Nada que celebrar
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

Nada que celebrar
La actriz Arcelia Ramírez y la película 'La civil' fueron ovacionadas en el Festival de Cannes. Foto: Valery Hache / AFP

Casi siempre, el cine se adelanta a su realidad. Los teóricos del Séptimo Arte señalan que, por ejemplo, el Expresionismo alemán, con sus paisajes oníricos y personajes megalómanos y criminales, eran una preconcepción del horror nazi.

En México algo extraño pasa con el cine de narcos. La temática es casi tan vieja como el cine industrial en el país; uno de los primeros éxitos del tema, El Puño de Hierro, de 1927, se estrenó apenas dos años después de entrar en vigor la prohibición de drogas como el opio o la marihuana, instituida por Plutarco Elías Calles en 1925.

Recientemente, dos producciones ambientadas en México recibieron ovaciones en el Festival de Cannes: La Civil, de la rumanobelga Teodora Ana Mihai, y Noche de Fuego, de la salvadoreña Tatiana Huezo.

Ambas, como suele suceder en estos casos, se llevaron reconocimientos hechos exprofeso: el Premio a la Valentía, que nunca antes se había entregado y que algunos medios, como Le Monde, consideran un favor especial a los productores de La Civil, Cristi Mungiu y los hermanos Dardenne; y una mención especial en el caso de Noche de Fuego, producida por un consentido del festival, Michel Franco.

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Ni tardos ni perezosos, los medios nacionales celebraron estos premios como si se tratara, ya no del galardón Un Certain Regard, al que optaban, sino de la mismísima Palma de Oro. Las palmas, irónicamente, apartaron la mirada del tema central: la violencia del narco y lo que ha hecho en la sociedad en ciertas partes del país.

Como lo apuntaba antes, el cine del narco no es un fenómeno nuevo, de hecho, las expresiones que romantizan lo criminal tienen amplia raigambre en la cultura nacional. Los corridos, por ejemplo, no sólo narran las hazañas de héroes revolucionarios, también son dedicados a bandidos confesos, exaltando su bondad y obviando sus crímenes.

El hijo natural del narcocorrido, que tuvo su explosión en la década de los 70 con grupos como Los Tigres del Norte o Los Cadetes de Linares, es el narcocine. De acuerdo con la investigadora Yolanda Mercader, este subgénero no reconocido académicamente nació en 1976 con la cinta Contrabando y Traición, inspirada en Camelia la Texana, canción de Los Tigres del Norte.

Aunque antes existieron cintas que abordaron la temática –Marihuana el Monstruo Verde, de 1936, hablaba sobre un traficante que empleaba aviones para distribuir la droga, técnica que décadas después emplearía el narco real Amado Carrillo–, fue a partir del éxito en taquilla de Contrabando y Traición que la incipiente industria fílmica nacional, aún enfocada en el cine de ficheras, decidió ver hacia este campo.

Según la experta, existen tres fases en este subgénero: de 1976 hasta 1983, el abordaje del narco es tangencial; del 84 al 94, el narcotraficante y su historia de ascenso es la protagonista, mientras que del 95 a la fecha el peso de las historias recae en el poder del cartel, en loas abiertas y sin tapujos.

El narco del cine se distingue del real por esa especie de ensoñación que ha envenenado la imagen popular del criminal: muchas veces es bien parecido, luce todo el lujo posible en su vestimenta, tiene los mejores autos, decide quién vive y quién muere, y está rodeado por mujeres trofeo. Esta lógica aplica lo mismo para cintas como Perro Callejero, de 1979, que para la popular serie Narcos, aún en el catálogo de Netflix.

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Hacia 1995, los cines, todavía bajo control estatal, dejaron de proyectar las narcocintas. Pero los formatos caseros le dieron un escape a un tipo de narrativa que se enquistó en los sueños de las clases populares y de aquellas personas que creyeron ese mito moderno del narco todopoderoso y millonario. De acuerdo con cifras propias de la industria del videohome, solo las películas pornográficas recaudan más dinero que las de esta temática.

