En la clínica que le corresponde
Diagnóstico Reservado

Médico cirujano con más de 30 años en el medio y estudios en Farmacología Clínica, Mercadotecnia y Dirección de Empresas. Es experto en comunicación y analista en políticas de salud, consultor, conferencista, columnista y fuente de salud de diferentes medios en México y el mundo. Es autor del libro La Tragedia del Desabasto. Twitter: @StratCons

En la clínica que le corresponde

La foto hablaba por sí sola. Aun así, la explicación se lee en Twitter: Una fila de adultos mayores esperando para ser atendidos en una clínica en Puebla: la clínica que les corresponde. Han estado allí desde muy temprano, soportando el inclemente frío y la incomodidad, pero no les queda de otra. Es la única forma en la que pueden recibir la receta para surtir sus medicamentos, solamente en la farmacia de la clínica que les corresponde.

En la Ciudad de México, Don Édgar, de 89 años, se encuentra en el mismo dilema: debe de acudir a la clínica que le corresponde. Para él la cosa es doblemente problemática. Además de ser parcialmente ciego, padece una artrosis de cadera por lo que debe usar una silla de ruedas. Su hija debe llevarlo en auto e inexplicablemente, no hay donde estacionarse en la clínica por lo que deben empujar la silla hasta 3 cuadras sobre banquetas intransitables. Édgar no tiene alternativa, esta es la clínica que le corresponde.

Una amiga me narra la odisea de su padre en Monterrey quien es cardiópata y requiere de medicamentos que, aunque lleva dos años tomándolos, solo pueden ser prescritos por un cardiólogo. En la clínica que le corresponde, donde solo hay médicos familiares, deberían tener una provisión de sus medicinas, pero el constante desabasto que se vive desde 2019 ha hecho que algo tan simple se convierta en una pesadilla. 

Con sus más de 70 años, este hombre se vio obligado a acudir a un Hospital General de Zona para obtener una receta la cual inicialmente le negaron porque no había cardiólogos disponibles. La razón que le dio una malencarada subdirectora es que, por cuestiones presupuestales, no se habían realizado contratos eventuales con esos especialistas. Nadie le daría una receta y debería regresar al otro día. Tras subir cinco pisos por las escaleras (el elevador no funcionaba) y exigir al director, éste accedió a firmársela, algo que puede meterlo en problemas por no ser el cardiólogo tratante. El favor no se repetirá. El paciente deberá acudir: a la clínica que le corresponde.

Cada uno de estos casos es el resultado de un sistema que ya ha dado lo que tenía que dar. Un sistema de salud que data de mediados del siglo pasado y que evidentemente ha caducado. Un sistema hiperinstitucionalizado y burocratizado donde los pacientes están atados a “la clínica que les corresponde”. Solamente allí les está permitido acudir a consulta y solamente allí pueden surtir sus medicamentos. Si no hay médicos disponibles o la farmacia no tiene abasto, no hay nada que hacer, se debe regresar otro día. 

En el sistema de salud de México, los pacientes deben acatar el orden y las reglas de la institución. Para fines prácticos, el sistema no fue creado para servir al paciente; es el paciente quien debe de servir al sistema.

En la concepción de un nuevo sistema de salud, ya sea la mítica Dinamarca que nos han prometido o algo verdaderamente innovador en alguna próxima administración, “la clínica que le corresponde” no tiene cabida. En los Estados de bienestar como Dinamarca, los pacientes acuden al médico más cercano, o al que ellos elijan; sea que éste trabaje para el sistema o le pase la factura al gobierno. En esos sistemas de salud, el paciente sí está primero.

Llevar a cabo una transición de esta magnitud requiere de mucha planeación, un presupuesto adecuado y mucha visión; pero demanda, sobre todo, de un cambio de actitud y mentalidad. Puede, sin embargo, comenzarse cambiando el sistema de dispensación de medicamentos. 

En mi libro “La Tragedia del Desabasto”, propongo un sistema en el cual los pacientes podrán surtir sus recetas en la farmacia más cercana a su domicilio como ocurre en muchos países. Además de terminar con los complicados eslabones del proceso como compras, abastecimiento y distribución, este sistema generará grandes ahorros operativos, los pacientes tendrán los medicamentos que requieren, literalmente en la esquina de su casa, todos los días de la semana y, en muchos casos, las 24 horas del día y con servicio a domicilio.

Para muchos políticos, burócratas y administradores, un sistema de estas características es impensable. Amenaza la razón de ser de muchos puestos de trabajo, cuestiona los actuales procesos y, sobre todo va en contra de la ideología de esta administración donde el Estado debe ser dador, literalmente, de cajas de medicamentos entregados en la mano de los pacientes. Si simplificamos el proceso y facilitamos la vida de la gente, el Estado se convierte en solo un pagador y eso no luce ni puede cobrarse electoralmente.

En el sistema que planteo, una anciana saldrá de la consulta y caminará a la farmacia de la esquina donde saldrá con su receta surtida y, si gusta, podrá comprar pañales, leche en polvo o el pegamento de su dentadura. Si está cansada, se irá a su casa y llamará a la farmacia para que le lleven las cosas a su puerta.

Una vez más, hablo de un cambio radical. De romper el paradigma de la hiperinstitucionalización de la salud. Se trata de pensar fuera de la caja. De poner, ahora sí, al paciente primero y dejar de atarlos de por vida a “la clínica que les corresponde”.