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Diego Maradona: el superestrella dolorosamente humano que encarnó a Argentina

Diego Maradona: el superestrella dolorosamente humano que encarnó a Argentina

Maradona fue una representación perfecta de la capacidad humana de ser contradictorio y de transmitir lo feo y lo bello a la vez.

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Foto: EFE

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Marcela Mora y Araujo*

“Un hombre de genio es insoportable, a menos que posea dos cosas: gratitud y pureza”: Friedrich Nietzsche, sobre el amor, la perseverancia y el ir más allá del bien contra el mal.

Diego Maradona dijo que cuando llegas a la Luna y regresas, las cosas se ponen difíciles: “Te volvés adicto a la Luna y no siempre es posible volver a bajar”.

Maradona había cumplido 60 años el 30 de octubre y los homenajes que llegaron desde todos los rincones del mundo, desde ediciones especiales hasta recuerdos personales, se sintieron un poco como una celebración de una vida que casi había terminado.

Había hecho una breve aparición en su cumpleaños en el club que dirigía, Gimnasia y Esgrima de La Plata, dando una imagen triste: una figura con sobrepeso que caminaba despacio, con dificultades para hablar que luchaba por caminar sin ayuda y era incapaz de agarrar un regalo. Como si el dominio del balón que una vez tuvo ya no estuviera allí.

“La forma en que lo pasean es casi una exhibición zoológica”, señaló alguien y, como para hacer eco de esa emoción, un contacto cercano pronunció pocas horas después de su muerte: “Mejor así. Fue demasiado doloroso ver su declive”.

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Maradona nació y creció en Villa Fiorito, en las afueras de Buenos Aires. Su habilidad con el balón fue tan evidente desde muy joven que se acostumbró a las cámaras de televisión, las entrevistas y el protagonismo desde muy chico.

Marginado de la selección Argentina en la Copa del Mundo de 1978, después de jugar algunas de las eliminatorias, el joven Maradona a menudo hablaba de esa exclusión como la primera frustración importante que moldearía su vida. Al año siguiente ganó la Copa del Mundo Juvenil y varias generaciones de sus compatriotas crecieron con él, viéndolo jugar. Nadie nos habló de él; él estaba allí. Vimos sus movimientos y sus jugadas desarrollarse ante nuestros ojos.

Es difícil transmitir cómo o por qué compartir tu nacionalidad con un ícono se convierte en algo tan vital. Asimismo, reclamarlo como nuestro por haber nacido en el mismo país es algo que une fuertemente las nociones de identidad, tanto cultural como deportiva. Sin embargo, Maradona se convirtió en un emblema de la argentinidad, más que otras celebridades o estrellas del deporte.

Dotado, sin lugar a duda, y un genio según cualquier definición del concepto, Maradona desarrolló una habilidad casi sobrehumana para hacer con la pelota lo que los grandes artistas hacen con un pincel o los compositores con la música. El escritor argentino Juan Sasturain dijo: “Es un artista, porque donde no hay nada, crea algo”.

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Desde muy joven salía en la televisión mostrando sus habilidades y compartiendo su sueño de ganar una Copa del Mundo, de jugar para Argentina. Algunos clips se han vuelto increíblemente famosos; algunos están archivados entre los muchos carretes de cada momento de su vida consciente que parecen existir. Toda su vida transcurrió a plena vista del público que lo idolatró, una especie de cortesía de los medios de comunicación que, como dijo el miércoles el legendario comentarista Víctor Hugo Morales, vieron en Maradona una máquina de vender.

César Luis Menotti, junto al jugador Diego Armando Maradona durante su primer entrenamiento al F.C. Barcelona en 1983. EFE

Sus fiestas de cumpleaños privadas se retransmitían en directo; sus peleas con sus socios se filmaron en teléfonos y se filtraron. Cuando se demostró que niños nacidos fuera de matrimonio eran suyos, los programas de radio y tv se dedicaron a discutir el tema.