Tras pasar algunos años en las sombras, a alguien se le ocurrió sofisticar la narrativa del narco para poder proyectarla en festivales de cine y, luego, en la pantalla grande. Algunos de los ejemplos más claros son cintas como Heli, de Amat Escalante, o El Infierno, de Luis Estrada –quien, por cierto, hizo la narcocinta Camino Largo a Tijuana en 1988–, las cuales recibieron apoyo federal para su realización… con una intención cuando menos confusa.

“He querido mostrar esta violencia tal como es y filmarla de forma inédita para atraer la atención del público”, señaló Escalante en su momento sobre Heli, aplaudida por la crudeza con la que retrata la violencia del narco, pero también criticada por hacer un abordaje sensacionalista del mismo.

“El estridentismo del cine mexicano que aborda el narcotráfico y sus consecuencias se construye a partir de una interpretación muy alejada (y a la vez muy cercana) de los hechos que quieren poner en perspectiva. Se vuelve víctima de la normalización de la violencia auspiciada por el bombardeo informativo de las redes sociales”, argumenta el analista Gustavo Ambrosio. Pero siempre puede ser peor.

Buscando a la mujer

“En 2005, conocí a Miriam Rodríguez, cuya historia se dio a conocer dos años después de su trágica muerte. En ese momento, pensé que sería más interesante darle a la película el punto de vista de una madre”, apuntó Teodora Ana Mihai, directora de la cinta La Civil, en una entrevista concedida al sitio oficial del Festival de Cannes.

Aunque se trata de una historia que trata de resaltar el carácter valiente de su protagonista, en realidad cae en los tópicos habituales del cine narco: la mujer es sufriente, la receptora de la violencia; el hombre es poderoso porque es quien puede decidir quién vive o muere, es el antagonista en el caso de los pandilleros o el antihéroe en la piel de ese militar sin el que la búsqueda de la heroína sería imposible.

El cine de narcotráfico reproduce las relaciones de poder. En general, la interacción entre hombres y mujeres sigue siendo la misma: los hombres detentan el poder y logran oprimir a la mujer relegándola a  ser  un  personaje  subordinado. Aunque la mujer es la protagonista, paradójicamente está ausente en un relato en el que domina la mirada masculina”, reflexiona Yolanda Mercader en su texto Vista de imágenes femeninas en el cine mexicano de narcotráfico.

“La violencia en México y la forma en que la vida de muchos ha quedado trastocada de modo irreversible es el otro tema del que no puedo apartarme y que también es parte de la génesis de esta película”, argumentó Tatiana Huezo, en entrevista con el mismo sitio.

Las buenas intenciones quedan en eso, pero no es su culpa: la sobreexposición que tenemos a las imágenes de la violencia, a través de noticieros, memes, blogs y sí, productos audiovisuales que siguen encumbrando la figura del narco, como las series La Reina del Sur, El Dragón o la antes mencionada Narcos, hace que la reflexión no sea una tarea fácil: todo parece ficción, todo parece lejano y asumible, o una consecuencia lógica de una decisión de vida.

“El narcocine denuncia la crisis de las instituciones, la falta de credibilidad en las autoridades, la corrupción en todas las esferas políticas y sociales. Hombres y mujeres enfrentan esta nueva realidad”, añade Mercader.

Tanto en la realidad como en el cine, el narco es un fenómeno al que no debemos acostumbrarnos. Su violencia, el rastro de muerte y destrucción que deja, no puede normalizarse tras un discurso falsamente reflexivo, auspiciado además por el gobierno que debería estar luchando contra los criminales y no predicando el credo de abrazos, no balazos.

Como público, no debemos embriagarnos de aplausos; como consumidores, no debemos romantizar al criminal; como periodistas, no podemos obviar la raíz social que tienen estas expresiones, si queremos que en verdad esto termine siendo solo una ficción más.

José Arrieta colaboró durante 10 años con la columna “Las 10 Básicas”, en el periódico Reforma, fue crítico de cine en Mural por 5 años y, durante ese tiempo, escribió en “Reflector”, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Instagram y Twitter: @zinematika