Las mujeres en Medio Oriente
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

Las mujeres en Medio Oriente
Sheika Moza. Foto: Frank Schulenburg/Wikimedia Commons

Era el verano de 2003 en el Mar Muerto y se sentía ya un calor abrasador. El paisaje de aguas, rocas y montañas bíblicas atraía las miradas de los visitantes provenientes de todos los continentes. En los pasillos y los salones del centro de eventos del hotel Mövenpick, en Jordania, charlaban líderes de la política y los negocios, representantes de organizaciones internacionales y la sociedad civil, intelectuales y académicos. Acudían a la primera reunión extraordinaria jamás organizada por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés).

Apenas tres meses antes, en marzo, los ejércitos de Estados Unidos y sus aliados habían comenzado su invasión a Irak bajo la falsa premisa de que el gobierno de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Ante la aprehensión por las implicaciones políticas, económicas y sociales de este acontecimiento, el rey de Jordania hizo suya la propuesta de convocar a una reunión del Foro en su país. Hasta entonces las reuniones de WEF tenían lugar cada invierno en Davos, salvo por una que otra excepción, como la celebrada en Nueva York en enero de 2002.

Como siempre ocurre con las reuniones en Medio Oriente, los derechos de las mujeres llamaron la atención de los participantes occidentales. Estaba bien viajar a la frontera del conflicto para conversar sobre la guerra, la energía y otros asuntos mundiales, pero debía señalarse al elefante en la sala: en los países colindantes con el Golfo Pérsico, todos petroleros, las mujeres vivían en un sistema represivo, sin derechos sociales y profesionales equiparables con los de los hombres o de las mujeres occidentales. 

El representante del gobierno saudí, un alto funcionario de la cancillería y miembro de la familia real, escuchó con paciencia las críticas de los occidentales que estábamos repartidos en unas diez mesas de banquete, dentro de uno de los pequeños salones donde se desenvolvían las mesas redondas paralelas. Creo no ser injusto con sus argumentos a pesar de mi imperfecta memoria.

Después de agradecer los comentarios de los visitantes cuya motivación estimó sincera y legítima, nos recordó que la historia del Reino de Arabia Saudita era breve. Cuando se fundó en 1932, todavía no tenía petróleo. Salvo beduinos y mercaderes, pocos hasta entonces deseaban acercarse a la vida en el desierto. Más bien ocurría al revés: por 10 mil años la península arábiga había sido una fuente inagotable de emigración. Las mujeres llevaban milenios confinadas a la parte trasera de las casas y a las labores hogareñas.

Vino entonces un recuento en el que resaltó, década por década, la paulatina expansión de las oportunidades de las mujeres en su país. A partir de los cuarenta mejoró su atención médica, en 1960 abrió la primera escuela para niñas, en 1970 la primera universidad para mujeres. Para los años ochenta había mujeres con títulos universitarios -médicos, ingenieras, maestras- y mujeres emprendedoras. Todo esto a pesar de la a veces violenta protesta de conservadores y religiosos -hombres, casi siempre hombres- en un país de suyo conservador y religioso. 

Acto seguido, compartió su observación clave, apta para discusión en un seminario universitario sobre las fuentes del derecho: no puede legislarse el cambio social; más bien, el cambio social antecede al cambio legal. Si un gobierno emitiera leyes incompatibles con los usos y costumbres de la sociedad, esas leyes no necesariamente cobrarían vida y hasta podrían revertirse. La educación de las mujeres era una vía para el cambio social en su país, que eventualmente terminaría reflejándose en las leyes. 

Casi diez años después, en 2012, me encontré charlando en Riad sobre el mismo tema con el príncipe Turki Bin Faisal Al Saud, por treinta años jefe del servicio de inteligencia saudí y más adelante embajador de su país en Reino Unido y Estados Unidos. Tomando café árabe con aroma de cardamomo y especias en su oficina del Centro de Investigación y Estudios Islámicos de la Fundación del Rey Faisal, que él presidía, me invitó a observar el significado de dos recientes edictos reales, uno que ordenaba por primera vez que 30 de los 150 miembros del consejo asesor del rey, el Consejo de la Shura, fueran mujeres y otro que requería que las tiendas de lencería solo las atendieran mujeres (hasta entonces eran hombres extranjeros, sobre todo filipinos, quienes hacían esa labor). Las dos eran novedades para Arabia Saudí, pero la segunda era especialmente notable porque había surgido de una iniciativa de mujeres saudíes que nació y cobró fuerza en las redes sociales hasta llegar a los oídos del entonces rey Abdalá Bin Abdualiziz. “Hace unos cuántos años”, reflexionó el príncipe, “hubiera sido muy difícil plantear y sostener una orden de este tipo; el activismo y la educación de las mujeres lo hicieron posible”.

Otros diez años más adelante, a principios de 2022, circulando por Riad vi una realidad irreconocible a los ojos de cualquiera que hubiera visitado el Reino cuando tuve esa charla de café: mujeres conduciendo automóviles, mujeres a cargo de negocios y tiendas minoristas en los souks, mujeres compartiendo el comedor con los hombres en restaurantes, mujeres en puestos de liderazgo en grandes empresas y en el gobierno, mujeres vestidas con o sin capa (según su gusto), mujeres como espectadoras de eventos masivos. Las mujeres con las que conversé, funcionarias y empresarias, expresaban asombro y satisfacción frente a esta expansión de sus derechos, pero enfatizaban que solo se trataba de un comienzo.

El príncipe heredero del trono, Mohammed Bin Salman Al Saud, mejor conocido como MBS, terminó en 2017 con las prohibiciones que impedían a las mujeres participar en estas actividades. Es evidente que su país tiene un larguísimo trecho por recorrer para ampliar y hacer efectivos los derechos de las mujeres, por lo menos como se les entiende en Occidente. Cuando la situación de las mujeres deje de depender las decisiones de los hombres en el gobierno, los negocios y los hogares, será grande la diferencia. Pero la pregunta cabe: ¿hubiera sido posible ejecutar estos cambios legales si la población en esa sociedad patriarcal por excelencia los hubiera rechazado? ¿Fue el cambio social el que abrió la puerta a los cambios impulsados por MBS o fue al revés?

Tengo esto en mente al escuchar las críticas a los usos y costumbres de Qatar ahora que es anfitrión del mundial de fútbol – sobre el lugar de las mujeres en la sociedad, el trato a quienes su identificación de género no es binaria, el maltrato a los trabajadores migrantes. Lo tengo también presente al contemplar la agenda pendiente para las mujeres en México, recién destacada en una gran marcha contra la violencia, donde los derechos y la igualdad pueden aparecer en el papel pero no se materializan completamente en la realidad, sea por omisiones gubernamentales, privadas o sociales. 

Sin los ingresos por las exportaciones del gas natural, pero sobre todo sin una disposición a recibir visitantes con costumbres distintas, Qatar no hubiera buscado ser anfitrión de la Copa Mundial de futbol. Más aún, sin el liderazgo de una mujer, Sheika Moza, presidente de la Fundación Qatar y madre del actual rey, es difícil imaginar las grandes inversiones que su país ha realizado en educación, cultura e internacionalización, incluido el servicio de noticias Al-Jazeera, que poco a poco han puesto a su país en el mapa.

¿Cambiará la sociedad de Qatar gracias a su mayor ingreso y educación, la ha cambiado el gobierno al relajar restricciones legales, la cambiará el ejemplo y la presión del mundo?