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Enernauta

En busca de América Latina

Aldo Flores Quiroga

Una noble dotación de recursos naturales ha permitido a América Latina descansar más que otras regiones en el uso de energías limpias para su consumo energético. Esto no llama mucho la atención, pero quizá debería y podría formar parte del poder suave.

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Foto: Talal Hakim / Pexels

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Busqué en vano. Quise encontrar una seña, un guiño, una contribución de América Latina y el Caribe en la narrativa de la presentación de la muy consultada Reseña Estadística de la Energía Mundial (Statistical Review of World Energy) de la empresa BP, publicada este mes y anualmente desde hace 70 años. La tarea fue infructuosa. La región simplemente no marca tendencia en los acontecimientos energéticos mundiales recientes.

En su discurso para acompañar el lanzamiento de esta nueva edición del compendio, Spencer Dale, economista en jefe de BP, revisa la evolución del consumo, producción y emisiones de la energía durante 2020, el fatídico año de la pandemia en que prácticamente todos los indicadores energéticos se fueron a pique. Se refiere a la OPEP, la AIE, el FMI, el Banco Mundial, la ONU, Asia, Estados Unidos, Europa, Rusia, Suecia, China, África Sub-Sahariana, las negociaciones de cambio climático que tendrán lugar en Escocia en noviembre de este año. No hay una mención de lo ocurrido desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego. 

Al indagar en la página de internet más allá de ese mensaje, aparecen perspectivas sintéticas sobre la evolución de las fuentes de energía y lo acontecido en la Unión Europea, Alemania, la India, Indonesia, Rusia, China, Medio Oriente, Reino Unido, Estados Unidos. Para saber qué pasó en concreto en cada región es preciso descargar del mismo sitio la hoja de cálculo de Excel y empezar a manipular los datos. 

Es posible que lo acontecido en América Latina se tome por sentado porque no es el motor de crecimiento de la demanda o las emisiones de carbono como sí lo es Asia, ni ha sido la principal fuente de nueva oferta petrolera o energías renovables, título que ostentan Estados Unidos y China respectivamente. Tampoco destaca como una de las regiones más agresivas en la instrumentación de políticas para combatir el cambio climático –Europa lleva la delantera– o en el desarrollo de tecnologías de última generación para generar electricidad con energías limpias.

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Las noticias energéticas sobre América Latina que llaman la atención de la prensa y los analistas de los asuntos energéticos internacionales tienen que ver con el mercado petrolero: el vertiginoso aumento de la producción en Brasil, el asombroso colapso de la producción venezolana, el desarrollo de recursos no convencionales en Argentina, las promisorias expectativas para Guyana, las ya no tan entusiastas menciones sobre el potencial mexicano.

Merecería destacarse más que América Latina es la región donde las energías renovables tienen la mayor participación en su consumo energético total. Es cierto que no invierte montos tan grandes como Europa o Asia en expandir su capacidad de generación eólica y fotovoltaica, pero las cifras de BP revelan que cerca del 35% de la energía que consume proviene de la hidroelectricidad (20%) y las renovables (15%). Europa no llega al 20% con ambas; Estados Unidos y Asia alcanzan aproximadamente 12%.

Y si nos concentramos únicamente en la mezcla de fuentes energéticas para generar electricidad –si dejamos de lado otros usos, como el transporte o la industria, que sí se incluyen en la comparación del párrafo anterior–, el contraste es todavía mayor. El 65% de la electricidad que América Latina generó en 2020 corresponde a las hidroeléctricas (50%) y las renovables (15%). Ninguna otra región se acerca a esta cifra, aunque Europa figura con un porcentaje superior de renovables (23%), seguidas por la hidroeléctrica (17%).

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Por supuesto, estas cifras agregadas para la región esconden sutilezas que responden a la realidad de cada país. Gran parte del comportamiento de la matriz de generación latinoamericana en 2020 se debe a Brasil, el gigante amazónico, que generó 63% con hidroeléctricas y 20% con renovables. México, con menor disponibilidad de agua, generó 8.5% con hidroeléctricas, 13% con renovables y casi el 60% con gas natural. Como Brasil generó dos veces lo que México y los dos en conjunto representaron el 60% de la electricidad regional, es de esperar que las estadísticas reflejen más lo que a ellos les ocurre.

Con todo, el patrón es más general. La mitad de la generación eléctrica del resto de América Latina –sin Brasil ni México– descansó en hidroeléctricas (40%) y renovables (10%).

Una noble dotación de recursos naturales ha permitido a América Latina descansar más que otras regiones en el uso de energías limpias para su consumo energético. Esto no llama mucho la atención, pero quizá debería y podría formar parte del poder suave (la capacidad de influir sin las armas) para proyectar una imagen más dinámica la región, por lo menos si aspira a colocarse en el imaginario mundial sobre el futuro de la energía limpia.

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