Septiembre, Pinochet y su ‘democracia’
Medios Políticos

Es un periodista especializado en el análisis de medios y elecciones. Tiene posgrado en Derecho y TIC, obtuvo el premio alemán de periodismo Walter Reuter en 2007, fue conductor en IMER y durante 12 años asesor electoral en el IFE e INE, editor, articulista y comentarista invitado en diversos diarios, revistas y espacios informativos. Twitter: @lmcarriedo

Septiembre, Pinochet y su ‘democracia’
Imagen: David Peterson/Pixabay.com

El 11 de septiembre de 1973, el presidente chileno Salvador Allende fue depuesto por un golpe militar. Perdió la vida en el Palacio de la Moneda luego del ataque que dirigió Augusto Pinochet, general que había asumido el mando poco antes por recomendación del propio Allende, a quien traicionó con el respaldo de la CIA para iniciar una larga dictadura llena de terror para la disidencia política, capaz de asesinar dentro y fuera de su territorio a opositores. Su gobierno no emanó de las urnas, pero eran tiempos de guerra fría llenos de propaganda. Pinochet se presentaba como defensor de “la democracia” que nunca practicó, como un mal necesario para propiciar libertad que solo sería en aspectos económicos, pero no para las ideas políticas cercanas a la izquierda, esas serían perseguidas y reprimidas con violencia inaudita durante su larga gestión que terminó hasta 1990. 

En 2020, cumplidos 50 años del triunfo electoral con el que Allende llegó a la presidencia de Chile (compitió tres veces previas hasta que una alianza de izquierdas concretó su victoria en 1970), documentos desclasificados que difundió la organización no gubernamental Archivo de Seguridad Nacional mostraron con elocuencia que la postura que impulsó el gobierno estadounidense de Richard Nixon fue, incluso antes de que Allende asumiera el poder, favorable a un golpe de Estado.     

La periodista Rocío Montes, del diario El País, abundó sobre la revelación y destacó la contradicción entre el discurso oficial del gobierno estadounidense y lo que se acredita en esos documentos. En ellos se lee un manuscrito de Richard Helms, quien era director de la CIA y registró con su puño y letra las instrucciones de Nixon, quien le ordenó sobre Chile el 6 de noviembre de 1970: “Si hay una forma de desbancar a Allende, mejor hazlo”. 

Pinochet se sabía protegido, intocable, con las armas y el gobierno de Richard Nixon a su lado. Hundido por el escándalo Watergate, Nixon renunció en agosto de 1974. Un mes después, Pinochet declaró a Charles Eisendrath, de la revista TIME: “Se dice que de cuando en cuando la democracia debe bañarse sangre para que pueda seguir siendo una democracia”.

La declaración la guardó en sus notas el gran periodista mexicano Julio Scherer García y cuestionó poco después, en una entrevista exclusiva con Pinochet, aquella declaración de los baños de sangre en nombre de una supuesta política liberal con “humanismo cristiano” que se usaba entonces como sinónimo de democracia, aunque representaba un modelo opuesto a cualquier tipo de libertad salvo la económica de las élites.

La entrevista de Scherer se publicó en mayo de ese mismo año (1974), en el periódico Excélsior del que era director. En sus preguntas también aludió a los dichos de otro mando golpista, Gustavo Leight, líder de la fuerza aérea, quien también había justificado el ataque a la Moneda y la mano dura militar diciendo que eran mejor “100 mil muertos en tres días que un millón de muertos en tres años” (tiempo que faltaba para el término de mandato de Allende cuando el golpe). 

Sobre la mesa estaban las posturas que justificaban represión asesina y golpe, Scherer preguntó entonces al dictador que se asumió siempre cristiano devoto: “¿No cree que las declaraciones suyas y las del general Leight están más cerca de las teorías de la ‘inmisericordia’ que las del dulce y pacífico pescador de Galilea? ¿Hay, a su juicio, alguna diferencia moral entre las persecuciones a los antiguos o primitivos cristianos y la ‘erradicación’ de los marxistas?”.

Pinochet eludió el cuestionamiento. Sobre lo declarado a TIME reconoció haberlo mencionado, pero dijo que no era una expresión propia, que era cita de un autor estadounidense y la había usado solo como “mera referencia”. Sobre los dichos de Leight dijo que eran falsos, que no los había expresado, pero justificó de todas formas argumentando que los muertos por el golpe militar no habían sido 100 mil. Reconoció sin rubor que tal vez la “décima parte” de esa cifra, pero que con el “comunismo” habrían sido más.

A propósito de septiembre, la historia de Chile nos recuerda que la democracia es una vía que reconoce la existencia del otro y su derecho a competir para sumar voluntades en las urnas. Es un error asumir democracia como sinónimo de una u otra geometría ideológica, porque eso implica justificar la imposición de modelos económicos únicos permanentes, sean de derecha o izquierda. Los extremos que niegan el derecho a disentir, y en algunos casos existir nunca son una democracia.

Nuestros tiempos no terminan de alejar discursos que por momentos reviven esas narrativas de guerra fría que deberían estar enterradas, que parecen estacionadas en el muro de Berlín y asumen necesario revivir sus dilemas y definir de qué lado se quiere estar. Es una trampa, porque no estamos solos. La democracia abre rutas de gobierno a mayorías sin garantía de perpetuidad, no puede ser entendida como sinónimo de un modelo económico de derecha, totalmente ajeno e intervención estatal y tampoco como válida solo si ganan las izquierdas.

Lo ocurrido en Chile hace casi medio siglo es historia común en nuestra región y nos recuerda el peor rostro de la democracia simulada que impone pensamientos únicos, que anula al otro y su libertad en nombre del humanismo y… la libertad. Reconocer el derecho que tiene el otro a gobernar, sin importar su alineación política, es una ruta para alejarse de esa historia de abuso que tiene expresiones de derecha extrema y también de izquierda autoritaria. 

Alejarnos de los extremos y abrir rotación de poderes periódica que se defina en las urnas es mejor camino que revivir extremismos, forzar etiquetas para mirarnos como enemigos divididos entre “comunistas” o “capitalistas”, pretender que se debe elegir un lado, aunque la realidad es plural y no dogmática. En septiembre vale la pena no olvidar Chile y valorar la vía democrática que es plural o no es.