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Ciudadano Político

Berlín azteca

Max Kaiser

La Ciudad de México está dividida en dos, pero no hay un muro ni una guerra fría que provoca la división.

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delitos electorales
La jornada electoral. Foto: Angélica Escobar/La-Lista

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Ahora, lo que debía coexistir en armonía, crecerá en armonía

Willy Brandt (Alcalde de Berlín en 1959)

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Lo primero que me vino a la mente el lunes 7 de junio por la mañana al ver el mapa electoral de la Ciudad de México fue: “Berlín, es idéntica a Berlín”. Hasta los colores que se utilizaban para colorear los mapas que explicaban la división eran los mismos: el rojo oscuro para identificar al “Este” y el azul para identificar al “Oeste”. Por décadas, la palabra “Berlín” evocaba división, separación y, sobre todo, el famoso muro.

Colorido y ridiculizado de un lado, y lleno de alambres de púas, minas terrestres y perros guardianes del otro. De un lado, una ciudad vibrante, llena de vida y libertades encapsuladas (el muro en realidad rodeaba el lado oeste, porque Berlín se ubicaba en Alemania del Este). Del otro lado la represión, la persecución y el adoctrinamiento de un Estado que tenía que disparar a sus ciudadanos cuando pretendían escapar del “paraíso socialista”. Berlín era el ejemplo más gráfico y vergonzoso de la Guerra Fría. Familias divididas por un muro impuesto por políticos soberbios que pretendían conocer mejor que los ciudadanos cuál era la mejor forma de vivir, y tenían la osadía de imponerlo por la fuerza violenta del Estado. 

La Ciudad de México está dividida en dos, pero no hay un muro ni una guerra fría que provoca la división. La fractura se ha ido construyendo por décadas. Dos tipos de chilangos convivimos todos los días en esta ciudad, la mayoría de las veces, sin vernos a los ojos.

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Por un lado, el chilango que vive de su trabajo o trabajos (varios) diarios, que se mueve en transporte público, en el que pasa horas cada día, porque vive lejos de donde trabaja. Su casa le ha costado sangre, a veces, literalmente. Se trata de zonas inseguras, mal urbanizadas, que carecen de derechos de propiedad jurídicamente sólidos, que impiden utilizarlas para generar un mejor patrimonio. “Vivir al día” no es solo una expresión coloquial para este chilango, sino la terrible realidad que sienten en lo más profundo cuando son asaltados en el transporte público, y pierden el sustento del día. Sus hijos acuden a la escuela pública y la familia se “cura” (es un decir) de males sencillos y complejos en los sanatorios y hospitales públicos, saturados de pacientes y carentes de personal y medicinas.

Por el otro lado estamos los chilangos que vivimos en un departamento o colonia cerrada, resguardada por seguridad privada, a la que entramos y salimos con uno de los varios automóviles que duermen seguros frente a la puerta. Ese automóvil nos lleva y nos trae con seguridad del trabajo, la escuela privada de los hijos o el doctor privado que nos atiende apenas sentimos algún dolor. Pero también nos aleja física y socialmente de los otros chilangos que se mueven lejos de nosotros. Vivimos en la misma ciudad, pero nuestra realidad es completamente diferente. Nuestras vidas parecen tan diferentes como las de los berlineses de la guerra fría, por distintos motivos, pero igual de lejanas.

No hay un muro que nos separa, pero si hay una terrible ceguera crónica de quienes vivimos la segunda realidad. El muro lo tenemos en los ojos y en el corazón, desde hace décadas, y no hemos querido derribarlo. Un grupo político llegó al poder en 1997, y desde entonces no lo ha soltado. Han cambiado de nombres y “membretes” políticos, pero son los mismos. Llegaron al poder porque reconocieron esa realidad y la expusieron. Y, así, el primer grupo de chilangos se sintió visto, considerado, parte de un proyecto político, incluidos. Y desde entonces los sostienen con votos en el poder, una elección tras otra, hasta este domingo.

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El gobierno de Morena de la ciudad perdió 9 de 16 alcaldías, con votaciones aplastantes en algunas. Pero lo más dramático es la ubicación de las alcaldías de uno y otro bando: al oeste de la ciudad, las que pertenecen ahora a la oposición, y al este, las que se quedan con Morena. Por supuesto que no haré un símil barato con el Berlín de la Guerra Fría y la composición ideológica, social o económica de los dos cuadrantes. No tengo datos duros ni estadísticas para saber si la división chilanga de la que hablo corresponde a la nueva división política. Pero la imagen es brutal, y, también, provocada desde el poder.

Por años, López Obrador y su protegida, la jefa del gobierno de la ciudad, han explotado políticamente las diferencias reales, con fines exclusivamente políticos, y muy pocos resultados reales en la vida de los chilangos menos favorecidos. Los han convertido en clientes y redes electorales, con muy pocos beneficios. Sus vidas no han mejorado prácticamente nada.

El 6 de junio, la chilanguiza se expresó con votos y partió la ciudad en dos cuadrantes, por lo menos desde el plano político. Más nos vale a todos ver el mapa como una brutal llamada de atención, y una oportunidad para tumbar los muros que nos separan. Si esta ciudad tiene aún alguna esperanza es en la solidaridad y en la colaboración, y nunca en la promoción de la división.

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