Enfrentó a sus demonios públicamente, hablando abiertamente sobre sus adicciones, su abuso de las sustancias recreativas y los fármacos recetados que lo acompañaban a todas partes. La “medicación de Diego” iba siempre en una mochila que cuidaban sus escoltas en turno y que la cuidaban tanto como al él mismo.

“Tengo 45 años y estoy vivo”, declaró el 30 de octubre de 2005 en un evento al que tuve el privilegio de asistir. Habló desde un escenario en una fiesta exclusiva, un espectáculo salpicado de estrellas del futbol de la época, y celebridades de todo el mundo, entre varios cientos de sus amigos más cercanos. Su declaración fue animada por gritos espontáneos de alegría, con toda la sala cantando como si estuviera celebrando un gol, porque para entonces ya había esquivado la muerte como si estuviera driblando a los oponentes en una cancha.

Los siguientes 15 años lo vieron no solo sobrevivir, sino honrar la vida, como dice la canción. Había estado al borde de la muerte por consumo excesivo de pizza y champaña; soportó una operación de engrapado de estómago; tuvo recaídas psiquiátricas de proporciones épicas, y una y otra vez se alzaba como un fénix para reinventarse, vivir la vida plenamente y seguir deleitándose.

Messi y Maradona juntos en 2010, en una concentración de la selección argentina. EFE/Cézaro De Luca

Ya fuera tener un programa de televisión como ningún, otro o dirigir a la selección Argentina en Sudáfrica 2010 (nuevamente, una tarea de la que nadie creía que fuera capaz, pero a través de la cual se convirtió en el favorito de los medios de comunicación mundiales, con el New York Times publicando una disculpa por no haberlo creído),  Maradona parecía demostrar que, una y otra vez, era capaz de no morir

“Le has ganado a tus sombras, aleluya”, le dedicó en un poema el uruguayo Mario Benedetti cuando parecía a las puertas de la muerte, por lo cual hubo vigilias a la luz de las velas y oraciones masivas en todo el mundo.

Su don como intermediario de emociones, su arte en el más noble y venerado de los juegos, fue su camino para convertirse en un nombre familiar como ningún otro. Las encuestas revelaron en repetidas ocasiones que él era “el hombre más famoso del mundo”, o que su gol contra Inglaterra (el segundo en el mismo partido) en 1986, era “el mejor gol del mundo”.

Es un rasgo muy argentino reclamar ser o tener lo máximo en el mundo; y en este sentido, Maradona fue verdaderamente representativo de su país, pero su atractivo fue universal. Sin lugar a duda, fue reconocido y recibido con gracia dondequiera que fuera.

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A medida que su estatus legendario crecía, su lado humano, tan imperfecto, tan dolorosamente enojado y confrontativo, tan complicado, parecía transformarse en un carácter cada vez más grotesco.

La gente hablaba de una brillantez con sus pies que a él le faltaba en su mente, pero yo lo refutaría. Diego Maradona fue uno de los seres más inteligentes y astutos que ha adornado el juego. Era una encarnación perfecta de la capacidad humana de ser contradictorio, de hacer y transmitir lo feo y lo bello a la vez, el bien y el mal en el mismo trazo. Su celebridad no estaba separada de su yo privado: era dolorosamente humano en todos los sentidos, pero una superestrella en todo momento.

A menudo considerado como una prima donna por llegar tarde al entrenamiento, trabajaba en extremo, muy a su manera. César Luis Menotti siempre dijo que Maradona se quedaba entrenando más tiempo que nadie y practicaba lo que sentía como punto débil una y otra vez hasta que lo dominara.

Es cierto que dormía a horas extrañas y tal vez esperaba que el mundo siguiera su ritmo. Quizás finalmente podamos decir que ya descansa en paz. Silencio: Diego está durmiendo.

*La autora del texto es especialista en el futbol de Argentina y de América del Sur.

Traducido por Andrés González

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The Guardian
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