soccermanía, Televisa Deportes, AS México y La Opinión (LA). Fanático de la novela negra, AC/DC y la bicicleta, asesina gerundios y continúa en la búsqueda de la milanesa perfecta. Twitter: @RS_Vargas

Ojos que da pánico mirar
El colegio Enrique Rébsamen se derrumbó durante el sismo de 2017. Foto: AFP

¿Alguna vez has visto a los ojos a alguien que está a punto de morir? ¿Has sentido su mirada fija, lo has visto aproximarse, abrazarte, hacerte conversación, aconsejarte? Siete horas después del terremoto, el Metro sale del túnel para sumergirse en otra oscuridad intimidante, la de Calzada de Tlalpan. La luz de los autos rasga la amargura de la noche más negra que recuerde. De San Antonio Abad a Taxqueña, solo los anuncios de neón de algunos hoteles de paso modifican el paisaje postapocalíptico. ¿De verdad alguien quiere estar ahí esta noche? En Chabacano, una panificadora que lleva por nombre, vaya ironía, “La Esperanza” es el único local comercial abierto en casi 10 kilómetros.

En el vagón, el silencio se apodera de los pasajeros. Nadie se mira a los ojos, nadie habla. No hay vendedores ni mendigos. La ciudad ha enmudecido. Los ojos de la gente dicen más que sus palabras. Hay sufrimiento. Hay dolor.

Las carcajadas de dos niños rompen las cavilaciones de los adultos. Se tiran al suelo sin importar la suciedad. Llevan uniforme de una primaria oficial, las mochilas a cuestas. Llama la atención que viajen solos en un día así: “¡Cómo se movía, cabr..!”, dice uno de ellos. Él otro se levanta, baila, se sacude de un lado a otro, simula el movimiento de la tierra horas atrás. Se carcajean. Nadie les reclama. El Metro se detiene más de cinco minutos en cada estación y para cuando llegamos a Portales, ambos duermen recargados en un rincón.

Cierro los ojos y recuerdo el momento en que comenzó el terremoto. Trato de imaginar mi mirada durante esos instantes eternos. La sacudida me derriba un par de veces cuando intento salir de mi oficina y avanzo a gatas por un pasillo, me levanto y los primeros ojos que encuentro son los de Bernardo, que abrazado a otros compañeros de trabajo resisten en el marco de la puerta que da a las escaleras del cuarto piso de Televisa Chapultepec. Se me doblan las piernas y Sergio me sostiene. Pienso en mi hija. Le pido a Dios que me deje abrazarla una vez más.

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Cuando por fin salgo a la calle, cientos de ojos asustados me miran. Son mis compañeros; no reconozco ningún rostro. De repente, recuerdo el título de aquel ensayo que José Joaquín Blanco escribió en el suplemento Sábado, del diario UnosmásUno, en 1979: “Ojos que da pánico soñar”. Siempre me gustó la frase (¡Valga el homenaje aquí!). El texto no tiene nada que ver con este momento, pero hoy no me puedo despegar esa línea.

En General Anaya, el tren parece no moverse en años. Apenas dos kilómetros adelante, un edificio en el multifamiliar de la colonia Educación está en ruinas. La cancha de futbol de cemento donde cascareaba hace 30 años con Alberto Minero y Adrián Aguilera se ha convertido en el centro de mando de los rescatistas. Más al fondo, en Coapa, el caos se ha vuelto mediático en torno al Colegio Rébsamen. ¿Alguna vez has visto a los ojos a alguien que está a punto de morir?

Recuerdo los primeros ojos que me encuentro cuando atravieso avenida Chapultepec. Son los de Paco Arredondo llenos de lágrimas. Llora desesperado porque no sabe cómo está su hija. Trato de tranquilizarlo, yo también quiero saber de Camila. Consigo una tarjeta de Ecobici y me interno pedaleando por la colonia Doctores y luego la Roma, avanzo por la calle de Puebla antes de llegar a la Condesa. Miro las primeras fachadas caídas, las miradas de angustia y reclamo. Sí, es 19 de septiembre, como hace 32 años.

El colegio de Camila está a salvo, pero a ella no la puedo ver. Georgina, su mamá, lleva en los brazos a Ringo, que asustado mueve los ojos de arriba abajo. Observo los primeros edificios derrumbados y, en medio del olor a gas, atravieso el Parque España, el Parque México e Insurgentes; cruzo Medellín rumbo a la casa de la familia de Arredondo. Les tomo una foto que no puedo enviar porque las líneas están caídas. Pedaleo sobre avenida Monterrey y al llegar al cruce con Tapachula, escucho un estruendo. La gente voltea desesperadamente a la izquierda, una nube de polvo se eleva una cuadra adelante: el edificio de la esquina de San Luis y Medellín se ha desplomado tragándose en sus entrañas a Erick Gaona.

Sobre la calle de San Luis Potosí veo a los pacientes de un hospital cercano en camillas sobre la calle. Algunos tienen suero. En avenida Cuauhtémoc esquivo autos sobre el carril del Metrobús. La ciudad es una locura, todo mundo quiere llegar a algún lado. Cuando regreso a Televisa comienzo a ver videos de la tragedia y Lalo Bacas me encarga su camioneta. No entiendo nada. Alguien me dice que el “Tucumano” salió corriendo: su hijo alcanzó a sacar a su nieta antes de que se desplomara el Colegio Rébsamen. Más tarde, mientras comemos unas flautas en un puesto callejero, los ojos celestes de Miguel Padilla me quieren decir algo. No tengo que preguntarle qué está pensando. Abraham, mi inquilino, me llama al celular: el condominio de Tlalpan 550, donde tengo mi departamento, está en ruinas.

El sábado ha vuelto a temblar. En el auto en que voy a Morelos a dejar víveres en una caravana, el “Huevo”, el “Chango” y yo escondemos nuestros miedos detrás de los cristales oscuros de las gafas que llevamos puestas. El “Chango” detiene el auto después del sismo y hablamos por teléfono. Escuchar a nuestros afectos por el celular nos tranquiliza. La gente sale a las calles cerca del Periférico Oriente. Hay incertidumbre, saben que ya nada volverá a ser igual. No hay resignación. Hay enojo. Son ojos que da pánico mirar… 

Confieso que he llorado mucho menos de lo que he querido. Pensar que el terremoto de 1985 fue mucho peor no cambia nada porque una sola muerte ya es una tragedia. ¿Alguna vez has visto a los ojos a alguien que está a punto de morir?

24 de septiembre de 2017