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El G7 ayudó a construir este mundo de bajos impuestos. ¿Están listos para cambiarlo?

Mark Blyth

El ministro de finanzas finalmente parece estar dispuesto a atacar las evasiones. Pero los ricos se escurren por las rendijas

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Ilustración: Eleanor Shakespeare

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En la década de los 80 en Nueva York había una hotelera con el nombre de Leona Hemsley. Lo que la hizo famosa fue su juicio de 1989 por evasión fiscal en el que su ama de llaves testificó que alguna vez había dicho su frase inmortal: “Nosotros no pagamos impuestos, sólo la gente pequeña paga impuestos”. Esto nos puede parecer claramente muy normal estos días, pero no era así entonces. Hemsley fue condenada a 16 años en la cárcel. Pasó allí sólo 18 meses. El punto es que cumplió condena por no pagar impuestos.

El último intento para castigar a la gente que no paga su parte justa de impuestos, que presentaron los secretarios de finanzas del G7 esta semana, sugiere un regreso a los tiempos en los que esperábamos que la gente pagara impuestos. Pero no todo es como parece.

En los años posteriores al juicio de Hemsley, los gobiernos de todo el mundo permitieron activamente la evasión fiscal por parte de individuos y corporaciones, que es ilegal, aumentando ampliamente el rango para evitar impuestos, lo cual es legal. Me di cuenta de eso por primera vez en 2010, cuando pagué más impuestos que General Electric. Este año, pagué más por impuestos sobre ingresos que una subsidiaria entera de Microsoft por su impuesto corporativo.

Te recomendamos: La evasión fiscal de los estadounidenses más ricos: los detalles que más molestan de un reciente reporte

Bueno, no sólo son las corporaciones. A principios de semana, el sitio de investigación de Estados Unidos sin fines de lucro, ProPublica nos mostró que es la clase multimillonaria la que paga menos que todos. Mi índice de impuestos efectivo en EU, que es donde vivo, es siete veces más que el de Elon Musk y 240 veces más que el del inversionista Warren Buffett. Jeff Bezos reportó un ingreso tan bajo que calificó, y reclamó, un crédito de impuestos para niños en 2011.

A principios de los 90, los gobiernos empezaron a aceptar el argumento del capital móvil, impuestos y estados de beneficencia: en un mundo de capital global, los inversionistas buscarán los mejores dividendos que puedan en todo el mundo. Si esos dividendos se ven reducidos por “distorsiones” como los impuestos, la inversión se va países que cobren menos impuestos. En consecuencia, esos estados de beneficencia caros y expansivos que los economistas neoliberales siempre habían tenido como blanco, tuvieron que irse. Financiarlos por medio de los impuestos a los ricos y a las corporaciones reduciría su inversión y el empleo, y así iba la historia.

Los gobiernos de la OCDE usaron este argumento para recortar impuestos en individuos y corporaciones. El impuesto corporativo de Reino Unido se redujo de 34% a 19% durante el mismo período. Pero más que esas reducciones que llevan a la explosión de impuestos en ambos países, los niveles de inversión cayeron, y los ahorros por impuestos que se hicieron se tomaron como ganancias y se llevaron a los mercados de valores. En Reino Unido, la inversión bruta del capital fijo del PIB en 1990 cayó de 23.5% a 17% en 2019. En EU, cayó de 23.5% a 19%.

Aunque no pudieron promover la inversión, lo que detonaron esos cambios fue una competencia de impuestos ruin entre estados. Los países “optimizaron” sus regímenes de impuestos al punto en que se convirtieron en modelos de negocios para el estado. Irlanda, con un índice de 12.5%, Latvia, como conducto de la fuga de capital ruso, y Reino Unido, con sus paraísos fiscales y mercados de propiedad opacos, son apenas los modelos más obvios. En el otro lado del Atlántico, uno podría poner a Panamá y a Belice como paraísos fiscales y los estados de Delaware y Nevada para las empresas fantasma.

