La necedad de no vacunar a adolescentes
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Médico Cirujano con más de 30 años en el medio y estudios en Farmacología Clínica, Mercadotecnia y Dirección de Empresas. Es experto en comunicación y analista en políticas de salud, consultor, conferencista, columnista y fuente de salud de diferentes medios en México y el mundo. Twitter: @StratCons

La necedad de no vacunar a adolescentes
Foto: EFE.

La negativa para vacunar de manera proactiva a los adolescentes de 12 a 17 años contra el Covid-19 en México no puede calificarse menos que como una necedad sin sentido.

El decir que mueren más niños producto de los accidentes que por esta enfermedad es un planteamiento simplista y tramposo. En todo caso se debe comparar la mortalidad infantil por Covid-19 con la mortalidad por otras infecciones; es más, con la mortalidad por otras enfermedades prevenibles por vacunación.

En 2020 y lo que va de 2021 han muerto más niños por covid 19 que por otras infecciones como sarampión, difteria, tosferina, tétanos, rubeola y tuberculosis. Sí, más que la suma de todas juntas.

No faltará a quien le parezca que mi comparación es ahora la tramposa, ya que estoy poniendo frente a frente una enfermedad que se encuentra activa dentro de una pandemia contra enfermedades controladas o en proceso de erradicación, como la difteria y el sarampión. Pero si están en proceso de erradicación, es precisamente por la seriedad con la que se les ha tomado y más por la agresividad y la eficacia de las campañas de inmunizaciones que solíamos tener en México hasta el año 2018.

Curiosamente, a finales de 2019 y principios de 2020 se presentó un brote de sarampión con 25 pacientes, la mayoría eran adultos no vacunados que podían contagiar a niños desprotegidos, justo en el momento que México cumplía varios meses sin una vacuna disponible para proteger a los menores. Paradójicamente, la cuarentena producida por la actual pandemia terminó con los contagios.

Alguien que entienda verdaderamente sobre infectología puede argumentar que la contagiosidad o la mortalidad de alguna de estas enfermedades es –hasta ahora– mayor que la de Covid-19 y por eso es que existen campañas mundiales de vacunación contra estas enfermedades. Pues sí, solo que resulta que en este momento vivimos una pandemia en la que se están contagiando menores de edad y en la que han muerto más de 700 niños en México.

La pregunta es: ¿cuántos niños más tienen que morir en México para tener un índice de mortalidad que justifique administrar una vacuna, como ocurre en más de una docena de países?

Respuestas a la negativa

La semana pasada, el doctor Alejandro Macías –uno de los más reconocidos infectólogos de México– comentó que es muy probable que la vacunación para adolescentes de 12 a 17 años termine siendo la norma. En Estados Unidos y varios países de la Unión Europea –Dinamarca incluida– ya se ha comenzado a vacunar a este grupo de edad. En algunos casos se arrancó con los adolescentes que tenían algún factor de riesgo, aunque actualmente ya se vacuna a todos por igual. En México, hace varios meses que la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) autorizó el uso de emergencia de la vacuna de Pfizer para personas entre 12 y 17 años.

Con la sumatoria de todas estas razones, ¿de dónde viene la negativa de este gobierno para no vacunar a los muchachos? La respuesta es una combinación de dos temas que, francamente, raya en lo vulgar. Por un lado, no alterar el objetivo presidencial de la campaña de vacunación que se ha convertido en un mantra: “haber vacunado (en octubre) a todos los mayores de 18 años con al menos una sola dosis”. Por el otro, evitar a toda costa un gasto adicional.

El primero de los puntos fue creado de manera completamente arbitraria. Basados en los datos con los que se contaba en diciembre de 2020 y con los pronósticos de adquisición de vacunas, tarea por cierto a cargo de la cancillería, se estimó que podríamos llegar específicamente a esa cobertura en el mes de octubre. No en agosto ni en julio, en octubre. No con dos dosis para todos, pero sí con una. No a todos los mexicanos para los que la vacuna pudiera estar autorizada, sino para aquellos en los que en ese momento lo estaba.

Ocho meses después, el mundo cambió. La variante Delta se presentó de una manera terriblemente agresiva, se generó una “tercera ola” de contagios en el mundo y la mortalidad continuó en ascenso. Esta tercera ola trajo, además, un incremento importante en la morbi-mortalidad de pacientes menores de 18 años.

Todos los días vemos noticias en el mundo y en México sobre la saturación de hospitales infantiles, por lo menos en las áreas de cuidados intensivos. Los niños se están contagiando, se están poniendo graves y sí, están muriendo.

Los niños, además, están presentando una cantidad impredecible de secuelas, entre ellas, un grave síndrome inflamatorio multisistémico. No conozco un solo pediatra que no esté muy preocupado por esta situación.

Como consecuencia, muchos países –evidentemente los más avanzados en sus procesos de vacunación– decidieron hacer ajustes a su estrategia mediante dos tácticas: acelerar al máximo la vacunación para tener una cobertura completa lo antes posible y comenzar a proteger a los niños de 12 a 17 años de manera inmediata. Vaya, hasta Cuba lo está haciendo con su propia vacuna.

Mientras tanto, en México seguimos viviendo en diciembre de 2020.

