Vuelo a sotavento
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Vuelo a sotavento
Foto: Martha Pacheco

“(…) Ida estudia 

el pasillo. Materia oscura piensa ella.

Los telescopios no logran enfocar eso

los científicos no pueden decir lo que

es pero tiene más peso que todo lo 

demás puesto junto. Ella escuchó un

día a un experto en materia oscura por 

la radio ahora todo tiene sentido. El 

pasillo está lleno de eso (…)”.

Anne Carson

María y Abel se mudaron a una galaxia desconocida. Veían cosas que los demás eran incapaces de vislumbrar en la recámara vacía o en la extensa sala asoleada, a través de cortinas livianas flotando al viento. Solo María alcanzaba a atisbar, a través de la ventana, la figura de un hombre con sombrero, a caballo sobre la azotea de la casa al otro lado de la cuadra. Solo Abel sabía quién era aquel personaje que pasaba por barrendero pero a quien él veía como un amigo antiguo de la bohemia, algún torerillo o mozo de cuadra, quizá picador o banderillero, sentado al otro lado del salón bebiendo ron hasta no verte Jesús mío, sin pronunciar palabra, como tú que no estabas. María sabría quién era Rafaelito o por qué razón optaba por salir de su habitación desnuda a plena luz del día, ella que había sido siempre tan elegante y púdica, tan prudente y buena mariana. Abel habrá decidido, por algo, orinar por las noches en pocillos de peltre y guardar aquellas aguas debajo de la cama, quizá para aminorar dolencias o por somnolencia, imaginando tinajas rojas humedecidas en la sequía del Bajío o con la intención de fabricar brebajes curativos con árnica y alcohol alcanforado, por aquello de las cornadas y los golpes que dan las desveladas. María se volvió salvaje. Abel se tornó dócil y cordial. No es que ninguno de ellos hubiera enloquecido, sino que ignoramos el lugar a donde habían mudado su pensamiento de principios de siglo: un poco por cansancio, otro poco por haber vivido demasiado en un mundo donde ya no había más que dolencias sin remanso. Dementia: sus mentes bucearon por aguas septentrionales profundas, entre especies de erizos y corales que sólo ellos han visto y, entonces, volaron finalmente a sotavento, por más que intentaron atarles al suelo pedregoso, cubierto para ellos de un limo resbaladizo que los hacía caer y les impedía retomar el paso decidido de otros tiempos. A falta de andar, volar.

“La memoria lo succiona todo hacia atrás”, escribe Anne Carson en Red Doc. María y Abel succionaron su vida entera y la enviaron al espacio exterior. Quizá, para algunos médicos, la hayan enviado a un hoyo negro: un hoyo negro por cada una de las lesiones en los cuerpos callosos y fibrosos de la corteza cerebral y el hipocampo, caballito de mar náufrago, extraviado en las corrientes invernales de alta mar. En el cerebro está el universo entero, reflejo celular de lo más exterior, de lo que parece más lejano aún cuando uno se halla justo en el vórtice de su campo magnético, vibrando armónico como el resto de su materia pertinaz. Los agujeros negros, como el que se sitúa en el núcleo de la galaxia M87 de la constelación Virgo, recientemente fotografiado por científicos de todo el orbe, tienen un borde brillante que permite sean capturados por una lente telescópica. Ese contorno se llama “horizonte de sucesos”; más allá de ese punto, la extrema gravedad lo devora todo, incluso la luz. Abel y María se hallaban de puntitas, gallo gallina haciendo equilibrio en ese anillo de fuego, confín limítrofe rodeado por todos los acontecimientos de sus vidas. Luego, la gravedad de su propia existencia engulló la totalidad de sus memorias: flotan y bailan junto a miles de millones de estrellas que son devoradas todo el tiempo por esos agujeros negros masivos. Abel y María se convirtieron en anillos de fuego, los más brillantes de todas las galaxias según las observaciones del telescopio que lleva mi nombre. En cada genealogía hay uno o varios anillos de fuego como ellos. En la de Carson era su propio padre, reducido a “un asilo de huesos”, hablando con el viento en lengua extraña, cuya sonrisa “se apaga como un fósforo”, como se lee en el poema Héroe. Mi María, mi Abel, no eran fósforos ni se apagaron: eran estrellas  incandescentes que decidieron volar años luz, tan lejos que la radiofrecuencia normal perdió comunicación con ellos, pero la memoria atisba aún horizontes de sucesos: yo formo parte de ellos, y me sostengo ahí como alambrista, saltimbanqui de los recuerdos que son magma primordial de la existencia, poesía alta y verdadera, la vida misma que la mente dibuja eterna. 

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Pronto se fueron. Sus ojos se habían anclado al sedimento de un lago verdoso vallesano, pero sus pensamientos orbitaban ya muy lejos, inalcanzables e indómitos: libres al fin de todo lo que no desearan y pesara, sin lastres ni tenebro, pura dicha rubricada por auténtica paz. Habría querido escribir algo que se llevaran consigo, una especie de acordeón como los de los niños, cosido a las enaguas de María o metido en los bolsillos de la cazadora beige de Abel. Haber metido algunas fotos familiares jamás tomadas con una cámara, pero fijadas en la memoria de las reuniones de domingo: tatuar a María con una instantánea de su familia completa riendo en la escalinata del Casino Español en un baile de Navidad y herrar a Abel con la emoción de las cuatro y media de la tarde en el ruedo amarillo de la Maestranza de Sevilla, de la cuadrilla partiendo plaza o los caballos arrancando en el redondel del hipódromo concurrido como el mejor de los días, entrando en cuatrifecta y saliendo en hombros, con la gloria de la victoria por todo lo alto. Pero ya no hubo tiempo. No supe, exactamente, cuando se fueron y  preferí no estar en el lanzamiento, porque el aire era mortecino y la mudanza de sus mentes enfundó a todos en un luto adelantado sin cadáver. Quizá ellos habían labrado un camafeo invisible o un disco anular diminuto donde todo quedó contenido, como aquél mensaje escrito por Frank Drake y Carl Sagan para ser lanzado a las estrellas en plena carrera espacial. Habría querido grabarles con punta de diamante un Mensaje de Arecibo, pero es probable que ellos se hayan anticipado con su propio disco de oro con miles de caracteres cifrados, conteniendo imágenes, pensamientos y emociones de todo lo que conocieron como humano en su paso por la faz. Disco áureo de esperanza para la eternidad estelar.

El Arecibo de María y Abel, repleto de aves y conejos, gatos y capotes de paseo, toros y castañuelas, música de tríos y acordes de zarzuela, amores, hijos y nietos, no estaría, seguramente, exento de sufrimiento, pero eso no le impidió volar. Salió en el Voyager de la memoria, a sotavento, hacia el espacio exterior que elijo aquí imaginar como territorio de absoluta libertad. Sus mentes no se vaciaron en negro, se llenaron de luz, de toda la existencia que cupo en su ser enjuto y maltrecho. La miope y obtusa racionalidad terrenal no supo volar como ellos, en la estratosfera y a contracorriente; entonces los expulsó de lo que Martha Pacheco llamó el “imperio de la razón” en su conmovedora serie pictórica de los años noventa. Escribo para que no los abandone la memoria, para grabar el disco esplendoroso que amalgame mi historia con la suya hacia el futuro, para volverme una con ellos y surcar la esfera celeste de la lógica. Orbitar a bordo de los cuencos que usualmente hospedan a los ojos, transmutados en barcazas silenciosas, conquistar el espacio sidéreo, rodeado por las partículas de los sueños y el magnetismo del azar.

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