Hoy hace cuatro años hablamos por última vez
Zona de silencio

Periodista especializado en crimen organizado y seguridad pública. Ganador del Premio Periodismo Judicial y el Premio Género y Justicia. Guionista del documental "Una Jauría Llamada Ernesto" y convencido de que la paz de las calles se consigue pacificando las prisiones.

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Hoy hace cuatro años hablamos por última vez
Hoy, hace cuatro años, quedó en pausa nuestro viaje a la Basílica de Guadalupe, ese que tanto postergaste por miedo a los sismos de la ciudad. Ya haremos ese viaje. No sé cuándo, dónde, ni cómo, pero lo haremos. Mientras llega esa cita, amiga Arge Soto, me place imaginarte, por fin, en paz. Se acabó el dolor. Vuelves a esa calma que nadie, nunca, te debió arrebatar. Foto: Envato Elements

Hoy se cumplen cuatro años de nuestra última conversación. Jamás pensé que no volveríamos a escribirnos. Lo hacíamos cada mes, al menos, para estar al tanto del otro. Como para asegurarnos que nuestra improbable amistad resistía las probabilidades: yo, un reportero treintañero en Ciudad de México y tú, una señora de sesenta y tantos en Monclova, Coahuila, cuyo perfil encontré por casualidad en un rincón de Facebook donde madres con hijos desaparecidos desahogan su dolor escribiendo mensajes al aire.

Te escribí porque una hora antes habías volcado todo tu sufrimiento en una publicación que me estremeció. Tenías ese don: sabías transmitir todo lo que sentías con solo unas palabras. Sin conocerte, me preocupé por ti. Te imaginé transitando por ese dolor tan hondo a solas y quise acompañarte, aunque nada de lo que yo pudiera escribirte calmaría tu corazón. Y así, solos, a 940 kilómetros de distancia, hablamos por primera vez y antes de irnos a dormir nos dijimos “amigo” y “amiga”.

Con el tiempo aprendiste a confiar en mí, un extraño que se aparecía en tu buzón digital cuando te leía desconsolada. Y poco a poco me compartiste a tus más grandes amores y dolores:

Tu amado esposo Adolfo y tu “exquisito” —siempre repetías esa palabra— hijo Josué. Me hablaste de los días luminosos cuando Adolfo te conquistó con su caballerosidad y de cuando adoptaste a Josué para criarlo como tuyo, aunque todos te aconsejaban no hacerlo por su discapacidad intelectual.

También me hablaste de los días oscuros. Esos que comenzaron el 5 de noviembre de 2011, cuando tu “Flaco”, de 20, asistió a una fiesta cerca de casa y volvió corriendo y asustado sin decirles qué le había pasado. Luego, de madrugada, unos hombres armados llegaron hasta tu casa buscándolo. Adolfo se opuso valientemente, pero también se lo llevaron en una camioneta. Tú recibiste un balazo en la pierna y te dejaron en el piso, desconsolada, gritando a dónde se los llevaban.

Aprendiste que esos malnacidos eran Los Zetas, amos y señores de tu ciudad en aquellos años. Que se llevaban gente y la desaparecían por todo y por nada. A veces por tocarles el claxon, en otras por tropezar con ellos. Nunca disimulaste tu odio contra ellos ni tu rabia contra las autoridades que jamás buscaron a tus tesoros. Nunca ocultaste tu tristeza. Te consumiste en el sillón de tu casa, donde te conocí en persona tras años de hablar por Facebook, con una dieta de pan y leche que mermó tu salud.

No me enteré que tenías covid. Maternal como eras conmigo, me lo ocultaste. Sufriste en silencio la fiebre y la apnea como sufrías en silencio en tu trabajo como radióloga. Fue por Kenia, tu hija y tu otro gran amor, que supe que una mañana descansaste de tanto dolor para viajar hacia las nubes y ver si ahí, felices, orgullosos de ti, están tu Adolfo y tu Josué que tanto buscaste sin dejarte acompañar por las colectivas de madres.

Hoy releo nuestro último mensaje: “Ahorita ya lloré, de repente me levanto con ánimos y otras veces la depresión me tumba, pero tal parece que es normal en mí, a mí también me gustaría verte y decirte que eres un gran amigo”.

Hoy, hace cuatro años, quedó en pausa nuestro viaje a la Basílica de Guadalupe, ese que tanto postergaste por miedo a los sismos de la ciudad.

Ya haremos ese viaje. No sé cuándo, dónde, ni cómo, pero lo haremos. Mientras llega esa cita, amiga Arge Soto, me place imaginarte, por fin, en paz. Se acabó el dolor. Vuelves a esa calma que nadie, nunca, te debió arrebatar.

GRITO. Josué Israel Zamarripa Soto y su padre Adolfo Zamarripa fueron privados de la libertad a las 01:00 horas del 5 de septiembre de 2011 en la colonia Tierra y Esperanza en Monclova, Coahuila. Josué mide 1.70, delgado, cabello lacio, cejas pobladas, tez morena y tiene un lunar en el brazo izquierdo en forma de mancha. Aún los buscamos.

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