El segundo punto es aún más discutible. El argumentar la “baja mortalidad” de Covid-19 en los niños lo que disfraza es una interpretación errónea de economía de la salud donde, a decir del subsecretario Hugo López-Gatell, el índice de mortalidad por esa enfermedad no justifica que se gaste dinero en ella. Si hubiera una razón perversa para no vacunar, está plasmada en esta premisa.

No sería la primera vez que veríamos un argumento económico, es decir búsqueda de ahorros detrás de algunas decisiones en el manejo de esta pandemia como fue, en un inicio, la negativa a realizar pruebas. Con un costo aproximado en ese momento de 40 dólares por persona, López-Gatell logró convencer al presidente de que había un método más económico basado en el uso de su fallido modelo centinela. La falta de calidad de los primeros equipos de protección personal que llegaron a los profesionales de la salud fueron otro reflejo de los ahorros en los que se ha querido incurrir.

En el caso de la vacunación para adolescentes, el gobierno sabe que en México existen 14 millones de personas de 12 a 17 años, según el Inegi a 2019. Esto significa que debería aplicar 28 millones de dosis de la vacuna de Pfizer. Aún consiguiendo un hipotético buen precio de 15 dólares por dosis, estaríamos hablando de una inversión de 420 millones de dólares que no habían sido contemplados. Aparentemente, 758 niños muertos y decenas de miles más contagiados y con potenciales secuelas a largo plazo no justifican pagar esa suma.

Pero vayamos a la base misma de la economía de la salud, que parece ser en el fondo, el argumento que más se utilizará para evitar vacunar a estos muchachos.

En otras ocasiones y foros he mencionado que la segunda intervención más importante en salud en el planeta, después del agua potable, ha sido la vacunación. La vacunación además es la intervención mas costo-ahorradora y costo-efectiva posible, ya que a decir de uno de los mejores maestros en economía de la salud (y buen amigo) evita la presencia de una enfermedad cuya atención es mucho mas costosa que la inversión inicial.

La vacunación, además, tiene un índice de rentabilidad muy amplio, pues incide en años de vida ganados y años de vida ajustados a calidad, generando además lo que se conoce como una “externalidad positiva”, ya que el vacunar a la población no solo disminuye la posibilidad de que los menores de 18 años enfermen, sino también de que sean transmisores de la enfermedad a otros miembros más vulnerables de la población.

El apostarle al beneficio futuro de una vacuna no es nuevo en México, donde desde hace varios años se aplica la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH) a las niñas que cursan el quinto año de primaria. A diferencia de la vacuna contra Covid-19, la vacuna contra el VPH cuesta aproximadamente 120 dólares la dosis, es decir, 240 dólares por niña. La ventaja de invertir en la vacunación de estas niñas se traducirá en importantes ahorros varios años después, cuando sean adultas y no padezcan cáncer cérvicouterino.

Los resultados de esta intervención ya fueron probados en Escocia, donde la incidencia de este tipo de cáncer disminuyó brutalmente varios años después de mantenerse como obligatoria esta vacuna.

¿Qué esperábamos?

Hubo un tiempo en el que México estuvo la vanguardia en vacunación. En ese momento logramos entender que el dinero invertido en inmunizaciones nunca sería dinero tirado a la basura, sino que salvaría vidas.

Es probable que el equipo de López-Gatell enarbole sesudos argumentos sobre mortalidad versus costo y con ello haya convencido al presidente. Sin embargo, lo que ha seguido es verdaderamente lamentable: la utilización de discursos que van desde el absurdo de poner en duda la seguridad de las vacunas hasta, otra vez, una teoría del complot.

Apenas hace unos días, el presidente mencionó –o amenazó– que se investigaría el origen de los amparos promovidos por los padres que querían tener a sus hijos vacunados, bajo el argumento de que existen intereses ocultos incluso de la industria farmacéutica. Estas sospechas son las segundas más insultantes que sea le han hecho a la ciudadanía después de que López-Gatell mencionara los “intereses golpistas” de los niños con cáncer.

Aparentemente, el que existan 250 padres de familia de 250 muchachos que pueden enfermarse, tener secuelas o morir y que por ello exigen una vacuna no existe si no es por un oscuro complot detrás. Cuando una pequeña de 12 años, que además padece diabetes tipo uno, aparece en un video exigiendo ser vacunada es probable que esté movida por los oscuros intereses de Big Pharma.

En el mismo discurso, el presidente mencionó que “no sabemos los efectos que estas vacunas puedan tener en los niños”. Una vez más, alguien no lo asesoró bien. Los estudios con los que se otorgó la autorización para uso de emergencia en adolescentes de 12 a 17 años mostraron un perfil de seguridad adecuado. Mejor aún, si las vacunas no fueran seguras, no habría motivo para que en México la Cofepris hubiera otorgado la autorización de uso de emergencia.

¿Qué esperábamos? ¿Qué nos hubiera llenado de orgullo?

La verdad es que muchos esperábamos que México fuera de los pioneros en vacunar contra Covid-19 a sus adolescentes. Por lo menos aquellos con factores de riesgo como diabetes. Y que en algún momento, antes de terminar el año, cuando la autorización de uso de emergencia se extendiera a mayores de seis años, México fuera pionero en la vacunación de niños escolares.

Honestamente esperábamos una declaración de un estadista diciendo: “En México haremos hasta lo imposible y pagaremos lo que sea necesario para salvar las vidas de los mexicanos, porque nada es más importante que nuestros niños”.

En su lugar escuchamos argumentos para no vacunar y, por enésima vez, acusaciones de un complot.

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