Calabazas para Navidad
La terca memoria

Politólogo de formación y periodista por vocación. Ha trabajado como reportero y editor en Reforma, Soccermanía, Televisa Deportes, AS México y La Opinión (LA). Fanático de la novela negra, AC/DC y la bicicleta, asesina gerundios y continúa en la búsqueda de la milanesa perfecta. Twitter: @RS_Vargas

<strong>Calabazas para Navidad</strong>
Foto: Roberto Vargas

El árbol amaneció sin regalos, la cena se enfrió sobre la mesa y Gustavo no llegó. Jimena se puso a llorar y yo cada día confirmaba más mis temores. No es que no creyera, pero entre chismes por aquí y por allá, mis compañeros de la escuela y el sospechoso interés de Gustavo por los juguetes en estas fechas, ya sospechaba algo. El tema Santa Claus era un secreto a voces como muchos otros en mi vida: que Gustavo le hacía ojitos a la vecina del 202; que mi mamá y Gustavo se bañaban juntos; que al tío Ernesto le gustaban los niños y no las niñas; que Gustavo escondía sus revistas de encueradas entre mis cómics y que cambiaba de canal cada vez que aparecía en la pantalla aquel conductor que mi mamá decía que había sido su novio; que mi mamá y Gustavo se escondían cuando llegaba el casero a cobrar la renta. Lo de Santa Claus nunca me cuadró porque además los hijos de Alex, el hermano de Gustavo, me contaron que nunca recibieron regalos en Navidad porque él decía que el panzón era un producto del imperialismo: “Como tus Marlboro, tu cocacola y tu Bacardí, codo”, escuché un día que le gritaba Miriam, la mamá de mis primos.

Mi mamá tenía los ojos rojos de tanto llorar y unas ojeras enormes porque llevaba dos noches sin dormir. Cuando el 24 le avisó a Alex que Gustavo no había llegado a la casa, Miriam gritó que no le extrañaba nada de ese desobligado. Alex nos invitó a cenar a su casa en Nochebuena, pero mi mamá no quiso salir porque tenía la esperanza de que llegara Gustavo. Preparó chuletas ahumadas con puré y mermelada, y brindamos con cocacola al llegar la media noche para no preocupar a Jimena. Mi mamá se quedó fumando en la sala, cosa extraña porque ella nunca lo hacía enfrente de nosotros, sólo cuando salía con sus amigas. Yo tampoco me pude dormir y aprovechando que mi mamá estaba en la sala, me puse a ver una de las revistas de Gustavo. Alex llamó por la mañana y le dijo a mi mamá que fuéramos al recalentado, pero ella lo mandó a volar y le pidió que mejor la ayudara a buscar a mi papá.

De no muy buena gana y bien crudo, Alex accedió. Jimena y yo nos quedamos con Miriam, que no dejó de insultar a Gustavo y a decir que le estaba echando a perder las vacaciones, la vida y lo demás. Mi mamá y Alex llegaron en la tarde sin noticias y por la noche ella llamó a su amigo el conductor de TV para pedirle un consejo. Volvió a llorar.

Gustavo apareció a los tres días, inconsciente en la cama del Hospital de Xoco. Dicen que estaba detenido. Mi mamá trataba de escondernos la situación, pero el tío Alex no era muy discreto y soltó la sopa. Ella insistía en que Gustavo no tenía la culpa de nada, que seguramente un borracho lo había chocado. Alex meneaba la cabeza ante la ceguera de mi mamá. A mí no me dejaron ir a verlo. La verdad es que ni quería. Sospechaba que la ausencia de mi padre tenía que ver algo con la no llegada de Santa Claus y me daba coraje que hubiera dejado a Jimena sin sus juguetes. La verdad, a mí no me interesaban los regalos, sino las ojeras de mamá y sus ojos rojos de tanto llorar.

Un día antes de Año Nuevo Gustavo abrió los ojos y pidió hablar con Alex. Eso a mi mamá le dolió. Alex salió preocupado y le dijo a Ernesto que tenían que ir a ver el auto a la delegación. Como mi mamá estaba en el hospital y a mí no tenían con quién dejarme, fui con ellos. A Alex no le importó que fuera en el asiento de atrás y comenzó a platicar con Ernesto las andanzas de Gustavo. Llegamos a la delegación y nos llevaron a ver el auto. El Valiant de Gustavo estaba hecho pedazos. “A este güey no le pegaron”, dijo Alex, “este cabrón se llevó al otro de corbata”. Mientras platicaban con un licenciado de la delegación yo me asomé adentro del Valiant. En el piso había, confeti, colillas de cigarro y dos vasos de vidrio con el logotipo de brandy Presidente, un casete de los Ángeles Negros y el de Camilo Sesto que Gustavo ponía cuando se juntaba a jugar dominó con los vecinos. También un gorro de Santa Clos manchado de sangre. El auto estaba inservible y las puertas de adelante no se podían abrir. Pero la cajuela estaba abierta y me asomé. Entre un regadero de estopa y latas de aceite, vi unas bolsas rotas de la Mercería del Refugio, la caja de una Barbie vacía y pedazos del tren Lily Ledi que le había pedido a Santa Claus. La panza se me revolvió del coraje.

Alex y Ernesto fumaban recargados en lo que quedaba del Valiant y me acerqué. Alex me abrazó y me pasó la mano por el pelo. Aunque yo estaba enojado, su caricia me reconfortó. “¿Todo bien, campeón”?, me preguntó.

– Pos yo creo que con Santa Claus iba Cenicienta”, les dije. Alex y Ernesto me voltearon a ver con cara de “qué dice este”.

– Es que ahí adentro, además del gorro de Santa Claus, hay una zapatilla dorada… Y el coche se les hizo calabaza.