Aquí los hijes son de las mujeres
Un cuarto público

Abogada y escritora de clóset. Dedica su vida a temas de género y feminismos. Es fundadora de Gender Issues, organización dedicada a políticas públicas para la igualdad. Tiene un doctorado en Política Pública y una estancia post-doctoral en la Universidad de Edimburgo. Actualmente coordina el Programa de Género de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Twitter: @tatianarevilla

Aquí los hijes son de las mujeres
Foto: Pixabay

Lo cierto es que en nuestra sociedad, los hijos se adjudican a los padres optativamente y a las madres por obligación.

Guadalupe Nettel

El tercer domingo de junio se celebra en México el día del padre. De los que están, por supuesto, que no han sido muchos en este país. Tal y como escribió Alma Delia Murillo en su último libro en el que narra la búsqueda de su padre: “En este país todos somos hijos de Pedro Páramo”.

Desde hace 30 años formo parte de la estadística de los hogares con padres ausentes. Las cifras son confusas, según múltiples artículos y cruces de información, el Censo de Población y Vivienda 2010 señaló que el padre está ausente en cuatro de cada 10 hogares. Sin embargo, no encontré cifras actualizadas, y parece que al Estado tampoco le importa mucho saberlas. Una de las críticas al último censo 2020 fue que, a diferencia de a las mujeres, a los hombres no se les preguntó si tenían hijes vivos o si tenían relación con ellos. O sea que, en este país, los hijes son de las mujeres. Y así es, simbólica y materialmente.

El que los hijes pertenezcan a las mujeres ha sido reforzado por múltiples dispositivos culturales y legales. Por ejemplo, no fue sino hasta el 2017 que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) estableció que otorgar la custodia de menores de edad a la madre, por el simple hecho de ser mujer, contravenía el principio de igualdad al ser una decisión basada en estereotipos.

En cuanto a asignarle la responsabilidad de cuidado a las mujeres, el Estado lo reforzaba negando el acceso a las guarderías del IMSS a los hombres trabajadores. En el 2016, la SCJN señaló que era una acción que reforzaba mandatos de género, ya que el padre solo tenía acceso si era viudo, divorciado o que demostrará la custodia; es decir, si estaba con una mujer, ella debía satisfacer el rol de cuidadora y él el de proveedor.

Además de la obvia diferencia entre las licencias de paternidad y maternidad en el país –cinco días para los hombres–, también tenemos el costo laboral de ser madres. De acuerdo con Alicia Franco y Sierra Wellls en Nexos, “por cada peso que ganan los hombres, las madres ganan 83 centavos mientras que las mujeres sin hijes se ganan el peso completo; en otras palabras, las horas de trabajo de las madres no solo son predominantemente no remuneradas, sino que, cuando sí lo son, son menos recompensadas por su trabajo que las mujeres sin hijes”.

Más allá de la urgencia de exigir cambios estructurales para que el Estado asuma una mayor responsabilidad en la redistribución e infraestructura de los cuidados, habría que cuestionarnos si las paternidades se están transformando de verdad. Basta voltear a nuestro alrededor, ¿realmente hemos construido paternidades presentes, con todo lo que eso conlleva?

No sé si la respuesta es seguir hablando de paternidades y maternidades que nos regresan al binarismo. Me parece que las palabras, con toda su carga simbólica, cultural y política, exigen mandatos que nadie puede y quiere cumplir al 100%. El costo de exigir ser padres y madres ideales es altísimo para todes. ¿Me pregunto si deberíamos hablar de personas que crían? No lo sé, quizás aún no podemos dejar atrás esas significaciones por la indiscutible diferencia en la responsabilidad y carga que tienen hoy en día. No tengo la respuesta.

Lo que sé es que, en este país, los padres tienen una deuda altísima con todas nosotras. Con los niñes que tuvimos que arreglárnoslas sin ellos como Dios nos dio a entender. Y con todas las madres que, como la mía, tuvieron que sacar a sus hijes solas como pudieron, no porque así lo quisieran, sino porque todo el sistema lo permitió sin chistar. Gracias siempre a todas esas madres que permanecieron. Gracias a la mía que se quedó, a pesar de querer irse, seguramente, incontables veces.