Mentalidad de viajero
Entre la libertad y la locura

Comenzó hace siete años con un blog llamado My Vintage Armoire. Ha colaborado en Elle México, Quién, Instyle, Life&Style, Reforma y Finding Ferdinand. Licenciada en mercadotecnia y comunicación por el Tec de Monterrey, escribe sobre la felicidad y la tristeza, el amor y el desamor, la duda, los reproches, el amor propio, el existencialismo, la introspección y el crecimiento personal. Lanzó el podcast Libre&Loca, uno de los 50 más escuchados en México y Latinoamérica. Twitter: @rowoodworth

Mentalidad de viajero
Foto: AFP

Hace exactamente dos meses me embarqué en un viaje muy al estilo de Comer, rezar, amar con el propósito de alejarme de todo, llenarme de satisfacción por cumplir la meta y el reto que fue viajar sola al otro lado del mundo, convivirme, reencontrarme, reconocerme y reconstruirme. 

Lo que no tomé en cuenta es que iba a cruzarme con muchas personas que serían grandes maestros. Una de esas lecciones llegó como escena de película, una noche cenando en Kapadokya, en la región de Anatolia en Turquía, con un grupo de extraños que había conocido ese día en un tour por el Valle de las Chimeneas de Hadas. Era un grupo con gente de todos los rincones del mundo. Haití, Suiza, México y Pakistán nos encontrábamos degustando comida típica de la región: sopa de lenteja roja, ensalada griega, arroz y un testi kebabi que es un guiso de carne con verduras cocido dentro de un tarro de barro. La definición culinaria de apapacho al corazón. 

Todos llevábamos ya un rato viajando, este no se trata de nuestro primero ni de nuestro último destino, así que pasamos el día platicamos acerca de dónde veníamos y hacia dónde nos dirigíamos después, qué nos había parecido cada lugar, cada cultura, la comida, de cómo esta une a la gente y de las experiencias chistosas o escabrosas que nos había tocado vivir. 

De pronto entre risas, mientras nos pasábamos los diferentes platillos hubo un breve silencio todos nos volteamos a ver, fue como si el tiempo se detuviera, cuando alguien dijo: “esto es lo que amo de viajar” y todos comprendimos a que se refería. Vivir en el presente, abrazar el momento, las oportunidades y personas  que tienes enfrente sabiendo que se van a acabar. Fue epifánico.

¿Cómo podríamos llamarle a esa filosofía de vida? Yo acuñé el término de mentalidad de viajero, que curiosamente también puedes cultivar si no viajas, solo que viajando inevitablemente te tropiezas con ello. 

Viajar no solo se trata de conocer otros lugares, se trata también de conocerse a uno mismo. La novedad de estar en un lugar diferente nos obliga a vivir en ese presente, a agudizar todos los sentidos, a “estar”, tan sencillo como eso. No nos perdemos en nuestro propio mundo ni en nuestros recuerdos cuando atravesamos una calle nueva o visitamos ese monumento que estábamos deseando ver. No pensamos en nuestros problemas ni cargamos con ese saco de preocupaciones que a menudo nos acompaña en la cotidianidad cuando vamos en automático de un lugar a otro.  

La rutina se conforma por patrones que muchas veces nos dificultan soltar el pasado y nos hacen temer al futuro. Cuando en un lugar desconocido, el pasado no importa, el futuro es a corto plazo y vivimos en el momento sabiendo que se acaba.

Conocemos personas con la que hacemos clic instantáneo, pero a la vez solo convivimos en 4 parada del autobús o en un tour o porque se hospedan en el mismo hotel. Y si nos caen bien, esa versión que nos muestran en ese momento es la única que conocemos. No nos da tiempo de indagar o descubrir los ángulos menos agradables de su personalidad ni llegamos a hartarnos de sus hábitos o sentir celos o envidia. Dicen por ahí que tu mayor fan es un desconocido, y tu mayor detractor es alguien cercano. Lastimosamente coincido. La rutina y la cercanía dan espacio a esas cosas. No estoy diciendo que no me guste profundizar, por supuesto, soy una persona profunda, no me encantan las relaciones superficiales, pero sí admiro y disfruto saber que al conocer a alguien por lapsos tan breves la gran mayoría está mostrando su ser auténtico porque no tiene nada que perder y todo que disfrutar del momento presente absorbiendo lo más que puede. 

Es decir se ríe, come, pregunta, da rienda suelta a su curiosidad, es y se abre a cosas nuevas, a gente nueva porque ya está en un lugar nuevo y quiere crear memorias, no pierde tiempo donde no está a gusto porque el día en Viena o Kapadokya o Acapulco se va a acabar. Creo que deberíamos de ser más así. 

Cuantas veces no nos hemos negado a un plan porque nos da flojera, porque estamos cansados (ojo, es válido) o simplemente porque lo damos por sentado, porque como en el momento no se antoja creemos que pronto habrá más oportunidades para hacer las cosas… cuando esas oportunidades rara vez llegan.  

Con esto no digo que la forcemos,  salgamos todos los días a rumbear y nos olvidemos de nuestras responsabilidades o ignoremos al cuerpo. 

Pero si con algo me quedo de esto es que quiero decir más que sí. A experiencias nuevas, a planes, a personas, a formas nuevas de hacer las cosas, a lo que me haga vibrar, a lo que me dé miedo, a todo lo que tenga la capacidad de hacerme feliz, de expandir mi consciencia, mi visión, mi corazón. Y por ende también creo que aparte de decir que sí hay que ser mucho más egoísta con nuestro tiempo y darle la espalda sin remordimientos a todo lo que nos quite un segundo de paz. Este año ya no nos interesa corregir narrativas, convencer, perseguir, perder el tiempo. 

Porque puede que no vivamos la vida de viaje, pero hoy es un día que igual acaba. 

La vida se acaba. 

Hay cosas que a gran escala no tienen importancia alguna, personas que hicieron lo que hicieron, amores que no se dieron, incongruencias, preguntas a las que nunca obtendremos respuestas, disculpas que nunca recibiremos… al final ¿qué más da? 

Así deberíamos vivir, en cualquier rincón del mundo. 

Nos leemos en la siguiente.