Caminando el racismo
RacismoMX

Es abogado por la Universidad Autónoma de Yucatán y maestro en psicopedagogía por la Universidad José Martí de Latinoamérica. Su pasión son los derechos humanos, el antirracismo, la educación y la cultura para la paz. Y, sobretodo, ama la mar. Actualmente es coordinador de Investigación en RacismoMX.

Twitter: @OteloDeLaCosta

Caminando el racismo
Foto: Darkside 550/Pixabay

El racismo es un sistema incrustado en diferentes y variadas dimensiones que confluyen entre sí. Una de sus caras está en los medios de comunicación, que no representan en lo mínimo a la gran mayoría de la población de México; otro rostro es el económico, evidenciado con la falta de movilidad social para las personas racializadas y la desigualdad de cuna como efecto de la colonización. 

Y una de las caras más severas del racismo está en los sistemas normativos. Sabemos que las leyes y disposiciones de regulación privada pueden ser discriminatorias; pero no todas las personas hablan abogañol, y el pensamiento del gremio jurídico predominante endiosa como infalible todo intento de control sobre las manifestaciones humanas. El colonialismo ama tener la razón, y siempre controlar y someter, incluso a las vivencias que no experimenten en su propia piel.

La humanidad siempre ha estado en movimiento, somos una especie en viaje, diría Drexler. Caminar, transitar y avanzar de la forma que sea es una conducta ligada a nuestro ser. Imagina que un día, un grupo de personas —conducidas por prejuicios— deciden, así nada más, escribir en un papel que tu existencia es sospechosa, y por tanto, peligrosa y que debe ser eliminada. Imagina que dicho papel importante establece que tu modo de vida y tu piel e identidad asociada a dicho modo, son criminales y merecen ser controladas, incluso para caminar y ser vistas.

Con esa audacia antiderechos, el reglamento del condominio Cumbres de Santa Fe prohíbe que las personas trabajadoras del hogar caminen libremente por sus instalaciones, salvo cuando ejerzan trabajos de asistencia a niñxs, personas mayores o con discapacidad. Cosa de paso también cruel y apática contra dichos grupos en situación de discriminación, pues el cuidado de éstos lo visualizan desde sus privilegios como una carga.

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El “santificado” condominio intentó defender la restricción de los derechos al trabajo, libre desarrollo de la personalidad y libertad de desplazamiento, bajo un argumento de seguridad. Sin darse cuenta —pues la discriminación no se trata de intencionalidades— que su reglamento, aunque sea privado, viola la Constitución capitalina y su Ley para Prevenir y Eliminar la Discriminación.

Determinar subjetivamente y de forma arbitraria que una persona es peligrosa por el oficio que ejerce, por su apariencia, su fenotipo o incluso acento, es perfilamiento racial. Y “formalizarlo” —como le encanta hacer al movimiento abogadil— es un evidente escupitajo a la dignidad humana, porque el subtexto nos dice: “No son iguales a nosotrxs, no merecen espacios sino para la servidumbre, ese es su sitio y siempre lo será”.

El Copred hizo su trabajo: evidenciar la discriminación, como ha hecho siempre en la administración de Geraldina González. Y además, defendió la democracia, lo que a mi parecer es valiente al levantar la voz y señalar las discriminaciones, las brechas de desigualdad, y en este caso, visibilizando el sistema racista en la Ciudad de México.