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“Maldito” béisbol
La terca memoria

Politólogo de formación y periodista por vocación. Ha trabajado como reportero y editor en Reforma, Soccermanía, Televisa Deportes, AS México y La Opinión (LA). Fanático de la novela negra, AC/DC y la bicicleta, asesina gerundios y continúa en la búsqueda de la milanesa perfecta. X: @RS_Vargas

“Maldito” béisbol

El jueves pasado se cantó el playball en la temporada 2023 de la Liga Mexicana de Béisbol, un deporte que en mi vida ha sido tan esquivo como un screwball del “Toro” Valenzuela. Dicen que mi familia paterna era muy beisbolera. Mi abuelo Roberto y mi papá iban dos o tres veces por semana al Parque del Seguro Social a ver a los Diablos Rojos del México. Mi viejo me contaba que a mi abuelo no le gustaba que él se le acercara en el parque, era un pasatiempo que prefería disfrutar con sus amigos electricistas. Las “buenas lenguas” relatan que don Roberto Vargas Rubio fue un buen pelotero amateur; las “malas lenguas” dicen que una de sus hijas, Silvia, fue incluso novia de Francisco “Paquín” Estrada, un legendario receptor del México.

Quizá mi falta de apego al “rey de los deportes” se deba a que mi papá nunca nos llevó al parque. En 1980, cuando apareció la Anabe (Asociación Nacional de Beisbolistas), que según las crónicas de la época buscaba mejores condiciones laborales, económicas y de seguridad social para los peloteros profesionales, mi papá se puso del lado de los beisbolistas. Tras la derrota del movimiento años después, nunca volvió a ir a ver un juego.

Lo poco que sé de béisbol se lo debo a dos grandes periodistas y amigos que conocí en la redacción de Reforma: Héctor Linares y Jesús Ortega. El “Rojo”, un pitcher con buen brazo, se cansó de explicarme aspectos técnicos del juego de pelota; a través de la estupenda pluma de Chucho, con aquella que escribió una inolvidable crónica del último juego del Parque del Seguro Social, aprendí que el béisbol es algo más que un simple deporte.

Al viejo parque de Viaducto fui una sola vez, a los 19 años, con mi primo Enrique y salí pedísimo; al Foro Sol llevé a Camila en 2011 para que conociera al equipo de su abuelo. Le compré gorra y banderín oficiales, pizza, palomitas y refresco. En la quinta entrada, mientras yo comía los afamados tacos de cochinita, me pidió que nos fuéramos a casa porque tenía sueño. Recuerdo, sin embargo, visitas al parque de los Sultanes, en Monterrey, y al Hermanos Serdán, en Puebla. En el Foro Sol vi un partido de Grandes Ligas entre Tampa Bay y Pittsburgh, en 2001.

Cuando veo a mis amigos emocionarse por un partido de Serie Mundial o como hace unas semanas en el Clásico Mundial de Béisbol, en el que la novena mexicana terminó en la tercera posición, siempre les digo que quisiera saber más de este deporte para disfrutarlo como ellos. Mi amigo Juan José Sánchez Bracamontes me ha dicho que nunca es tarde para aprender y gozar de un deporte que le apasiona, a pesar de lo que ha sufrido por Cleveland, incluida la desaparición del “Jefe Wahoo” y el apelativo de Indians.

Pese a mi falta de apego a este deporte, tengo buenos recuerdos asociados al béisbol, como la aparición de la “Fernandomanía” en 1981, cuando mi primo Enrique le llamaba a mi viejo para avisarle por cuál canal o estación de radio transmitirían el partido del “Toro” o aquel épico duelo entre Boston y Los Ángeles, el más largo en la historia de la Serie Mundial, el juego tres por el campeonato de la temporada 2018, que comencé a ver en una cantina y terminó mientras jugaba dominó en mi casa con Vladmir Pozo, Martín Caballero y Quique Carrillo: 18 entradas que duraron siete horas y 20 minutos. ¡Vaya hígado que nos cargábamos!

Por cierto, a Carrillo le di como regalo de bodas la única franela que he comprado en mi vida: una de práctica de los Yankees con el número 21 del “Elegante”, Paul O’Neill. Entre las decenas de prendas deportivas que guardo en un clóset, sólo tengo una camiseta de los Bravos de Atlanta, que le regalaron a mi papá a principios de los 90, y una gorra y playera de los Atléticos, que están a punto de dejar Oakland para irse a Las Vegas. Tan traidores como los pinches Raiders.

El “maldito” béisbol

Cuando entré a trabajar a Reforma uno de los coeditores, Miguel Padilla, acuñó el término “maldito béisbol” cuando un juego se iba a extra innings y detenía el cierre de la sección deportiva. “El terror de los editores”, completaba la frase. Un día en la redacción de Televisa Deportes, Gustavo Torrero me escuchó decir la frase. “Gustavito”, como lo llamaba el “Mago” Septién, amenazó, de broma, con echarme a sus seguidores de Twitter si la repetía.

Nunca me he parado en un diamante para jugar al béisbol, pese a los múltiples partidos entre colegas periodistas a los que he sido invitado. Cuando vivíamos en Torres de Mixcoac y mis hermanos y yo ya jugábamos futbol americano en Lobos, mis primos, los González Cerro, Eduardo y Víctor, nos invitaron a jugar a la Liga Maya. Si mal no recuerdo fuimos a una práctica y no volvimos nunca más.

Hay quien dice que el béisbol es una representación, en nueve entradas, de la vida misma. Hay decenas de películas que tienen como protagonistas a peloteros, de las cuales he visto unas cuantas, y también textos inolvidables como aquel que Gay Talese escribió sobre Joe Girardi y su padre. Por respeto, no voy a escribir de béisbol más que estas líneas. Dicen que “chango viejo no aprende maroma nueva” y no sé si alguna vez me aficione a este deporte. Pero por la memoria de mi papá y de mi abuelo, quizá este año vuelva al parque de pelota a ver a sus queridos Diablos.

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