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The Guardian

Jeff Bezos piensa que nuestra herencia cultural es solo ‘propiedad intelectual’

Nicholas Russell

La compra de MGM por parte de Amazon es un recordatorio de que las peliculas y los programas son materias primas que se pueden comerciar y acopiar.

La utilidad, el poder y el valor social del arte nunca se pueden cuantificar y nunca se deberían cuantificar ". Foto: Dado Ruvić / Reuters

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Amazon adquirió el venerable estudio cinematográfico MGM por 8,450 millones de dólares (mdd), la segunda mayor compra de la empresa luego de Whole Foods, por la que pagó 13,400 mdd en 2017. El día previo, el fiscal federal en Washington DC demandó a Amazon por preocupaciones antimonopolio en el mercado minorista, con lo cual se suma a las fiscalías de California, Nueva York, Massachusetts, Pensilvania y el estado de Washington, que han presentado preocupaciones similares. El director general, Jeff Bezos, quien se retirará del puesto en julio, dijo: “MGM tiene un enorme y profundo catálogo de propiedad intelectual (PI) muy adorada. Podemos re imaginar y desarrollar esa PI para el siglo XXI“.

Es escalofriante pero no sorprende que Bezos, un hombre que gana casi 3,000 dólares por segundo o un par de millones cada 15 minutos; quien, dado que el Sol está a casi 5,000 millones de kilómetros de Plutón, podría viajar de ida y vuelta más de 25 veces y recibir un pago de 1 dólar por cada kilómetro y medio, ve un tesoro de la historia cinematográfica como PI para explotar en lugar de una importante y cada vez más vulnerable faceta de la cultura. Realmente, es una característica frívola y, en este punto, casi estereotipada de escribir sobre Bezos para tratar de darle un sentido práctico a su riqueza. Más difícil es tratar de racionalizar cómo esa riqueza ha distorsionado su comprensión del arte y su papel en la sociedad.

Hasta ahora, la compra de MGM se ha escrito principalmente en el contexto del destino de las producciones más notables del estudio: Lo que el viento se llevó, El mago de Oz y la franquicia de James Bond, entre otras. Esta semana, Variety publicó un artículo que se dividió en secciones relacionadas con varias películas y programas de televisión y lo que podría suceder con ellos. ¿Algunos quedarán bajo la marca de Amazon Prime? ¿Los demás pertenecen a propietarios distintos debido a sus contratos previos? Tal especulación sobre la propiedad de varias películas y programas reduce todo a números y títulos, enfatizando el hecho de que estas propiedades son de hecho productos. No todo lo que posee MGM es tan culturalmente significativo como para justificar aferrarse a preservarlas. Ese no es el punto. Cualquiera que esté preocupado por cómo este acuerdo es un reto para las leyes antimonopolio en lo que respecta al tamaño y el potencial de monopolio de Amazon se sentirá decepcionado dada la pequeña parte del mercado cinematográfico que ocupa MGM. Pero pensar así también es engañoso.

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La “guerra del streaming”, como concepto, domina la percepción del público de cómo la industria del entretenimiento aborda la producción de sus películas y programas: productos básicos para comerciar y acumular para capturar suscripciones. Bloomberg enmarca el acuerdo de MGM en términos de horas. “Los estudios de Amazon producen unos cientos de horas de programas de televisión y películas al año. MGM agrega un catálogo existente de 25,000 horas que Amazon podría dividir entre su oferta de Prime Video o su plataforma gratuita con comerciales IMDB TV”. Cada estudio importante ha desarrollado o está desarrollando su propia plataforma, lo que supuestamente ha presionado a Amazon para que amplíe sus opciones de transmisión. El resultado es una selección de suscripciones vertiginosa y frustrante para cualquier audiencia potencial que desee acceder fácilmente a cualquier cantidad de películas.

Lo que se pierde en las conversaciones micro y macro sobre el streaming es por qué en la preservación y celebración del cine, así como cualquier otra forma de arte amenazada, no solo importa, sino que además su nueva vida en línea es tan tenue. A medida que más y más empresas esconden su “contenido” tras las fluctuantes tarifas mensuales, la propiedad colectiva del cine se deteriora. Los medios físicos como DVD y CD, artefactos integrales en lo que respecta a las formas idiosincrásicas y duraderas en que las películas se transmiten y se vuelven preciosas, se eliminan rápidamente.

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En cambio, el público debe conformarse con una reproducción de calidad de imagen inferior, píxeles muertos y botones de pantalla que distraen. La experiencia teatral, aparentemente siempre al borde de la destrucción, ha sido superada por trucos llamativos diseñados para que la gente llegue y se quede. Incluso no se puede confiar en que los propios estudios cinematográficos comprendan qué es lo mejor para sus archivos. Kevin Ulrich, director de Anchorage Capital Group, el principal accionista de MGM, dijo sobre el acuerdo con Amazon: “Estoy muy orgulloso de que el León de MGM, que ha evocado durante mucho tiempo la Edad de Oro de Hollywood, continuará su historia y la idea nacida de la creación de United Artists sigue viva de la forma en que los fundadores la pretendían originalmente, impulsada por el talento y su visión”.

En este agujero negro de capital y devaluación, la curaduría es una de las pocas vías que quedan para ayudar a proteger al cine contra el cinismo y el hambre cada vez mayor de las megaempresas en constante crecimiento. Teatros boutique, plataformas independientes como Criterion y Mubi, iniciativas de preservación y la diatriba apasionada de quienes se preocupan por el futuro del cine: estas medidas actuales parecen insignificantes en comparación, pero están lejos de ser insignificantes.

En un ensayo para Harper’s, Martin Scorsese, un cineasta cuyo legado y contribuciones a la forma de arte parecen exasperantemente difíciles de proteger y replicar en el panorama actual, escribió: “Aquellos de nosotros que conocemos el cine y su historia tenemos que compartir nuestro amor y nuestro conocimiento con la mayor cantidad de gente posible. Y tenemos que dejar muy claro a los propietarios legales actuales de estas películas que representan mucho, mucho más, que una mera propiedad para que la exploten y luego la enlaten”.

La utilidad, el poder y el valor social del arte nunca pueden cuantificarse y nunca deberían de hacerlo. Estos “tesoros de nuestra cultura”, como los llama acertadamente Scorsese, deberían proliferar e inspirar. Para hacerlo, se les debe permitir existir libremente, con el conocimiento tácito de que se encuentran entre las pocas cosas verdaderamente universales que hacen que la vida en un planeta agonizante valga la pena.

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