El arte de un pistilo
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

El arte de un pistilo
Foto: Adriana Calatayud, parte de la serie 'Cuerpos vacíos', 2018.

Soy un portón de hojas abatibles.

Acércate. Pasa por mí.

Terminará tu sufrimiento.

Te volverás planta trepadora,

abeto enorme, siempreviva ideal,

todo natural, divino.

Pura López Colomé

Saber a las estrellas presentes, pero invisibilizadas por la luz del sol durante el día, colma el fenómeno astral de un misterio casi divino. Aquello que se oculta a la mirada, al menos momentáneamente, pero se sabe por experiencia o se intuye por inteligencia, exige a la mente una estoica disciplina para confiar en que el misterio de la existencia será revelado por la fortuna que da la permanencia: estar presente para observar. No hablo de un conocimiento complejo estructurado, sino de una sensación casi infantil de que lo deseado o imaginado está efectivamente ahí, aunque no se le alcance a atisbar. La fe, más que como religión, como acto de conciencia humana. Eso, precisamente, ocurre con la vida microscópica que acompaña al ser humano en la existencia macroscópica: las plantas que nos rodean en macetas minúsculas o en generosos jardines, poseen una agitada existencia de la cual da cuenta su belleza exterior. Flores y frutos son consecuencia de una vertiginosa vida sexual ocurriendo justo ahí, aunque imperceptible para el ojo desnudo. Claro que también en animales o humanos hay un sinfín de funciones ocurriendo incansablemente en células, aparatos, sistemas y componentes fisiológicos tan cautivadores como la idea de una neurona haciendo sinapsis y, con un impulso eléctrico, originando mundos e ideas siderales. Desde Leonardo Da Vinci y Rembrandt hasta Eduardo Kac, puñados de artistas han dedicado buena parte de su producción a la problematización de la vida. Pero, ocasionalmente, un hombre diseccionado o un conejo fosforescente no logran ser tan cautivadores, sutiles, elegantes y simultáneamente misteriosos, como la imagen de una inflorescencia

Ahora verán, conozco a una bióloga que entiende todo sobre la vida, una bruja sabia. De ella aprendí que el amor cambia y que las plantas se clasifican en angiospermas (con flores que, en diferentes estructuras, aseguran su reproducción y, en muchos casos, dan frutos) y gimnoespermas (donde lo femenino y masculino se encuentra en estructuras distantes, lo que dificulta su proliferación como en oyameles o cipreses). La diferencia radica en su forma de reproducción. Lo mejor fue descubrir las inflorescencias en una tarde de verano: aquellas flores que, como las hortensias, crecen juntas en un solo tallo, multiplicando su belleza en un ramillete con variaciones tonales cautivadoras. Quizá todo lo aprendido en aquellas caminatas, al final, era lo mismo: que el amor y las flores crecen y cambian, que aparecen de distintas maneras para garantizar su permanencia, que esa belleza no es estéril porque posibilita la existencia y que lo oculto dentro de la vida es, a veces, lo más potente de ella.

Los lirios acuáticos cubrieron el deseo frustrado de Ofelia en Hamlet; Albertine era para Proust una planta que, estando dormida, podía poseer a placer; Cloris griega o Flora romana tomaron millones de formas para referir a la renovación y los ciclos de la vida, pasando por las metamorfosis míticas de Bernini y tomando un cariz un tanto más liberador en la genitalidad de las pinturas de Georgia O’Keeffe. Pero quizá lo menos conocido sea la obra de mujeres que, como la bruja sabia, estudiaron las flores e inflorescencias como un elemento biológico que, detrás de la evidente belleza, albergan misterios de vitalidad, sistemas evolutivos y mecanismos de resistencia: no celebraron a la flor, sino que la hicieron aparecer en el arte pictórico como ciencia poética. Maria Sibylla Merian, científica, entomóloga y artista, publicó en el siglo XVII uno de los primeros libros de ilustración botánica y viajó por el mundo para colectar especímenes, sin compañía masculina. Rachel Ruysch en el siglo XVIII, conocedora de botánica y anatomía, usó su detallado conocimiento floral para crear metáforas pictóricas de la vida, su ocaso y la inevitabilidad de la muerte. Berthe Morisot y Blanche Hoschedé convirtieron rosedales y campos de amapolas en sitios menos hostiles que bares o salones, donde pudieron practicar la pintura a plan aire y plasmar sus observaciones lumínicas y atmosféricas en el lienzo recargado de materia. Adriana Calatayud expone el cuerpo vulnerado como territorio de confluencia de acontecimientos públicos y privados, a través de la superposición de imágenes que unen la observación científica (algunas veces botánica) y la creación plástica, o donde la piel rígida se hermana con un pétalo prensado. Mujeres que se adentraron a la vida como espacio de pensamiento y creación de conocimiento de campo expandido: el pensamiento tejido, so pretexto de un pistilo. 

El universo entero vive dentro de un lirio flotante o una orquídea suspendida de un tronco, donde la belleza aparente resguarda la fortaleza de natura, la sabiduría de la selección natural y las lecciones evolutivas de la vida que permanece. Entonces, hemos andado en círculo, yendo de las estrellas a los óvulos de una flor: o sea, hablando de religión en términos ecuménicos. Si religare se refiere a enlazar, la belleza aparente de la flora es lo que nos liga con la naturaleza profunda de la vida natural y, por lo tanto, de la existencia que conocemos aquí, por debajo de lo astral.