El cronista invisible
La terca memoria

Politólogo de formación y periodista por vocación. Ha trabajado como reportero y editor en Reforma, Soccermanía, Televisa Deportes, AS México y La Opinión (LA). Fanático de la novela negra, AC/DC y la bicicleta, asesina gerundios y continúa en la búsqueda de la milanesa perfecta. Twitter: @RS_Vargas

El cronista invisible

Volví a fracasar en mi intento de ser comediante. Es decir, abandoné a la mitad el segundo taller de stand up al que me inscribí hace unas semanas. Con esta cara es complicado pensar en hacer reír a alguien más allá de mis amigos, sobre todo cuando utilizo mi humor negro para burlarme de algunas situaciones por las que he pasado en mi vida. Sale más barato que ir a terapia.

Reconozco que no me gusta contar chistes y me cae mal la gente “cagadita” o aquellos que son el alma de la fiesta a costa de burlarse de los demás. Ambos talleres estaban llenos de gente así. Pero la decisión no tuvo que ver únicamente con mi incapacidad para armar un chiste, sino con otro deseo mucho más profundo: quiero aprender a escribir.

En Una historia perdida, el reciente libro del periodista chileno Juan Pablo Meneses, el autor describe el cocktail que puso el punto final al Encuentro de Nuevos Cronistas de Indias 2, celebrado en la Ciudad de México en octubre de 2012. Ahí, entre los extraordinarios retratos que hace de los personajes que forman o formaron parte del “boom” de la crónica latinoamericana a principios de siglo (el cronista miseria, la cronista tecnócrata, el cronista traductor, y la cronista activista) hubo uno con el que, no sin cierta vergüenza, me sentí identificado: el cronista invisible, aquel que, cito, “sin obra, sin textos publicados, sin libros para mostrar, se pasea por las fiestas del boom de la crónica”.

El relato de Meneses me hizo recordar una noche en el Covadonga, cuando yo miraba con fascinación la mesa donde departían Martín Caparrós, Jon Lee Anderson y Cristian Alarcón; los mexicanos Marcela Turati y Diego Osorno; el peruano Julio Villanueva Chang o el colombiano Alberto Salcedo Ramos, con los que he tenido la oportunidad de tomar talleres. Esa noche, a Meneses lo saludé cuando salió del baño y con Caparrós, Alonso Cabral me tomó una foto que se perdió en un celular que extravié en una noche de muchas copas. Después de darle una larga fumada a su cigarro, el autor de Boquita me miró con desprecio cuando le enseñé mi tatuaje de Boca Juniors.

En la mesa donde jugaba dominó, a mis compañeros de trabajo los desesperé porque no dejaba de hablar que ese señor del suéter azul o aquel otro de barba entrecana habían publicado tal o cual libro. Me convertí, en palabras de Meneses, en un cronista invisible. Porque soy amigo de editores y conozco, muchas veces solo de nombre, a las y los cronistas del “boom”, con varios de ellos, incluso, he asistido a talleres, pero me ha costado mucho trabajo sentarme a escribir. A intentar escribir. Por eso me regalé de cumpleaños el Diplomado Online de Escritura Creativa de la Universidad Portátil, un proyecto que Juan Pablo Meneses echó a andar varios años antes de que la pandemia nos encerrara.

Debo agradecer a mi amigo Juan Veledíaz, Premio Nacional de Periodismo 2002, por haberme “presentado” a muchos de los cronistas del llamado “boom”, entre ellos el propio Meneses. Con tres libros publicados y como un reconocido especialista en temas militares, Veledíaz no solo se ha convertido en un maestro y una inspiración para mí, también es uno de los principales impulsores para que “salga del clóset”, periodística y literariamente hablando.

Mis chistes malos sobre el periodismo deportivo, el heavy metal y mis citas de Tinder pueden esperar en un cajón. Este año he tomado la decisión de dejar de ser un cronista invisible.

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