‘Eternals’: A medida de su época
Zinemátika

Escribió por una década la columna Las 10 Básicas en el periódico Reforma, fue crítico de cine en el diario Mural por cinco años y también colaboró en Reflector, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Twitter: @zinematika

‘Eternals’: A medida de su época
Foto: Eternals

El cine es un termómetro de la sociedad. Las narrativas no solo responden a modas y estereotipos, también suelen servir como catalizador o condensador de las emociones y preocupaciones latentes en la sociedad durante una época determinada.

Durante la escalada criminal ocurrida en la República de Weimar, por ejemplo, la cinta que mejor reflejó el estado de la sociedad alemana fue la fantástica M. El Asesino (Lang, 1931), en tanto que, nos guste o no, dos películas muy diferentes retrataron fielmente los ambientes urbanos de la década de los 50 en México: Los Olvidados (Buñuel, 1950), con su preocupación por los jóvenes sin futuro, y Nosotros los Pobres (Rodríguez, 1948), esa ineludible fábrica de clichés sobre las bondades de la miseria.

No es que hiciera falta, pero apenas ha llegado una cinta que puede condensar ese ambiente de sacristía en el que se quiere englobar a la gente del planeta, marcado por la corrección política y la ansiedad por ser incluyentes a la fuerza. Se trata de Eternals (Zhao, 2021).

La premisa es más o menos la misma de todas las cintas de superhéroes: un grupo de elegidos, con trillados poderes –sí, hay una especie de Supermán que lanza rayos con los ojos–, debe evitar que una raza de monstruos termine con la vida inteligente en la Tierra. Desde luego, hay un subtexto y su misión termina siendo mucho más oscura de lo previsible.

Dirigida por Chloé Zhao, la más reciente ganadora del Óscar por su cinta Nomadland (Zhao, 2020), Eternals pasaría sin pena ni gloria como un entretenimiento más que solo cuesta dos horas y media de tu vida, pero algo más se esconde en su trama. 

Su elenco presume ser multiétnico –hay dos personajes de ascendencia asiática, una mexicana, dos afrodescendientes y, por una vez, los caucásicos son los malos–, e incluyente –uno de los superhéroes es exhibido como gay, como si su preferencia sexual fuera importante a la hora de pelear con los monstruos–, pero sucumbe ante la parcialidad de la ascendencia china de su directora-guionista, cambiando un estereotipo por otro.

Otra de las fallas es el hecho de ningunearle los logros tecnológicos y sociales a la Humanidad: desde la forja de los metales hasta la bomba atómica –en una de las secuencias más patéticas que recuerdo–, todo ha sido hecho por seres ultracósmicos que nos ven como ganado sideral, y a quienes debemos la existencia por su misericordia.

Comúnmente, en las películas de superhéroes se puede ser indulgente con las actuaciones porque lo que se aprecia verdaderamente son los efectos especiales y, quizá, un poco de la trama que puede tener un contexto que te haga pensar un poquito. Por ejemplo, la brillante Capitán América y el Soldado del Invierno (Russo, 2014), aborda tangencialmente el espionaje hecho por los gobiernos a la privacidad de las redes sociales, sin dejar de lado el hecho de ser un entretenimiento.

Las actuaciones en Eternals son tan malas que resaltan. Una Salma Hayek más acartonada que en Bandidas (Sandberg, 2006), lidera un grupo de extraterrestres-dioses-robots, en el que resaltan una Angelina Jolie que apenas habla, un Richard Madden que encarna a un villano unidimensional y a la británica de ascendencia china Gemma Chan, como la heroína que salva el día.

Adaptada del cómic original de Jack Kirby, la premisa en la película no solo es floja: es lenta, llena de diálogos “profundos” que se rompen con chistes forzados, más parecidos a lo que se encontraría en Escuadrón Suicida (Ayer, 2016), que en, digamos, Thor: Ragnarok (Waititi, 2017).

Quizá el único que se salva de la quema, solo por ser una cínica muestra de lo que la policía de la moral y la corrección política querría para la Humanidad, es Druig, personaje interpretado por el irlandés Barry Keoghan, cuyo poder reside en poseer la mente de quienes desee… y lo que él desea es que exista una paz a la fuerza, sin libre albedrío y con un pensamiento único.

Así, este panfleto sobre la corrección política es pulcro, higiénico y sanitizado… pero sin emoción, ni alma, ni nada parecido a un sobresalto o sorpresa, de esas que son tan comunes en la vida cotidiana. Una película hecha a la medida de cierta parte de esta generación sin valor para la crítica.