Senderos ¿seguros?
Contratiempos

Reportera mexicana, especializada en periodismo social y de investigación. Ha colaborado en medios como Gatopardo, Animal Político, El País, Revista Nexos, CNN México, entre otros. Ha sido becaria y relatora de la Fundación Gabo. Originaria y habitante de Ciudad de México. Twitter: @claualtamirano

Senderos ¿seguros?
Senderos seguros en la Ciudad de México. Foto: gobierno.cdmx.gob.mx

Durante una cobertura reciente, recorrí varias veces uno de los caminos habilitados en la Ciudad de México como “senderos seguros”, en la alcaldía Tlalpan. En el trayecto comprobé mi hipótesis sobre esta iniciativa: el gobierno solo está cumpliendo con un insumo básico para las calles y lo está presentando como programa integral de combate a la violencia contra las mujeres.

El programa “Senderos Seguros” inició en 2019 con el objetivo de mejorar la seguridad en el entorno de espacios universitarios como la UNAM, el IPN y la UAM, ampliándose después a zonas de la ciudad con altos índices de inseguridad. Según el gobierno local, desde ese año al actual se han implementado 431 senderos seguros en las 16 alcaldías de la capital.

Para ponerlo en marcha fue necesaria una alianza intergubernamental, entre el federal y los estatales, incluida la Ciudad de México, pero el programa consiste, sencillamente, en instalar en las calles elegidas algo que siempre debió estar ahí, no solo para las mujeres sino para todos los transeúntes: luz.

El eje del proyecto son las luminarias a lo largo de todo el sendero para volverlo seguro, pero también incluye otras medidas como arreglar banquetas, decorar fachadas con arte alusivo a las mujeres y, supuestamente, incluiría mayor presencia policíaca. Pero la única constante –lo único seguro– son los postes color café con luminarias verticales características del programa, así como carteles que identifican a la calle como “Sendero Seguro”.

La premisa de que la luz es la diferencia entre un camino seguro y uno peligroso es, por lo menos, primitiva y fútil. Y la idea de establecer rutas por las cuales una mujer pueda transitar sin ser atacada limita su libertad y movilidad. Una iniciativa tan desatinada como en su momento fueron los silbatos del exjefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera, con los cuales se pretendía ayudar a una mujer a pedir ayuda en caso de agresión, en lugar de garantizar su seguridad.

Por un lado, no ofrece una solución real –ni siquiera de manera parcial– a la grave problemática que pretende atender: la violencia contra las mujeres. Un programa cuya base es colocar suficientes luminarias a lo largo de toda una calle o avenida para que una mujer pueda caminar por ahí y llegar segura a su casa, asume que todo el problema es la oscuridad, como si esto fuera 1910 y los ‘maleantes’ se ocultaran en parajes oscuros para sorprender a los transeúntes. Como si las agresiones contra mujeres ocurrieran solo durante la noche.

Por otro lado, plantearlo como un programa nuevo y como una medida específica para combatir este flagelo es una clara admisión de ineficacia. Admite que nunca ha cumplido con una de sus tareas más básicas (el alumbrado público) y por eso había calles oscuras, y reconoce al mismo tiempo que no es capaz de resolver de manera integral y profunda su función primordial: la seguridad de sus gobernados.

Entre las muchas responsabilidades de un gobierno, la de conservar con vida e integridad a la población que lo eligió y lo sostiene es la más elemental; si no cumple con eso, todo lo demás que haga es irrelevante. Mantener una buena economía o construir supercarreteras para un pueblo que muere o desaparece, es un sinsentido. Y si su idea de combatir la inseguridad es iluminar los caminos, estamos regresando por lo menos un siglo en el tiempo.

Porque las mujeres no van a transitar solamente por esos caminos, necesitan llegar a todas partes con la misma seguridad. Además, todas las calles de absolutamente todas las colonias deberían estar bien iluminadas. No debe haber senderos seguros: debe haber una ciudad segura

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