La gente radiante
RacismoMX

Es abogado por la Universidad Autónoma de Yucatán y maestro en psicopedagogía por la Universidad José Martí de Latinoamérica. Su pasión son los derechos humanos, el antirracismo, la educación y la cultura para la paz. Y, sobretodo, ama la mar. Actualmente es coordinador de Investigación en RacismoMX.

Twitter: @OteloDeLaCosta

La gente radiante
Foto: Pixabay

A Bawi.

“You think your pain and your heartbreak are unprecedented
in the history of the world, but then you read
“.

James Baldwin

El racismo como sistema ha perpetrado serias consecuencias en las vidas de muchísimas personas únicamente por su tonalidad de piel, su vestimenta e incluso idioma. El daño del racismo ha sido tanto que a las personas racializadas nos ha invisibilizado históricamente en muchos campos, como la educación, la ciencia y, por supuesto, el arte. Estoy seguro que al igual que yo, muchas personas negras, morenas y prietas se han sentido poco –por no decir nada– representadas dignamente en el imaginario colectivo.

Sin embargo, aún ante la escena desalentadora, hay destellos que nos iluminan el camino. Por mi parte, mi primera identificación de bienestar por mi tono de piel provino del cuento Niña Bonita de Ana María Machado. “Es como yo”, pensé cuando lo leí en la primaria, rodeado de los comentarios más crueles de mis compañerxs. Por otro lado, cuando crecí pude conocer el orgullo de mi piel ante la voz de Nina Simone junto con el sonido de su piano, pensaba en lo increíble que era ver a Nina hilvanar poesía en el movimiento de sus dedos y en las palabras que surgían de su radical boca. Después, la vibra de la intensa voz de Ella Fitzgerald me alcanzó y me hizo sentir que dicha energía provenía irremediablemente de la resistencia de miles de personas que a lo largo de los años han dado la cara frente al racismo. Luego, ese mismo camino sonoro me llevó a la trompeta de Louis Armstrong, Cortázar contaría en La vuelta al día en 80 mundos:

“Parece que el pajarito mandón —más conocido por Dios— sopló en el flanco del primer hombre de la primera persona para animarla y darle espíritu. Si en vez del pajarito hubiera estado ahí Louis para soplar, el hombre la humanidad habría salido mucho mejor”. (Las correcciones son mías, con permiso cronopiésco).

Pero sin duda, la vida negra que más me ha impactado es la de Jean Michel Basquiat. Nacido en New York, el pintor, poeta, músico y sobre todo artista fue hijo de Matilde Andrades, diseñadora gráfica de prestigio de ascendencia puertorriqueña que vivió con discapacidad mental, y quien fuera confinada en un psiquiátrico por su esposo.

La adolescencia de El niño radiante se podría resumir en dormir en la calle, desayunar Cheetos, drogas y dibujar frenéticamente. Logró habitar un edificio abandonado y desde ahí diseñó postales y playeras con lo que encontrara en la calle para venderlas y vivir. A diferencia de Rauschenberg, Basquiat usó la basura y desechos como materiales por necesidad. Alexis Adler, quién fuera su pareja, explicó que eran tan pobres que Basquiat tenía que pintar con lo que cayera en sus manos, como maderas, periódicos o papel higiénico, porque no podía pagar lienzos. El único vestido de Adler, para esa época, se convirtió en un lienzo literalmente.

A través de diferentes exposiciones de Arte Emergente en Nueva York, Basquiat hace su aparición meteórica. Era consciente que su llegada como una persona racializada a un campo dominado por gente blanca y privilegiada era totalmente contracultural. En una ocasión, un periodista le llegó a preguntar si él se consideraba un “pintor negro o nada más un pintor”. Indignado, Basquiat le respondió que se consideraba un artista. En ABC, Natividad Pulido hace, a mi parecer, un comentario muy preciso sobre Basquiat: “Rebelde con muchas causas, blandió el pincel como su mejor arma: sus poderosas obras gritaban con rabia contra el racismo, la hipocresía social y el capitalismo”.

Jean Michel, Nina, Ella y Louis se enfrentaron al sistema racista. Y hoy todavía hay gente radiante que usa el arte para resistir. El arte es su afrenta al sistema. Con una danza, con un cuento, con un poema y una canción dignifican la vida y se yerguen contra la discriminación sistémica.

Solo queda decir que aunque traten de robárnosla –como lo han hecho con todo lo demás–, la cultura antirracista, el arte como resistencia, es nuestra. No de los blancos.

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