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Confinado

Alan Ulises Niniz

Ha sido un año pandémico sumamente complicado. Aquí hay un recorrido emocional de todos esos procesos.

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Foto: Pixabay.

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Estamos prácticamente a dos pasos de que el cubrebocas sea el único agregado a la normalidad que tanto hemos añorado. Uno temporal, además. Ha sido un año sumamente complicado. En mi caso, he pasado de la euforia, al saber al inicio del confinamiento que trabajaría desde casa, a la mezcla de estados de ánimo por las mismas razones. Vivir solo y de pronto encontrarse sumergido en una rutina que, durante los primeros meses, solo me permitió pasar de la cama a la computadora y de la computadora a la cama.

Fue una época de mucha culpa, porque la única vía que tuve de socialización fue a través de una, otra y otra copa durante los fines de semana. Estar casi ausente para sobrellevar esa misma rutina durante la siguiente semana. Ya no tener esos dos encuentros por mes con mis papás; extrañarlos mucho, pero saber que justo no verlos era la mejor manera de protegerlos.

Pensar en los amigos con los que salía y que, a pesar de vivir a un par de colonias de aquí, no había posibilidad para reunirnos, pensar también en esas amistades que pasaron de ser planes en la agenda a un recuerdo en el álbum de fotos, e incluso arrepentirme por esos tantos ‘no’ que respondí al recibir una invitación. Desear recibir una y, ahora sí, aceptar. La pandemia redujo por completo mi espectro. Fueron días de mucho llanto y de no tener con quién hablarlo, porque la culpa siempre dice que el nuestro es caso único y, por lo mismo, no debemos evidenciarlo.

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Al pasar los meses, al agotarse la nueva rutina, me obligué al reacomodo. Menos ausencia autoinfligida, más actividad dentro de casa, a la que por fin le dedique tiempo y lo que no gasté al estar confiando. Seguir preso de la computadora, pero ahora sí intentar límites, romperlos. Una, dos, tres copas, sí, pero ahora ya sin culpas. Total, todo el planeta estaba en un momento inédito. Nadie sabía qué hacer y yo lo llevé lo mejor que pude. Me agarré de lo que en ese momento me permitió ser funcional y no perder la cordura. Estrés, mucho estrés. Tristeza y enojo. Ira, mucha ira. Llenarme de trabajo, pero recuperar hábitos. Reconciliarme con viejos afectos. Afianzar otros. Reconocer más cariño del que creía en unos lados y menos en otros. Cambios, tantos.

Hace un par de meses regresé a la oficina de manera cotidiana. Qué falta me hacía y qué necesario estar en el hábitat natural de mi trabajo. Ayer también, la jefa de gobierno informó que la Ciudad de México pasa a semáforo verde a partir de este lunes. Nos indica que la vida que tanto extrañamos está a la vuelta de la esquina. Aunque es claro que para muchos, alevosamente, regresó desde hace tiempo o incluso nunca se fue, en ese acto nada solidario con quienes no podían detenerse.

Llegué invicto. No he adquirido el virus que causa Covid-19. Después de todo, a pesar de sentir que toqué fondo, logré el cometido de no enfermarme. Al menos, por ahora. Me entero también que la próxima semana ya podré vacunarme. Pienso que este año, que en un inicio fue terrible, hoy me hace sentir sumamente afortunado.

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Aún así, no es momento de creer que nada pasará respecto a la pandemia. Menos de olvidar lo aprendido en estos meses de los que espero hablemos por mucho tiempo, hasta que entendamos bien el porqué llegamos aquí. No bajar la guardia es una buena señal de que buscamos esa respuesta.

*Alan Ulises Niniz es jefe de información de Imagen Noticias con Yuriria Sierra en Imagen Televisión. Ha colaborado en Nexos, Proyecto 40 y Dónde Ir.

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