En realidad, no nos gusta la democracia. Nos gusta tener razón. La democracia nos fascina como símbolo, pero nos incomoda como práctica. Aceptamos su ritual, el voto, el debate televisado, la diferencia aparente, pero solo mientras las decisiones, las estructuras y el prestigio social reflejen lo que nos favorece como individuos. Cuando el poder cambia de manos para albergar a grupos históricamente relegados y reprimidos, se activa la alarma del miedo ante la posibilidad de perder las ventajas en la jerarquía social de las que creemos gozar. Así, en nombre del orden, se asoma entre una superficial “preocupación” por la democracia, la tentación autoritaria.
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El orden como fetiche autoritario
Thomas Hobbes, en su libro Leviatán (1651), defendía la necesidad de un poder absoluto para evitar el caos. El ser humano, decía, es naturalmente conflictivo, y solo una autoridad incontestable puede garantizar la “paz”. Esa idea sobrevivió al absolutismo monárquico y renació con fuerza en el siglo XX: Mussolini, Hitler y Franco convirtieron la noción del desorden en enemigo común, vendiendo el orden como salvación. Hoy ese mismo discurso persiste, disfrazado de “sentido común”. Se pide mano dura, respeto a las normas, castigo ejemplar. No se cuestiona la legitimidad ni el origen de dichas normas, ni se piensa en quién las escribe ni para quién funcionan. Se exige obediencia, y se exilia el pensamiento crítico como un mal antipatriótico. Es la obediencia la que es presentada como virtud ciudadana.
El caso de Nayib Bukele en El Salvador, por ejemplo, ha generado un apoyo tan tremendo como preocupante, dentro y fuera del país. Cárceles saturadas, detenciones arbitrarias, y una arquitectura política crecientemente autoritaria son celebradas como símbolos de eficiencia. Se aplaude el “orden” sin preguntarse a qué costo ni sobre qué atropellos se asienta. Lo mismo ocurre, para algunas personas, con Donald Trump y su retórica de ley y orden. Visiones que equiparan la fuerza bruta con justicia, ley con represión, orden con sumisión.
El fetiche del orden opera como dogma: si hay caos, se necesita orden. Pero rara vez se explora por qué hay caos, qué prácticas lo generan, qué desigualdades lo alimentan. Las derechas contemporáneas ha convertido ese relato en una herramienta poderosa: el mundo se está desbordando, dicen, y solo un puño firme podrá ponerlo en su sitio.
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Democracia en lo abstracto, pero no en los hechos
Muchos dicen aceptar la democracia como sistema de gobierno, al tiempo que la consideran indeseable y la rechazan en sus dimensiones cotidianas. Toleramos y hasta aplaudimos los autoritarismos en el mundo corporativo, en ciertas estructuras familiares o en nuestras relaciones de pareja. Añoramos estructuras verticales y excluyentes, normas no negociables.
A nivel social, la democracia se vuelve bandera discursiva pero se teme como práctica. Se celebra la igualdad en lo abstracto, pero incomoda compartir derechos y recursos con quienes consideramos ajenos, personas migrantes, disidencias, trabajadores organizados, mujeres, etc.
La democracia que nos gusta, es la superficial, domesticada, restringida. La que permite que pervivan nuestros autoritarismos.
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La pulsión autoritaria
La pulsión autoritaria no es solo política es emocional, íntima. En muchos imaginarios persiste la nostalgia por el patriarca duro, incuestionado, que “ponía orden” en la familia. El padre o la madre que castigaba sin explicación, que silenciaba al disidente, que encarnaba el poder como miedo y control. Esa figura, ahora mayormente desplazada del hogar, reaparece en líderes políticos, jefes de recursos humanos y burócratas que gozan de ejercer autoridad de manera arbitraria y sin sujeción a ningún escrutinio.
La pulsión autoritaria, es tentación. Vivimos entre instituciones que premian la docilidad, espacios laborales que consideran la expresión de las voces una amenaza, modelos educativos que terminan con la capacidad inquisitiva y organizativa de los estudiantes. Se reproduce así una cultura en la que se premia la inclinación a ceder el juicio individual supuestamente en nombre de la nación, el mercado, la moral, la seguridad. Con nuestras prácticas diarias, fertilizamos el camino para los autoritarismos políticos. Las derechas más radicales ha convertido esa pulsión en oferta política, apelando a una nostalgia por el orden supuestamente perdido, por ese antes donde todo más jerárquico, más obediente, donde no había por qué tolerar la disidencia.
El valor del desorden
Pero el desorden, lejos de ser amenazante, es síntoma de vitalidad. Las sociedades no progresan por su obediencia irreflexiva, sino por los procesos de interrupción de la misma. Desde las huelgas obreras hasta los movimientos feministas y anticoloniales, cada avance en derechos fue precedido por una ruptura del “orden” establecido.
El verdadero desafío democrático es aprender a convivir con lo que nos incomoda, escuchar lo que tensiona nuestras certezas. El peligro no es el caos, sino ese dictador interior que secretamente atesoramos: el que se incomoda ante la diferencia, ante las preguntas; el que se tranquiliza cuando todo “parece en orden”. Ese dictador que habita al interior de muchas personas, el que secretamente saborea el orden injusto que le beneficia, aunque sea momentáneamente.
Ese dictador íntimo, pequeño, temeroso, disfrazado, quiere sentirse superior. Quiere un mundo obediente, previsible, sin fricción. Pero como nos mostró Chaplin en El gran dictador, la figura autoritaria, por más grandilocuente que se presente, es una caricatura trágica. Detrás del gesto severo no hay grandeza, sino miedo. Detrás de la máscara hay inseguridad. El dictador, no encarna firmeza, sino una profunda incapacidad para convivir con la diferencia. Aceptar la incomodidad del des-orden, entendido como protesta, resistencia, movimiento social, formas alternativas de organización, exigencia de igualdad y de reivindicación, debe hacernos entender que no todo gira en torno a nuestro pequeño dictador. Y tal vez, ahí empieza la verdadera convicción democrática.