Pero no sólo fueron las corporaciones: los gobiernos hicieron lo mismo por los individuos. Recientemente, Rand Corporation examinó cómo los ingresos en Estados Unidos se verían si el país no hubiera pasado décadas cambiando impuestos y reglamentaciones para beneficiar a los ricos. Los ingresos medios en 2018 fueron de 50 mil dólares. “Podían” haber sido de 92 mil dólares. Al cambiar impuestos y reglamentaciones para beneficiar a los más ricos le costó al trabajador promedio de Estados Unidos un promedio de 42 mil dólares al año para 2018.

La distorsión de impuestos sólo es un lado de la historia. Como explica ProPublica, la razón por la que “sólo los pequeños pagan impuestos” es porque no pueden evitarlos. Los ricos pueden porque los ingresos sobre salarios pagan impuestos mientras que los ingresos por préstamos no lo hacen. En consecuencia, si eres extremadamente rico puedes ofrecer tus inversiones, acciones, participaciones, casas, arte, como colaterales a los préstamos y vivir de ellos, gratis. Entonces puedes tomar tu dinero que no paga impuestos de estos préstamos y usarlo para comprar más acciones, para obtener más préstamos, y dejar los préstamos para después de la muerte con un fideicomiso de protección de impuestos, con lo que se evita pagar impuestos hasta la tumba.

Por si te lo perdiste: Pro-Publica: Los estadounidenses más ricos pagaron pocos impuestos mientras su fortuna creció explosivamente

Para las corporaciones, el botín de impuestos es más jugoso. Esconder a los dueños y sus domicilios en los paraísos fiscales es muy fácil. Es ilegal pero hay crímenes que no se persiguen casi nunca como estructurar transacciones para mantener un valor mínimo y el lavado de dinero del mercado de propiedades, como hacer que una compañía fantasma compre un edificio para esconder ingresos, se encuentran dentro de las estrategias legítimas, como la transferencia de precios dentro de las firmas, en donde diferentes partes de una firma venden unas a otras ingresos para que los cuarteles de los impuestos puedan reportar pérdidas, inversiones que permite el gobierno, en donde una firma cambia su nacionalidad para reducir sus impuestos, y “sandwiches” de impuestos, en donde las firmas pueden mover sus ganancias en el extranjero por medio de países que no están escondiendo impuestos. Colectivamente, esto le cuesta a los países entre 500 mil y 600 mil millones de dólares al año en pérdidas de ingresos.

Ante esta situación, da esperanzas que Estados Unidos regrese a la mesa con la OCDE para combatir la “erosión de base”, que el G7 esté de acuerdo en un 15% mínimo global  de impuestos a las corporaciones, y que la administración Biden utilice las filtraciones de ProPublica para el caso del pago de impuestos individuales más altos en los super ricos. ¿Pero deberíamos creerlo?

Los acuerdos en la mesa se ven bien si no se examinan de cerca. Ese índice de 15% se aplica sólo a compañías que tienen márgenes de ganancias de más de 10%. ¿Qué tan fácil es para una compañía enmascarar sus márgenes? Muy fácil. Es más, las palabras son gratis. Recordemos la promesa de David Cameron de 2010 de que aumentaría los impuestos a los bancos para pagar por el rescate de la crisis financiera. Eso nunca sucedió. Esta vez, justo después de firmar el acuerdo de G7, el canciller, Rishi Sunat, solicitó excepciones para la Ciudad de Londres de los impuestos del G7 que acababa de firmar. Por su parte, Biden tal vez nunca pueda hacer que el acuerdo del G7 lo apruebe el Congreso, y la Unión Europea seguramente respaldará la “probidad fiscal”  buscando recortes y no aumento de impuestos. 

Los estudios demuestran  la falta de confianza en los gobiernos de todos lados y un sentimiento creciente de que la economía es un juego trucado. Hay justificación para ambas. Los gobiernos nos llevaron a esta madriguera de conejo de los impuestos bajos y ahora prometen sacarnos. Dependiendo de quien financia sus partidos y sus campañas, aguantaré la respiración mientras espero que una nueva Hemsley aparezca por algún lado.

Mark Blyth es un economista político de la Universidad de Brown. Es autor, junto con Eric Lonergan, de Angrynomics.

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