Empoderar a pocas o desempoderar a muchos
Un cuarto público

Abogada y escritora de closet. Dedica su vida a temas de género y feminismos. Es fundadora de Gender Issues, organización dedicada a políticas públicas para la igualdad. Tiene un doctorado en Política Pública y una estancia post-doctoral en la Universidad de Edimburgo. Actualmente coordina el Programa de Género de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Twitter: @tatianarevilla

Empoderar a pocas o desempoderar a muchos
Foto: Pixabay

El concepto de empoderamiento de las mujeres causa resistencias. En mi caso, no me gusta y no lo uso, y, cada que escucho de algún proyecto con este objetivo, me surgen dudas y sospechas al pensar en las acciones y los resultados que se pretenden lograr. 

Hablar del concepto de ‘empoderamiento de las mujeres’ es complejo, ya que ha tenido diversos enfoques dependiendo la disciplina que se aborde, y, sobre todo, ha tenido un porqué dentro de las agendas feministas en la historia. Me referiré a él, desde el utilizado por el movimiento feminista de la segunda ola, principalmente de las feministas del sur global, quienes, en diversos encuentros, empezaron incorporarlo en las estrategias de desarrollo dirigidas a las mujeres, buscando desarrollar capacidades personales para con esto, influir en la toma de decisiones públicas a modo de acción política. Incluso, una de las conferencias más importantes, la Declaración de Beijing, fue señalada como una agenda con visión de futuro para el empoderamiento de las mujeres (Zakaria en The New York Times, 2017). 

La Declaración de Beijing no definió el concepto como tal, sino que, señaló la importancia de la “plena participación de la mujer en todas las esferas de la sociedad, incluidos los procesos de decisiones y el acceso al poder para el logro de la igualdad, desarrollo y paz”. 

Lo anterior suena razonable e imprescindible para el logro de la igualdad de género. Sin embargo, parece que el concepto fue adquiriendo, más que una forma de acceso de las mujeres a mayor igualdad mediante la movilización, una dimensión económica y política anclada en esas ideas de la segunda ola de desarrollo, teniendo como efecto, que organizaciones y Estados hasta el día de hoy diseñen programas “de empoderamiento” con resultados cuestionables, incluso, reforzadores de estereotipos, dejando el desafió de las desigualdades estructurales y jerarquías del poder formal en un segundo plano o, incluso, intactas. 

En primer lugar, se han diseñado “estrategias de empoderamiento” sobre una idea de carencia total de poder de todas las mujeres, posicionándolas como receptoras de apoyos económicos que las hacen –en ocasiones– solo depender de otro dominio, más que transformar esas relaciones económicas. En segundo lugar, se diseñan desde la visión de que, lo que empodera a una, empodera a todas; homologando las problemáticas y necesidades de las mujeres en lo económico y en lo político. Y en tercera, no contienen elementos que más que empoderar a unas cuantas, transforme las relaciones androcéntricas de las estructuras económicas, políticas, sociales, familiares, institucionales y corporativas. 

Ejemplo de esto, es lo que señala el libro Feminismo para el 99%, un manifiesto: “No tenemos ningún interés en romper el techo de cristal y dejar que la gran mayoría de las mujeres limpien los fragmentos que caen al piso”. Además, que ni todas las acciones para el empoderamiento del mundo, han que las mujeres hoy en día ocupen más del 20% de los puestos directivos en las empresas ni como jefas de Estado, por mencionar algunos ejemplos.  

Otra de las problemáticas principales de estos planteamientos ha sido su enfoque en lo personal: generar autoestima, autosuficiencia, habilidades, actitudes para superarse, romper el techo de cristal siendo súper mujeres, demostrar logros, cambios de imagen, estrategias de liderazgo, técnicas de negociación, y así, una lista infinita. Dejar en el plano personal y no social el posicionamiento de las mujeres es conflictivo y no deseable, ya que reduce un problema público a algo privado. ¡Y vaya que llevó tiempo sacarlo de allí! 

Una de las definiciones que más me gustó fue entender al empoderamiento como una acción colectiva, que no implica dar poder a unxs sobre otrxs, sino un poder que invoque al cambio, a la transformación de relaciones de dominación que siempre han imperado, y que los sistemas de opresión han facilitado, hasta como consecuencia de esto, tocar las conciencias individuales sobre la necesidad de desmantelar esas estructuras (León, 2001).

Con todo esto, no quiero decir que el concepto en si mismo es malo, en la historia tuvo su razón de ser y ayudó a diseñar estrategias internacionales y nacionales para la visibilización de brechas de género y de las necesidades prácticas e intereses estratégicos de las mujeres: acceso al voto, salarios iguales, feminimización de la pobreza, acceso a vivienda, derecho al estudio, derecho al divorcio, acceso al aborto libre y seguro, etc., pero era una estrategia política colectiva (León, 2001). 

Si tenemos que entenderlo de alguna manera, me gusta más hablar de procesos de empoderamiento. Procesos que no están anclados en lo económico o en el acceso al poder político y corporativo, sino en la transformación de las relaciones actuales, para con esto, no solo empoderar a unas cuantas, como ha sucedido, sino, desempoderar a muchos.