Finalmente, las fechorías de Donald Trump lo están alcanzando
El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegando a la Sala de conferencias de prensa Brady de la Casa Blanca, en noviembre de 2020. Foto: Mandel Ngan/AFP/Getty Images

Para un partido al que le encanta mantenerse del lado del orden, Donald Trump es un líder curiosamente corrupto. He aquí un partido, uno de los más antiguos, que está reactivando alegremente la vieja máquina del miedo sobre el crimen justo antes de que se lleven a cabo las elecciones para el Congreso en noviembre. Sin embargo, su probable candidato a la presidencia considera que la idea de las leyes y la aplicación de la ley es un concepto totalmente ajeno, destinado literalmente a los foraneos.

No importa que pueda haber infringido múltiples leyes por haberse llevado material clasificado a su residencia privada después de dejar el cargo. No importa que aparentemente tirara papeles por el inodoro presidencial violando las leyes de retención de registros, si no el protocolo de plomería de la mitad del país.

A Trump le indigna más la pandilla obviamente criminal de personas que pretenden atrapar a los criminales, también conocida como el Buró Federal de Investigaciones (FBI). “Un ataque así solo podría ocurrir en países quebrados del tercer mundo”, dijo, ascendiendo a dichos países del estatus de pocilga que les había conferido anteriormente.

“¡Ellos incluso irrumpieron en mi caja fuerte! ¿Cuál es la diferencia entre esto y el Watergate, cuando los agentes irrumpieron en el Comité Nacional Demócrata? En este caso, a la inversa, los demócratas irrumpieron en la casa del 45º presidente de los Estados Unidos”.

Bueno, Sr. presidente, esa es una pregunta muy interesante.

El Watergate fue un acto criminal ordenado por un presidente casi destituido, mientras que Mar-a-Lago es el hogar de un presidente dos veces destituido. Resulta fácil confundir los dos casos, obviamente. El Watergate es el hogar insípido de los ancianos que añoran los años setenta y ochenta. Mar-a-Lago es un gemelo espiritual.

Fuentes cercanas al FBI (normalmente el código secreto de la oficina de prensa del FBI) indican que la redada efectuada el lunes estaba relacionada con la búsqueda de más de esos registros fraudulentos que acompañaron misteriosamente a Trump hasta Florida. De alguna manera, Trump hurtó 15 cajas de materiales solicitados por los Archivos Nacionales.

En manos de cualquier otro presidente, estos registros podrían haber ayudado a escribir esas memorias presidenciales tan importantes. Sin embargo, en las diminutas manos de Donald Trump, es poco probable que hayan servido para escribir un libro. Después de todo, su escritor fantasma, Tony Schwartz, dudó públicamente del hecho de que Trump hubiera leído alguna vez un libro completo en su vida adulta, ni siquiera los que se publicaron con su nombre.

Esto nos lleva a suponer qué tipo de motivo probable tiene el FBI para pedir una orden judicial para abrir la caja fuerte de Trump. Las necesidades apremiantes de los Archivos Nacionales no son, casi con toda seguridad, el fundamento de este ejercicio particular de los poderes de aplicación de la ley.

Evidentemente, nosotros podríamos hacer conjeturas sobre el tipo de papeles que el FBI podría estar buscando. Se ha producido un singular desgarro en el continuo espacio-tiempo relativo a la persona de Donald Trump del 6 de enero del año pasado. Los mensajes del servicio secreto desaparecieron por agujeros de gusano digitales, junto con los registros del Pentágono. Los registros del historial de llamadas presidenciales aparecen misteriosamente en blanco.

Quizás todo el contenido del teléfono de Alex Jones pudo haber impulsado algunas nuevas líneas de investigación. O tal vez fue el hecho de ver el fino perfil de Trump en el despilfarro de golf financiado por Arabia Saudita en su propio club de campo convertido en cementerio.

No nos corresponde cuestionar el motivo o la conducta de los finos muchachos y muchachas que se interponen entre nosotros y los elementos criminales que destruyen nuestra civilización.

Basta con escuchar al propio senador del estado de Trump, el “pequeño” Marco Rubio, quien acaba de entretener al Senado con un entusiasta discurso contra el proyecto de ley sobre el cambio climático que podría impedir que Florida desaparezca en el océano. Entre la conversación sobre su vuelo cancelado y una panadería cubana que le encantaba, Rubio comentó que escuchó a unas cuantas personas comunes quejándose de la inflación, la inmigración y –lo peor de todo– el crimen desenfrenado.

“Les digo que lo que a los millones de personas, registradas para votar, personas que votaron por Biden, personas que votaron por Trump, les digo que lo que les preocupa es el hecho de que las calles y muchas ciudades de este país han sido entregadas a los criminales”, alegó. “Hay fiscales financiados por Soros que se niegan a meter a las personas a la cárcel. No lo harán. Hay categorías completas de delitos que ni siquiera se procesan”.

Bueno, menos mal que el Departamento de Justicia de Estados Unidos no está financiado por el gran fantasma de los antisemitas de todo el mundo. Afortunadamente, por fin reconoció toda la categoría de delitos conocida como los actos corruptos y sediciosos de un expresidente llamado Trump.

Porque, en serio, nos empezaba a preocupar que existiera una especie de burbuja protectora que permitiera todo tipo de cosas en Mar-a-Lago. Algo parecido a las organizaciones deportivas internacionales en Suiza.

Este último giro de acontecimientos deja a los lacayos sectarios de Trump –perdón, líderes republicanos– en un pequeño aprieto. Si se les da a elegir entre seguir el Estado de derecho o los caprichos de un narcisista sociópata que no tiene escrúpulos, la elección es obvia para el partido de la ley y el orden.

A casi todo el conjunto de funcionarios republicanos electos que se encuentran en la capital de la nación, con un minúsculo grupo de notables excepciones, les resulta imposible reunir una sola palabra de condena contra el cabecilla del brutal ataque perpetrado contra los policías que protegieron sus vidas y sus miembros el 6 de enero.

“Estos son tiempos oscuros para nuestra nación, ya que mi hermoso hogar, Mar-a-Lago en Palm Beach, Florida, se encuentra actualmente bajo asedio, allanado y ocupado por un gran grupo de agentes del FBI”, señaló Trump, diferenciando útilmente su propia residencia de un bungalow que tiene el mismo nombre ubicado en Boise, Idaho.

“Nunca antes le había ocurrido nada parecido a un presidente de los Estados Unidos”, añadió, antes de hablar de los correos electrónicos de Hillary Clinton.

¿Quién desea decirle que su presidencia se desvaneció hace casi 18 meses, junto con un Departamento de Justicia que no lo podía procesar, una turba nacionalista blanca que pretendía asesinar a su vicepresidente y un grupo de falsos electores dispuestos a cometer traición?

Trump es una figura única en nuestra trayectoria de presidentes estadounidenses. El peligro evidente y presente consiste en que podría no ser el último.

Richard Wolffe es columnista de The Guardian US.